Criminalizar la normalidad

 

Beatriz W. De Rittigstein
bea.rwz@gmail.com

El antisemitismo castrista, al igual que el de toda la ultra- izquierda, es de vieja data

 

En las dictaduras no existen instituciones ni institucionalidad, no hay independencia de poderes, no se imparte justicia y cualquier excusa es válida para que las autoridades tomen en sus manos la vida y el destino de las personas. Así ocurría en la extinta URSS y sigue ocurriendo en Cuba.

Un ilustrativo caso es el del estadounidense Alan Gross, condenado hace pocos días a 15 años de cárcel, acusado de trabajar para su país en un proyecto de redes informáticas clandestinas contra el gobierno comunista. Gross fue detenido en La Habana en diciembre de 2009, según Raúl Castro, por actuar como agente de Washington en la distribución de sofisticados equipos de comunicación a opositores cubanos. En realidad, ayudó a la comunidad judía a estar comunicada.

Tal como dijo una diplomática norteamericana: “Cuba criminaliza lo que la mayor parte del mundo considera normal, el acceso a la información y tecnología”. Las autoridades cubanas no presentaron cargos contra Gross hasta febrero de este año, al anunciar su juicio; es decir, estuvo arrestado durante quince meses sin saber de qué se lo inculpaba. La naturaleza del régimen cubano y un fallo lleno de anomalías nos hacen pensar en una moneda de cambio. Cuba busca liberar a tres cubanos y dos estadounidenses al servicio de su sistema de inteligencia, infiltrados en EEUU, sentenciados por espionaje y conspiración para asesinar.

Además, Gross es judío y ello debió pesar en su detrimento. Resulta suspicaz que hayan “atrapado” a una sola persona, un judío, en “una guerra cibernética de EEUU contra Cuba”. El antisemitismo castrista, al igual que el de toda la ultraizquierda, es de vieja data, incluso motivó el envío de soldados cubanos a Siria para luchar contra Israel.

 

 

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