EL “VIRUS” ANDINO

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA

Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com

 

Fue una mera coincidencia. El primero de octubre del 2000 el oficial Ollanta Humala y su hermano Antauro, se declaran en rebeldía contra Alberto Fujimori en Locumba. Ese mismo día Vladimiro Montesinos (“el cerebro gris” del fujimorismo) se fuga del país en el velero “Karisma”.

Ahora desde el pasado domingo 10 de abril el golpista y la hija del gobernante entonces amenazado, se disputan el poder. En aquellos días el Perú era azotado por “el virus de los Andes” como bautizó la prensa la epidemia que amenazaba la estabilidad de los gobiernos en la región .En Bolivia y Ecuador se sucedían los gobernantes empujados por protestas populares que decretaban la ingobernabilidad. En Colombia, Pastrana ensayaba el diálogo con las FARC para atenuar la violencia subversiva. Chávez en Venezuela tanteaba el terreno para la exportación de la revolución bolivariana. A los pocos días Fujimori, tras 10 años de autoritarismo y corrupción,  se refugiaba en Japón. Faltaba poco para que el prófugo Montesinos, abandonado en una calle de Caracas, conociera la prisión en Lima.

Humala ingresó en el servicio diplomático siendo todavía militar durante el gobierno de Alejandro Toledo quien sucedió a la transición de Valentín  Paniagua. El “cholo” Toledo,  formado en los organismos internacionales, había ganado la elección al expresidente y líder del  APRA Alan García, quien retornaba de 10 años de exilio en Bogota. El nuevo mandatario con un amplio consenso profundizó las políticas económicas de Fujimori  y encaminó al país hacia la redemocratización de sus instituciones, después del paréntesis fujimorista que en verdad, fue una versión militarista con la fachada civil de la dupla Fujimori-Montesinos.

 

Las elecciones del 2005 abrieron paso de nuevo a la aspiración de Alan García pero ahora debía enfrentar al joven militar  de Locumba convertido en un “fenómeno electoral”. Humala estaba al frente de un movimiento de masas con una gaseosa propuesta de populismo étnico. Su  mensaje sintonizaba con la internacionalización del “socialismo del siglo XXI” propuesto por Chávez, quien  rápidamente hizo de él un aventajado discípulo. Desde Venezuela se financió su campaña, el aspirante vino a Caracas y fue recibido en Miraflores y varios dirigentes del chavismo aparecieron como asesores de una agresiva movilización electoral. El expresidente del CNE Jorge Rodríguez se convirtió en su “mano derecha” y por su profesión de psiquíatra fue bautizado por la prensa adversaria como “Sigmund Fraude”.

 

En la ronda final  García resultó favorecido con el voto de los sectores democráticos que temían a un “re-make” del chavismo. Ganó la Presidencia  e inició una política económica  contraria a su anterior gestión en la línea de su mentor venezolano Carlos Andrés Pérez. En su primer mandato aplicó un furioso populismo, que se negó a pagar la deuda externa y estatizó el sistema bancario,  en contraposición a las recetas de moda para enfrentar  los desajustes macroeconómicos. En lo esencial  profundizó la propuesta económica heredada de Fujimori y Toledo pero con el toque social propio de un partido pionero de la socialdemocracia continental. Si en su primer gobierno colocó en una difícil situación la economía ahora deja cifras positivas: el crecimiento promedio del país se ubica en el 7,5% del PIB; se mantiene una inflación de 3% anual (10 veces menor que la de Venezuela); se registran grandes inversiones en petróleo, gas, plata; un extraordinario empujón de las exportaciones y de la inversión nacional y extranjera.

 

Se sabe, sin embargo, que no existe una relación directa entre la política y el comportamiento económico. Mientras Perú es una atractiva vitrina para el consumo externo en su cocina “se cuecen habas”. El APRA es devorado por las divisiones y el agotamiento hasta el punto que no pudo mantener una  sólida oferta presidencial. A ello se suma el deterioro de la institución partidista, los problemas de la corrupción y el narcotráfico, y un cuadro social que se refleja en 10 millones de peruanos en estado de pobreza critica.

Humala cabalgó otra vez  en los últimos meses en la onda del malestar popular.  Moderó su discurso, hizo potable sus ofertas de cambios políticos (constituyente y nueva constitución como en Venezuela, Ecuador y Bolivia) y se sacudió al menos públicamente la tutela chavista. Ante la división del mundo opositor democrático  surgió la opción de Keiko Fujimori. La heredera de la fortuna política de su padre (preso junto a Montesinos por corrupción y violación de los derechos humanos) representa la carta de la revancha social, la fórmula volátil y riesgosa que suelen enarbolar los sectores excluidos para expresar su desencanto.

 

El 4 de junio Perú definirá un nuevo rumbo. Humala en plan moderado busca la aproximación con sectores democráticos y de centro-izquierda y de hecho ha recibido los virtuales apoyos de Toledo y el novelista Vargas Llosa; mientras que la joven Fujimori se propone unificar la centro-derecha y los resabios de la vieja cultura militarista. Si Humala obtiene la victoria avanzaría en retoques constitucionales algunos de ellos inaplazables en Latinoamérica, y seguramente mantendrá un lenguaje radical pero no podrá “cometer locuras” en el campo económico. La experiencia venezolana chavista es irrepetible. Humala  no tendrá a su favor el peso decisivo del Estado ni el músculo militar que le facilitaron a Chávez el control de los poderes y los espacios sociales. Su gobierno se movería en los límites impuestos por la realidad a Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y Funes en El Salvador.

 

Si la favorecida es Fujimori no habrá cambios en el campo económico pero se profundizarán grietas y desencuentros en el terreno político agravados por un poder legislativo variopinto y contradictorio, lo que  podría generar un cuadro persistente de  ingobernabilidad. A prueba de  los antibióticos neoliberales un “virus político” sigue campante sobre los Andes.

 
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