Política y antipolítica

Ramón Piñango

Ramón Piñango
rapinango@gmail.com

 

Al observar la conducta de la oposición al actual régimen, dos asuntos parecen merecer particular atención: la conducta de la Mesa de la Unidad y las crecientes diferencias entre los políticos y la llamada “antipolítica”.

La Mesa de la Unidad es un mundo de actores que se perciben a sí mismos y son percibidos como “políticos”. La MUD está concentrada de manera absoluta, radical, en las elecciones de 2012. Más nada de nada parece interesarle. Parece que sufriera de alérgica desconfianza al entrar en contacto con cualquier otro tema que pudiera llamar la atención de los ciudadanos. Por otra parte, sabemos que en la MUD se desarrolla una lucha cada vez más intensa entre partidos y personas que tratan de quedar bien parados antes, durante y después de las primarias.

A todas éstas, es evidente que existen amplios sectores opositores que desconfían de la dirigencia de los partidos políticos que integran la MUD. En esos sectores vemos emerger personas y grupos que desarrollan sus propias iniciativas para reclamar o protestar por las carencias o abusos que sufren los trabajadores, los estudiantes o las comunidades en general. No se requiere agudeza analítica para percatarse de que existe ojeriza entre los políticos de la MUD y ese otro sector que por su lado actúa para luchar contra la conducta abusiva del régimen.

Paulatinamente, esa ojeriza se ha convertido en enfrentamiento que puede tener efectos perversos en esa lucha.

Los políticos insisten en que nada ni nadie debe desviarnos de la meta electoral. Para ellos, cualquier agitación o protesta espontánea es peligrosa porque puede darle razones al Gobierno para bloquear la vía electoral. La política, dicen ellos, no es asunto de novatos o improvisados “comeflores”. También declaran poseer habilidades estratégicas maceradas en la práctica del difícil arte de la lucha por el poder.

Su evidencia favorita: la torta que los improvisados pusieron con el Carmonazo y el paro petrolero. Los políticos acuñaron la expresión “antipolítica” para referirse a un fenómeno social indeseable.

Para la antipolítica, los políticos y su manera de hacer las cosas, en función de mezquinos intereses, nos han traído a estos difíciles días. Para los antipolíticos, en la sociedad existe una formidable fuerza de cambio aprovechable para enfrentar a este régimen totalitario. Opinan que diciembre de 2012 está muy lejos y que cualquier cosa puede pasar de aquí hasta allá. Para ellos, el futuro del país es algo muy grande para ser dejado en manos de inescrupulosos políticos. Su evidencia favorita: si los políticos hubiesen gobernado bien en las décadas antes de 1999, otro gallo cantaría. Ellos nos arruinaron el futuro.

 

¿Qué fuerza tiene uno u otro sector? La fuerza de los partidos radica en sus organizaciones. La de la antipolítica se basa en el rechazo a los partidos, que de una u otra forma se expresa en fenómenos como la abstención electoral, y en la creciente protesta social, especialmente de estudiantes y trabajadores, que los políticos no saben ni pueden capitalizar.

Sean cuales fueren sus diferencias, políticos y antipolíticos se necesitan mutuamente para luchar contra el régimen. En esta lucha se precisa organización, disciplina y cercanía a la protesta social para capitalizarla. Por eso es esencial integrarlos. Tal cosa es difícil de lograr. Es verdad, irrita el simplismo ingenuo de la antipolítica, pero es inaceptable la tramposería y el cálculo miope de la política tradicional que no aprende del pasado.

El reto del liderazgo social y político es cerrar la brecha que separa a los políticos y los antipolíticos. Lograrlo constituirá un aporte fundamental de quien sea el candidato de la oposición a la Presidencia de la República. Por eso su credibilidad será decisiva.

 

 

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