Fuera Gaddafi, no a la intervención

Vladimir Villegas

Vladimir Villegas
vvillegas@gmail.com

 

La intervención militar en Libia se ha concretado, tal y como lo habíamos previsto en columnas anteriores. De aquí en adelante cualquier cosa puede pasar. Desde la rendición de Gaddafi hasta su ejecución, pasando incluso por la opción de una guerra de larga duración.

Este tipo de circunstancias se prestan para los simplismos.

Si condenas la acción de Naciones Unidas entonces estás con el tirano del país magrebí. Si te le opones a Gaddafi eres entonces un pro imperialista que avala el intervencionismo.

Pues bien, hay otros puntos de vista. Y uno de ellos es que el pueblo libio no merece ni la intervención armada, ni la permanencia de este falso mesías en el poder ni que las potencias que controlan el mundo le “resuelvan” el problema.

El punto es que esta intervención no es sólo para sacar a Gaddafi del poder sino también para controlar lo que pase en Libia una vez que se logre este objetivo. Parece de una inocencia extrema creer que las naciones responsables del colonialismo sean ahora las portadoras de la llave hacia la libertad. Ellas, al igual que el propio dictador Gaddafi, tienen sus cálculos y sus prioridades.

Y seguramente en esa lista el primer lugar lo ocupan los yacimientos petroleros y el último lugar de la fila lo ocupa el pueblo libio.

Ya estamos comenzando a ver los saldos de esta intervención. Se pretende combatir la sangre, la muerte, la violencia, con más sangre, más muerte, más violencia. Libia quedará hecha trizas. No importa, al igual que en Irak no faltarán compañías dispuestas a ponerle la mano a los contratos de la reconstrucción.

El otro aspecto del problema es que estamos ante la consolidación de un orden internacional absolutamente antidemocrático, y en eso se parece al régimen de Gaddafi. Un grupito decide por la mayoría. El Consejo de Seguridad sustituye a la comunidad internacional. Las potencias deciden intervenir y el resto se lo cala, acepte o no esa decisión. Con todo lo indefendible que es Gaddafi, es mucho lo que arriesga el mundo si se solaza en esta vieja manera de resolver los conflictos internos. Creo que los planes de reformar la Organización de Naciones Unidas, para hacerla más participativa, más justa y democrática, van al congelador. Permítanos actuar por usted, seguirá siendo el santo y seña de las grandes potencias, incluidas las que hoy se refugian en el voto salvado para no aguar la fiesta.

Aplaudir esta intervención es renunciar a la posibilidad de que los pueblos se liberen por sí mismos. No hay intervencionismo bueno y malo. No puede haber doble moral ni doble rasero en estas situaciones. Ni puede haber tampoco ingenuidad a la hora de evaluar la acción militar contra el régimen personalista y corrupto de Gaddafi.

 

Las potencias que aprobaron la intervención ya tienen su nueva guerra y los fabricantes de armas su oportunidad de reactivar sus negocios. El botín petrolero que está en juego cobra mayor importancia luego del desastre nuclear en Japón. Así como en diplomacia no hay almuerzo gratis, en la guerra mucho menos.

Ojalá que no todo esté perdido, y que a pesar de la intervención militar al final pueda el pueblo libio reivindicar sus derechos a una patria independiente, autónoma, democrática y justa. Que no pase de soportar a un tirano disfrazado de salvador a tener que doblegarse ante una nueva forma de colonialismo. Pero por ahora el panorama es sombrío. Los misiles, las bombas, los tanques y los portaviones imponen el sangriento ritmo que a paso forzado debe seguir la martirizada Libia.

 

@ELNACIONAL

 
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