DEMOCRACIA EN AGONÍA


Sergio Ramírez

La existencia de regímenes autoritarios basados en el caudillismo tradicional sólo puede ser vista como una anomalía en América Latina – Es una tendencia viciosa que ha traspasado ya la frontera del nuevo milenio en desprecio de toda modernidad.

A lo largo de la historia de Nicaragua, desde el momento de la independencia proclamada en 1821, el caudillismo se ha impuesto de manera recurrente, siempre triunfante sobre las instituciones que nunca han encontrado la fortaleza suficiente para dominar las voluntades autoritarias.

DANIEL ORTEGA - HUGO CHÁVEZ

Caudillos conservadores, caudillos liberales, ahora caudillos populistas, con breves respiros de gobiernos democráticos, generalmente débiles, cubren casi doscientos años de vida independiente, entre violaciones flagrantes de la Constitución política para facilitar la reelección del autócrata de turno. Una tendencia viciosa que ha traspasado ya la frontera del nuevo milenio en desprecio de toda modernidad.

 

El artículo 147 de la Constitución de Nicaragua prohíbe de manera tajante la reelección después de dos períodos alternos, pero eso no detiene al presidente Daniel Ortega.

 

Ya se ha inscrito como candidato para las elecciones de noviembre de este año, amparado en una sentencia espuria e ilegal de una Corte Suprema de Justicia dominada por él. Esa corte ha determinado que la prohibición de la reelección no vale, y por consecuencia de esta brujería jurídica, la Constitución política de Nicaragua se ha vuelto inconstitucional.

 

El comandante Tomás Borge, al proclamar a Ortega como candidato en el congreso del FSLN, dijo: “La revolución es fuente de derecho y sus posiciones son legítimas y justas más allá de lo formal y lo concreto. Si estamos en una revolución, debemos seguir… por eso la determinación del máximo órgano de este país (la Constitución) es injusta… la máxima legitimidad la tiene la voluntad popular”. Bajo este dictum, el sistema jurídico queda en escombros.

 

No pocos de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia que declararon la inconstitucionalidad de la Constitución actuaron de todas maneras ilegalmente, ilegalidad sobre ilegalidad, pues el período para el que fueron elegidos por la Asamblea Nacional había expirado. Ortega subsanó la dificultad emitiendo un decreto que prolonga de manera indefinida la permanencia de los miembros de todos los organismos colegiados, y despojó así a la Asamblea Nacional de la potestad exclusiva que le da en ese asunto el artículo 138 de la Constitución.

 

Bajo la concentración de poder en el puño de un caudillo que pretende reelegirse sin término, una elección tras otra, la alternancia política lograda a partir del año 1990 se ve seriamente menoscabada, y lo que tenemos enfrente es la instauración a largo plazo de un modelo antidemocrático tradicional, por mucho que se envuelva en una retórica populista de izquierda que denuesta al imperialismo y la burguesía. El nuevo caudillo parte del supuesto de que la Constitución y las leyes deben acomodarse a los fines últimos que su proyecto de poder persigue, y si no es posible conseguir este acomodo, no importa pasarles por encima. Es su proyecto de socialismo del siglo XXI.

 

Su fortaleza mayor se halla en la permanencia de Chávez en el poder, su principal aliado estratégico y su mayor proveedor de recursos, manejados de manera privada, al margen del Estado. Pero al mismo tiempo, Chávez es su talón de Aquiles…

La convivencia del Estado de Derecho con un proyecto personal, familiar y partidario no es posible, y como la separación de poderes es consustancial al Estado de Derecho, esta separación tampoco es posible. Es lo que el caudillismo ha representado siempre en Nicaragua, porque las instituciones se convierten en mamparas empobrecidas que funcionan gracias a la lealtad incondicional al caudillo. Es una mezcla de fidelidad personal e ideológica, y también de clientelismo y parasitismo, porque magistrados, diputados y demás funcionarios no pueden verse fuera del presupuesto del Estado ni de los beneficios, canonjías y negocios personales que sus cargos deparan.

 

La existencia de regímenes autoritarios basados en el caudillismo tradicional sólo puede ser vista como una anomalía en América Latina, donde la democracia ha hecho avances notables en los últimos treinta años. Y la prolongación de la permanencia de Ortega en el poder, empeñado en sostener su modelo populista y a la vez autárquico, tenderá a producir cada vez más perturbaciones.

 

Es evidente que no sólo busca la reelección por un período más, en unas elecciones expuestas al fraude, con un Consejo Supremo Electoral formado por magistrados sumisos, sino también la continuidad sin plazos de su presidencia, como cabeza insustituible de un proyecto político a largo plazo. Este empeño hace pensar que quiere asegurarse por primera vez una mayoría parlamentaria cómoda en la Asamblea Nacional, que le permita por sí mismo llamar a una Asamblea Constituyente o hacer reformas profundas de la Constitución, para consagrar su modelo “cristiano, socialista y solidario”.

 

Es un proyecto por etapas, y en la medida en que avance a las siguientes, buscará cómo consolidar su dominio sobre las instituciones, ya no de hecho, sino a través de mecanismos constitucionales, y no cejará en buscar cómo someter al Ejército y la policía, y en extender el control de la sociedad a través de los consejos del Poder Ciudadano (CPC).

 

No es previsible que altere en lo fundamental las reglas de la economía de mercado, pero sí que haga crecer su propio grupo empresarial, alimentado por los recursos del petróleo venezolano, un grupo que es a la vez privado y paraestatal, para diversificar su influencia en la vida económica del país, al multiplicar sus áreas de negocios y de inversión bajo las ventajas de la protección del Estado, con lo que la empresa privada se verá disminuida y limitada.

 

Cambio que te quiero cambio…

 

Su fortaleza mayor se halla en la permanencia de Chávez en el poder, su principal aliado estratégico y su mayor proveedor de recursos, manejados de manera privada, al margen del Estado. Pero al mismo tiempo, Chávez es su talón de Aquiles, porque siendo subsidiario suyo, de llegar éste a desaparecer, los cimientos del proyecto de Ortega se verían remecidos.

 

Además, un poder de esta naturaleza, concebido sin plazos ni alternancias, no puede ser estático porque se debilita, y está condenado a buscar cómo expandirse, que es donde reside, precisamente, su precariedad.

 

A más control social y económico, a mayor cierre de espacios políticos y de expresión, y ante la reducción cada vez más drástica de los cauces del libre funcionamiento democrático, que anula la posibilidad del cambio a través del voto popular, la historia de Nicaragua volverá otra vez a repetirse, signada por el enfrentamiento y la tragedia.

 

 

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