Chernobyl: crónica de un desastre

Recientemente se cumplieron 25 años de la pesadilla de Chernobyl, la mayor catástrofe en la historia del uso pacífico de la energía atómica, y la alarma desatada por la situación en     la central nuclear japonesa de Fukushima no hace más que traernos esta historia a la cabeza una y otra vez.

El accidente

A las 01.24 horas del 26 de abril de 1986, una simulación de corte de electricidad realizada por el personal de la central provocó un súbito aumento de la potencia y el recalentamiento incontrolable del reactor 4, que causó la explosión del hidrógeno acumulado en su interior lanzando el techo a unos 15 metros de altura.

La central, cuya avería fue provocada no sólo por una cadena de errores humanos sino también técnicos y de construcción, arrojó a la atmósfera hasta más de 200 toneladas de material con una radiactividad equivalente a entre 100 y 500 bombas atómicas como la que fue lanzada sobre Hiroshima.

Actualmente, cerca de cinco millones de personas viven en territorios que quedaron contaminados por la explosión en el cuarto reactor de la central nuclear de Chernobyl; casi la totalidad de ellos, el 85 por ciento, en zonas de baja contaminación.

De acuerdo con el ICRIN, una red  internacional de información sobre Chernobyl financiada por la ONU, unas 200.000 personas viven en zonas de alta contaminación, tanto en el territorio de Ucrania, como en la vecina Bielorrusia.

Incluso hay quienes residen en los llamados “lugares de exclusión”, junto a la planta, declarados por ley inhabitables. En casi todos los casos, se trata de ancianos que se negaron a ser evacuados.

La verdadera magnitud de una tragedia

Según el último informe de un grupo de expertos de la ONU sobre el desastre de Chernobyl, presentado en Viena el 28 de febrero pasado, limita a 62 el número de muertes atribuibles al accidente nuclear y constata la dificultad para establecer los efectos de la radiación en la salud de las personas.

Sin embargo, el estudio “Consecuencias para la salud de Chernobyl – 25 años después”, divulgado por la sección alemana de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (AIMPGN), arroja que el desastre mató a unos 112.000 de los llamados “liquidadores”, soldados y empleados estatales que trabajaron en la construcción del primer sarcófago en los meses siguientes a la explosión.

Además, según la AIMPGN, hasta 90 por ciento de las 830.000 personas que trabajaron en la contención del desastre sufren distintas formas de cáncer. Otras 5.000 murieron en Euro-pa, víctimas de la nube radiactiva que emitió el reactor y que cubrió todo el continente, desde Suecia y Finlandia, en el norte, hasta Italia y España, en el sur.

Otros estudios documentan casos de cáncer y de mutaciones genéticas en niños nacidos tras la catástrofe. La Organización Mundial de la Salud es-tima que en Belarús más de 50.000   niños sufren o sufrirán cáncer de tiroides. El Comité Científico de las Nacio-nes Unidas sobre los Efectos de las Radiaciones Atómicas estima que en todo el mundo, entre 30.000 y 207.500 niños han nacido con defectos genéticos por el accidente de Chernobyl.

Aunque no hay cifras definitivas, Chernobyl habría afectado la salud a más un millón de personas.

Nuevo sarcófago

Pocos saben que en la planta de Chernobyl, clausurada en diciembre de 2000, se construye un nuevo sarcófago sobre el primero que cubre el     reactor causante del desastre y que éste, erigido en los meses siguientes al accidente, tiene grietas, con el consiguiente riesgo de fugas significativas de radiación; pues aún existen 182 toneladas de combustible altamente radiactivo (considerado todo un magma infernal) que ya el primer sarcófago no logra mantener aislado.

Según la construcción, denominada “nuevo sarcófago seguro”, tendrá forma de arco, con una altura de 108 metros y una longitud de 150 metros y cubrirá totalmente el anterior. Será de acero y hormigón, pesará unas 29.000 toneladas y costará unos 2.300 millones de dólares.

Su alto precio se debe también a la alta radiactividad, que tiene efectos mortales en poco tiempo (se absorbe durante seis segundos el máximo anual permitido para el ser humano) que hace imposible laborar en las cercanías del reactor, lo que obliga a construir el nuevo sarcófago lejos del sitio y transportarlo luego sobre rieles hasta Chernobyl.

Este nuevo armazón debió estar listo en el 2007, pero los países que se comprometieron a financiar el proyecto como Alemania, Cana-dá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y Rusia, se han atrasado en la entrega de fondos, moviendo la fecha de culminación para el 2015.

El sarcófago, con un periodo de vida útil de cien años, contará con sistemas de control de seguridad de última generación.

Ucrania se propone desactivar por completo la planta y el territorio adyacente para el año 2018, y enterrar para siempre con ayuda de la compañía estadounidense Holtec International todas las toneladas de combustible nuclear que hay en la central.

Pero ni la catástrofe de Chernobyl ni los accidentes en Japón modificarán la apuesta de la autoridades ucranianas por la energía nuclear.

“No hay una alternativa factible al empleo de la energía atómica”, declaró el primer ministro ucraniano, Nikolái Azárov, quien recalcó que “sólo los países ricos se pueden permitir hablar del cierre” de las centrales nucleares.

Energoatom, la estatal ucraniana que gestiona las centrales nucleares del país, anunció que redoblará las medidas en todas sus plantas.

www.tn.com.ar

 
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