Dilemas

Alfredo Yánez Mondragón

Alfredo Yánez Mondragón

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Es verdad, el miedo es libre. Quizá lo único auténticamente libre que quede en un país que -oh paradoja- es cuna de forjadores de libertad. Pero lo que está planteado, lo que se ve en la mesa, lo que invita y emociona los sentimientos; incluso del miedo, no permite vacilaciones. Más bien, es tiempo de definir, de actuar, de ejercer; de hacer válido el ejercicio de la libertad sobre el miedo, y en consecuencia, asumirla, con todos los riesgos que implica.

Presión y emoción. Castigo y libertad. Raya y reconocimiento. Silencio cómplice y rebeldía… infinidad de conceptos antónimos que se disputan la conciencia de miles y miles de venezolanos que hoy no saben a ciencia cierta en qué lugar se ubican. Las casillas son cuartos cerrados que endilgan, si no los extremos, un epíteto de ni-ni, que no necesariamente calza en la realidad que se vive puertas adentro.

Cómo pedir a los cientos de miles de excluidos (por unos y otros) que desechen el bozal de arepas que les colocan. Cómo desechar su auténtico valor, a la hora de estar frente a la máquina de votación… Por qué subestimar a aquellos que vistan de rojo para caminar a disgusto por unas calles polvorientas y plenas de huecos; por qué no rendir tributo a los cientos de miles que asistirán a otras tantas calles, también llenas de polvo y cráteres, pero cubiertas por la emoción que irradia la libertad.

En uno de esos lugares, escenario, todo se circunscribe a lo que diga, determine, piense, sueñe, establezca… decida un personaje, un único, un insustituible. En otro, habrá la posibilidad de disentir, de escuchar y escoger, de converger en un punto y de divergir en otro, sin que ello determine la ruptura interna, sin que ello rompa la esencia de la lucha por la conquista de las ilusiones del pueblo, de su confianza.

Convencerse de las implicaciones de un presente que atenta contra el futuro es una responsabilidad intransferible. No es cualquier momento histórico el que transitamos. Cada quien, si valora lo que tiene, lo que se ganó, el esfuerzo propio o familiar, sabe de las implicaciones de hacer un alto y decidir.

El silencio, tan válido en algunos momentos de incertidumbre, no es el mejor camino en la actualidad. Hay que pronunciarse, aún en el anonimato certero de los pasos, de la presencia, de la palabra dicha en voz baja. Cuando el pueblo -sin distingos políticos- sale a la calle, refleja su aceptación o su descontento. Se vuelve termómetro, y se convierte, como en los tiempos de la fe ciega, en la voz de Dios.

Lo que ocurre, aun sin fuertes presencias mediáticas, es una primera fotografía sobre la realidad que se vive. Es un indicio de cómo se perciben las decisiones, en cadena, o en cenáculos; de cómo afecta la devaluación, de cómo se recibe el ataque a la empresa privada, la inflación… la fecha de las primarias.

 

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