EL ENIGMA DE OLLANTA HUMALA

Elizabeth Burgos

Elizabeth Burgos
eburgos@orange.fr

La autora conoció a Humala cuando era un joven oficial, que frecuentaba los círculos bolivarianos en París y ya se preparaba para ser presidente de Perú.  Su relato acerca del personaje es particularmente interesante, ahora que el ex golpista tiene serias probabilidades de convertirse realmente en presidente, y además electo. Lo ambivalente de Humala resalta en cada párrafo de esta reveladora apreciación.

Corría el año 2004 cuando conocí en París a Ollanta Humala: afable, cortés, hablando en voz baja, sin vehemencia alguna.  Oficiaba entonces de agregado militar en la embajada del Perú, al mismo tiempo que realizaba una tesis doctoral en una universidad francesa, labor que interrumpió al ser nombrado sorpresivamente a la embajada de Perú en Corea del Sur.  Una clara medida para alejarlo de París y obstaculizarle el posible trabajo político que estaría realizando.

La amiga peruana, funcionaria de la embajada, que nos presentó, simplemente le había mencionado mi país de origen, lo que le hizo creer que yo era simpatizante del gobierno del teniente coronel Hugo Chávez. De allí que al vernos esa primera vez y a modo de entrar en confianza, me dijo que acaba de tener una reunión con la representante de los círculos bolivarianos de París, deduciendo que yo simpatizaba con el régimen venezolano. Inmediatamente corregí el malentendido.  No obstante continuamos la conversación de manera distendida.  Me expuso sus proyectos políticos y su disposición de participar en la próxima elección presidencial.

 

Atendiendo a mi pregunta me expuso su programa político, centrado en la rehabilitación social y política de los sectores indígenas de su país, – agenda que sigue pendiente  en Perú, con la que difícilmente se pueda estar en desacuerdo.  Me hizo recordar que en el transcurso de los años 1960 cuando viajé por primera vez a Perú, en los anuncios de compra y venta de los periódicos se ofrecían en venta haciendas con los “pongos comprendidos en el precio”.  En otras palabras, en el Perú existía todavía la trata de esclavos.

 

Pero Humala, lejos de sentirse como un mestizo identificado con el universo indígena, me dijo que él era descendiente de Curacas: es decir, perteneciente a la nobleza Inca.  Ahí estaba presente el eterno modelo latinoamericano de la jerarquía, el paternalismo: modelo premoderno, prerrepublicano.

 

Luego expresó otras prioridades en las que aparecía claramente la influencia de la educación que había recibido de su padre.  Su programa político consistía, ante todo, en la lucha contra la corrupción por lo que impondría la pena de muerte como castigo a esa infracción; el rescate de los territorios perdidos en la guerra con Chile a finales del siglo XIX, y acabar  a los descendientes de los españoles.  En lugar de mostrarme ofuscada con sus palabras, me limité a comentarios de tipo técnico.  Fusilar corruptos era factible, pues una bala era suficiente para matar a una persona.  Veía más difícil recuperar los territorios anexados a la geografía chilena, debido al poderío de las Fuerzas Armadas Chilenas, que de provocarlas, en vez de recuperar territorios, podrían quitarle a Perú gran parte de su territorio; en cuanto a acabar o a marginar a los descendientes de los españoles, le comenté que pese a la avanzada tecnología de Alemania, Hitler había logrado liquidar solamente a 6 millones de judíos, y éstos seguían esparcidos por el mundo.

En las elecciones del 2006, Ollanta Humala casi se convierte en presidente de Perú, pero perdió por culpa de quien le brindó ayuda: Hugo Chávez no pudo contenerse de tratarlo como a su peón, al cual había financiado su campaña y no dudó en apoyarlo públicamente.

Se quedó sorprendido con mis comentarios, como si recién midiera lo que aquello realmente significaba y expresó el deseo de proseguir las conversaciones conmigo.  En los encuentros que sostuvimos luego, se le veía interesado en mis argumentos.  Me percaté que se trataba de alguien en plena búsqueda de respuestas y de argumentos, pues parecía percibir que los rasgos nacionalistas/fascistas del pensamiento que le había inculcado su padre, Isaac Humala, un próspero abogado, no compaginaban con los contactos que había tejido en Francia, en particular en la universidad.  Su esposa, Nadine Heredia, de manera sutil pero firme también se los rebatía.

 

Ollanta fue educado por su padre en la creencia de estar investido de una misión: la toma del poder para “salvar a la nación”, de allí que obligara a sus hijos a seguir la carrera militar como una “pista directa de llegar al poder”.  Según Isaac Humala, “con sólo 60 hombres armados se puede tomar el Palacio”.  Fue lo que intentaron los hermanos Ollanta y Antauro Humala, oficiales del ejército, en el año 2000 para derrocar a Alberto Fujimori.  Recorrieron la zona andina buscando voluntarios para engrosar sus fuerzas, permaneciendo alzados.  Al huir Fujimori al Japón, el presidente provisional, Valentín Paniagua les propuso la amnistía a condición de deponer las armas.

 

Otro punto en el que expresó un talante pragmático, fue en la búsqueda de financiación para su campaña electoral.  Me dio a entender de que esa era su preocupación y que preferiría recibir una ayuda de sectores que no representaran para él un compromiso político, pero que si no los encontraba, debía aceptar las propuestas que se le brindaran.

De todos es conocido su regreso al Perú, la campaña electoral del 2006 tras la cual casi se convierte en presidente, pero que perdió por culpa de quien le brindó ayuda: Hugo Chávez no pudo contenerse de tratarlo como a su peón, al cual había financiado su campaña y no dudó en apoyarlo públicamente.  El apoyo del teniente coronel hizo que cundiera el temor entre los peruanos y la mayoría optó por votar para Alain García.

Los hermanos militares golpistas, Humala, izquierda Antauro, derecha Ollanta.

La reciente campaña mostró a un Ollanta Humala comedido, sereno, deseoso de quitarse la reputación de radical, prometiendo no cambiar el sistema económico y el diálogo con todos los sectores.  Pero ¿quién garantiza que una vez en el poder, no salga a relucir la personalización autoritaria del poder, y pese a pasar por el tamiz ineludible de la democracia – el sufragio universal – , ponga en obra una política de supremacía del Estado sobre la sociedad, y establezca un giro hacia un modelo predemocrático, según el modelo inculcado por su padre y el que rige en los países de ALBA? Allí radica el dilema.

 

Parecería que podría haber una garantía de evitar la identificación con el modelo venezolano, debido al papel que ha jugado Brasil al ocupar el lugar que tuvo Hugo Chávez en la anterior elección, enviándole asesores para diseñarle una campaña de contenido moderado, evitando la confrontación y los proyectos radicales, ampliándole así el electorado; hecho que se cumplió, pues Ollanta Humala irá a la segunda vuelta, siendo el candidato que obtuvo la mayoría de votos.

 

Para Brasil, más que determinismos ideológicos, significa afirmar su posición de verdadera gran potencia del continente, prosiguiendo su marcha certera hacia la salvaguarda de sus intereses económicos, la ampliación de su influencia y su salida al Pacífico, para lo que ya ha avanzado bastante en la construcción de la carretera interoceánica, indispensable para facilitar las relaciones comerciales con el entorno asiático.  Si Ollanta Humala ha actuado atendiendo a una estrategia fríamente calculada y tras ganar la elección, decide lanzarse por el atolladero chavista y decide resquebrajar la economía peruana sumándose al llamado socialismo del Siglo XXI, de todas maneras Brasil se favorecerá, porque Perú se convertirá en un país debilitado, dependiente de Brasil, como lo son Venezuela y Bolivia en la actualidad.

 

No obstante la suavización del discurso radical, Humala, en relación a Chile ha perseverado en su discurso radical, aplicando el modelo amigo/enemigo.  Un punto que pese a tratar de buscar los votos  de los ultranacionalistas, no deja de ser significativo pues está acorde con la educación que ha recibido desde la cuna.

 

En cuanto a Keiko Fujimori, a pesar de la mala prensa internacional que tiene la figura de su padre, en Perú sigue teniendo una base electoral y lo demuestra el porcentaje de votos que logró obtener.  Pese a no ser políticamente correcto, es bueno recordar que Alberto Fujimori tiene el mérito de haber logrado el fin del Sendero Luminoso, la máxima expresión del fascismo jamás vista en el continente y firmado la paz con Ecuador, hecho que daba la exacerbación del nacionalismo que despertaba este conflicto, sólo un no peruano pudo ser capaz de semejante iniciativa.  Realizó una  labor social populista que le hizo ganar una base popular que parece persistir, según lo demuestra el porcentaje de votos obtenido por su hija, Keiko.

 

Si Perú cae en el sinsentido castro-chavista, se habrá conformado el tan ansiado “bloque estratégico bolivariano”.  Colombia aparece solitaria; aislada, por ahora.

 

 

 

 
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