LA SAGRADA DEL GENERAL GÓMEZ

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi @el-nacional.com

 

“Esta revolución llegó para quedarse”.

“Esta es una revolución pacífica, pero armada”.

“Aquí no se puede hablar de alternabilidad”.

Juan Vicente Gómez Chacón (1857 - 1935)

Todos sabemos de quién son estas frases. Han sido repetidas una y otra vez.

 

Supongo que nadie se equivoca sobre su significado. Es una historia vieja con disfraz nuevo. Un rápido viaje a sus orígenes basta para descubrir todo lo que encubren las metáforas, las parábolas, los mensajes cifrados.

 

Juan Vicente Gómez se mantuvo en el poder 27 años.

 

Contra la creencia habitual, no tuvo paz, el país no se resignó y hubo guerrillas y alzamientos, conspiraciones e invasiones, como la del Falke, todo el tiempo. Curiosamente, cuando no conspiraban contra él o cuando no había invasiones, él las inventaba para dar sus “golpes de papel”, reformar la Constitución, o para aterrar a sus enemigos. Cuando, en 1913, dio su primer zarpazo a la Constitución para hacerse reelegir, inventó que Cipriano Castro iba a atacar Venezuela, movilizó el país, dejó al doctor Gil Fortoul en la presidencia y él se declaró en campaña, pero no pasó de Maracay, con sus arreos de guerra.

 

Era mentira, pero el general armó la más insólita farsa que la gente podía imaginar.

 

Gómez nunca dejó de ser comandante en jefe del Ejército, a veces, cuando se le ocurría, compartía el cargo con el de Presidente. Organizó el Ejército y lo profesionalizó, y de sus filas salieron los presidentes López Contreras y Medina Angarita, e incluso los jóvenes oficiales que se alzaron en 1945. Aunque reconocía lo que significaba el Ejército para las operaciones bélicas o la disuasión contra los caudillos, el dictador contaba, paralelamente, con un cuerpo político llamado La Sagrada.

 

Una especie de policía secreta encargada de todos los “trabajos sucios”. El espionaje a civiles y militares. La gran mayoría de los generales de Gómez eran los “chopo e’ piedra” que venían de las refriegas, jefes civiles que se ascendían a sí mismos, o “generales” que él consagraba. De academia fueron muy pocos. No le bastaban los militares, sin embargo; y por eso apeló a La Sagrada, que era, en pocas palabras, su guardia pretoriana.

 

75 años después de Juan Vicente Gómez, en Venezuela renace el arma paralela del general. No otra cosa son las milicias bolivarianas, un cuerpo armado integrado por civiles de todas las edades, directamente dependientes del Presidente de la República. La última reforma de la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Bolivariana autoriza al jefe del Estado a proveer de armas de guerra a sus milicianos. Como si fuera poco, también les otorgará títulos militares, no importa que carezcan de toda instrucción o experiencia castrense.

 

Civiles, al fin, los milicianos tienen privilegios como el de ser militante del Partido Socialista Unido de Venezuela, lo cual los convierte en un cuerpo excepcionalmente todopoderoso que puede ser a un tiempo La Sagrada y el Ejército de los tiempos de Gómez.

 

Un ejército político, un ejército personal, un ejército de la revolución para la revolución.

 

En las palabras del epígrafe, el ejército que necesita la revolución para quedarse. El ejército que necesita la revolución pacífica, pero armada.

 

El ejército, en última instancia, que necesita la revolución para conspirar contra la alternabilidad.

 

A estos milicianos armados se les asignan ahora otros compromisos, como el de impartir formación militar a los estudiantes. A los niños les pondrán un uniforme tricolor, probablemente (son lo menos sospechoso de partidarismo, los colores patrióticos); los enseñarán a marchar, los pondrán firmes, les dictarán consignas, los adoctrinarán, les repetirán día tras día que “la soberanía de la patria está amenazada por el imperialismo”, que quienes abogan o pudieren abogar por la democracia, el pluralismo, la alternabilidad, son “enemigos de la patria”, tal como se usaba en la época de Gómez.

 

Frente a estas realidades, las consignas de que “la revolución llegó para quedarse”, de que es una “revolución pacífica, pero armada”, y de que aquí “no se puede hablar de alternabilidad”, la coherencia con las milicias bolivarianas y sus privilegios de civiles armados como si fueran militares es indudable. Esta figura de “revolución pacífica, pero armada” conlleva algo más que un mensaje. El que se atreva a cuestionarla, desafiarla o negarla correrá con las consecuencias. El pacifismo, en suma, es algo demasiado tramposo. Es la negación de toda civilidad.

 

A veces pienso que vivimos en dos países antípodas e irreconciliables. Que la Venezuela de 1935 todavía está ahí, acechando. Que navegamos sin brújula. No sabemos por qué clase de sistema estamos dispuestos a dar el frente, si alguno, y nos resignamos a cohabitar con un esqueleto de nación.

 

Regresan espectrales los tiempos de La Sagrada. La sociedad vigilada y espiada, la dualidad de un país que se rinde ante el caudillismo personalista del siglo XIX, y el otro, idealista, que confía en democracia y procesos cívicos. El país armado y el país en huelga de hambre.

 

 

@ELNACIONAL

 

Un Comentario;

  1. dachibeia said:

    qqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqq porqueria jaaaa

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