Violación, arma de guerra

Ana Julia Jatar

Ana Julia Jatar
anajulia@mns.com

 

Eman Al Obeidi, ciudadana libia de 28 años de edad, se ha convertido por su coraje y valentía en el símbolo de la resistencia libia y en el emblema de las desigualdades a las cuales está sometida la mujer tanto en la guerra como en la paz. Al Obeidi fue detenida en una alcabala por tropas de Gaddafi, arrastrada contra su voluntad a una “cárcel” improvisada en una vivienda abandonada y violada salvaje y sistemáticamente por un grupo de 15 soldados por el solo hecho de tener un “acento del Este”.

Eman Al Obeidi

Nos enteramos de su trágica historia porque esta mujer tuvo el coraje de hablar y de acusar a sus violadores ante la prensa internacional. Probablemente, ésta sea la única razón por la cual todavía está viva, como quizás no lo estén otras mujeres que hayan corrido la misma suerte. Por miedo, miles prefieren el silencio luego de ser violadas; de la misma forma muchas víctimas de otras atrocidades deciden callar para no enfurecer más al tirano, cualquiera que éste sea. Para ellos, vaya el ejemplo de Al Obeidi, que al vencer el miedo a sus captores y hablar públicamente ha infligido un golpe mortal al régimen de Gaddafi.

Como era de esperarse y como lo hemos visto mil veces por estas latitudes también, en la televisión del Estado libio la descalificaron y la acusaron de borracha, prostituta y traidora de la patria. Los criminales se convirtieron en acusadores.

Este caso ha cautivado la atención y la imaginación de millones de mujeres porque desata miedos arquetípicos construidos por siglos de abuso físico y desigualdad. La violación es un arma de guerra que ha existido desde tiempos bíblicos y que, a pesar de producirnos el mismo rechazo, se continúa utilizando hoy. ¿Por qué? Se conocen miles de casos como el de Al Obeidi en Libia y también en Serbia, Congo, Ruanda, Sudán, Uganda, Sierra Leona y Costa de Marfil, por mencionar algunos recientes. Pienso que por su uso históricamente sistemático, la violación sexual no puede ser vista como una consecuencia circunstancial de la guerra. Por su especificidad y el daño físico y psicológico que produce, hay que verla más bien como una poderosa arma usada estratégicamente con el propósito de producir terror, castigar, humillar e intimidar al enemigo.

En efecto, es un arma utilizada de manera consciente y promovida por los asaltantes por fundamentarse en tres elementos emocionales muy poderosos: el terror visceral que genera en las mujeres la sensación de poder absoluto que siente el violador sobre su víctima y el desprecio que en todo momento le expresa durante el acto de violación. En otras palabras, castigo, dolor, terror y humillación.

 

Su persistencia histórica está también trágicamente relacionada con la concepción de que la mujer no es un ser humano sino una propiedad a ser violada también para castigar a su dueño.

La legislación internacional está encaminada a castigar este tipo de crímenes con la convicción de que su ejecución es premeditada y muchas veces estimulada por los jefes militares. Pero desafortunadamente existe un enfermo clima de indiferencia ante todo lo que significa violencia contra la mujer, como si nos lo mereciéramos por algún pecado heredado desde Eva; porque la violencia sexual es “normal” en tiempos de conflicto o porque simplemente somos objetos sexuales.

Falta mucho por hacer en la lucha contra esta expresión de barbarie, pero sería bueno comenzar por condenar a los culpables y no a las víctimas, como muchas veces sucede, y porque cada uno de nosotros desde donde nos encontremos rechacemos moralmente esta abominable arma de guerra que se niega a morir.

 

 

 

@ELNACIONAL

 
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