PERÚ: DIVIDE Y VENCERÁS


Martín Santiváñez Vivanco
martin.santivanez@maiestas.es

NR: El resultado de la primera vuelta, confirma la validez de los temores expresados por el autor.

 

Triste es el hado al que se enfrenta el Perú. La nación primogénita de América Latina elegirá este domingo a los candidatos que dirimirán en una segunda vuelta quién será el nuevo presidente. Sin embargo, la dispersión del centro político en tres candidaturas ha provocado que Ollanta Humala, el candidato nacionalista, y Keiko Fujimori, la hija de Alberto Fujimori, lideren las encuestas. Lo cierto es que tanto Humala como Fujimori encarnan dos de los viejos males republicanos del Perú, patologías que nos acompañan desde la independencia: el cesarismo etnonacionalista y el cáncer de la corrupción.

 

La división del centro-derecha, la ineficacia de un Estado incapaz de luchar contra la pobreza extrema y la ambición desmedida de un núcleo empresarial ávido de oro y poder han puesto en riesgo las conquistas macroeconómicas de un país que lleva veinte años ininterrumpidos de crecimiento y diez de democracia. Si Keiko Fujimori gana la presidencia con ella retornará el aparato corrupto que convirtió al Estado peruano en una maquinaria de latrocinios y saqueos. El fujimorismo es el resultado de una cultura política enraizada en el autoritarismo pragmático, ése que tan bien se refleja en esta frase poco feliz: “roba, pero hace obra”. Los peruanos nos hemos acostumbrado a elegir a políticos corruptos bajo la creencia de que todos lo son en mayor o menor grado. Lo que hace que nos inclinemos por uno o por otro es su capacidad de gestión, las obras, el cemento que el político deja tras de sí a favor de la ciudadanía.

 

Si Humala vence la franquicia chavista se extenderá por toda la cordillera de los Andes y el país involucionará en pos de una distopía (anti-utopía) indigenista, un arcano de imposible recuperación. El etnonacionalismo de Humala destruye la síntesis viviente que en esencia es el Perú, un país forjado por la herencia hispánica y por la tradición indígena. Esta síntesis se fue configurando a lo largo de tres siglos de convivencia y fusión, enriqueciéndose con el aporte de otras culturas hasta formar una nación profundamente mestiza. El Perú es, gracias a Dios, “todas las sangres”, como diría el gran novelista peruano José María Arguedas.

 

He aquí la verdadera riqueza del país, una población en la que se funden las más diversas razas unidas por el idioma y la religión que trajo España hace más de quinientos años. Los propios candidatos a la presidencia así lo demuestran: una descendiente de japoneses, un cholo (mestizo) de ascendencia indígena, un blanco de origen español y un gringo de raíces polacas. El humalismo, contra todo esto, pretende crear en el Perú un Estado adscrito al socialismo del siglo XXI, esa amalgama de populismo demagogo, marxismo ortodoxo y marketing político financiado por el petróleo venezolano. El humalismo no cree en la síntesis, por el contrario, defiende la preeminencia de lo indígena sobre lo español, pretendiendo establecer un culto idolátrico hacia una sola etapa de la historia peruana. Craso error. Latinoamérica es una totalidad y sólo móviles ideológicos pueden amputar parte de nuestro pasado común.

 

Terrible error el de la desunión cainita en política. Dura moraleja para los que se dedican al arte del poder, aplicable en cualquier tiempo y en todo lugar. Si los tres candidatos de centro, como es natural, se hubiesen hermanado en un solo proyecto político, la izquierda radical y el pragmatismo corrupto no tendrían ninguna opción de pasar a segunda vuelta y mucho menos de vencer. Si Alejandro Toledo, el ex presidente, Pedro Pablo Kuczynski, el ex ministro de economía y Luis Castañeda, el ex alcalde de Lima, depusieran sus ambiciones y se unieran por el Perú, otro gallo cantaría. No nos engañemos. Existe la posibilidad de que la gran nación de los Andes caiga en la esfera chavista o se entregue al fujimorismo vicioso. De ser así, el tablero del poder sudamericano se verá alterado de manera sustancial. Moraleja: si el crecimiento macroeconómico no se traduce en mejoras reales para los más pobres, asoma el radicalismo político, por encima de la democracia. Al menos en un punto Simón Bolívar tenía razón: a veces parece que hemos arado en el mar.

 

Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas

 

 
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