HUNGRÍA Bajo el signo de Dios y de la Santa Corona


Lluís Bassets

“… como si la mera bendición de las urnas fuera la condición suficiente del Estado democrático.”

 

Lluís Bassets

 

Esto es Europa. Y es el siglo XXI. Pero la Constitución que ha aprobado el parlamento húngaro parece salida del XIX, e incluso de los turbulentos y nacionalistas años 20 como más cerca. La división y el equilibrio de poderes, el respeto de las minorías, la nación política de ciudadanos iguales han sido sustituidos por un Estado étnico, confesional y monolítico, que extiende su jurisdicción sobre cuatro países vecinos donde hay ciudadanos de ascendencia húngara a los que se reconoce la nacionalidad: Eslovaquia, Rumania, Serbia y Ucrania. Hungría no cumpliría ahora las condiciones políticas para ser admitida en la Unión Europea, los criterios de Copenhague que exigen el respeto a las minorías y al Estado democrático de derecho, y sin embargo Hungría puede exhibir la presidencia de turno de la UE.

Esta Constitución, la primera que se elabora después de la caída del comunismo, ha sido elaborada sin consenso alguno, ni siquiera en la comisión constitucional, y aprobada gracias a que el partido gobernante, Fidesz, del primer ministro Viktor Orban, cuenta con la mayoría abrumadora y cualificada de los dos tercios de escaños parlamentarios. Es la Constitución de Fidesz e incluso con mayor propiedad la Constitución de Orban. Su aprobación constituye un auténtico revés para el europeísmo, en los mismos días en que se están resquebrajando la solidaridad y la cohesión mínimas e imprescindibles para mantener una unión de este tipo en cuestiones como la inmigración, el rescate de las deudas soberanas o la ayuda a los rebeldes libios.

Por mucho menos que un cambio constitucional de envergadura, con repercusiones en los países vecinos, la UE había abierto crisis políticas en épocas anteriores. Esta vez, en cambio, cada uno está ocupado en sus asuntos o en sus peleas con el vecino. El ensimismamiento nacional de los europeos ha llevado incluso a una mayor atención a los populistas antieuropeos y xenófobos que ascienden que a los populistas antieuropeos y xenófobos que ya tienen el poder, incluso todo el poder, como sucede en Budapest.

Se da el caso, además, de que la Constitución húngara haría las delicias en muchos países, sobre todo entre los partidos auténticos que proliferan por doquier. Además de la declaración solemne que vincula el marco jurídico actual a la más tradicional y arcaica de las esencias hungáricas, esta constitución prohíbe el aborto y el matrimonio homosexual, constitucionaliza la limitación del déficit público, limita los poderes de su tribunal constitucional, aparca a los jueces más expertos del país adelantando la edad de jubilación para judicatura a los 62 años y cuenta con una institución para controlar los medios de comunicación.

Los húngaros no podrán votarla en referéndum como quisiera quienes se han opuesto, porque sería una segunda oportunidad para hacer campaña e intentar convencer a sus conciudadanos; pero es muy probable que constituciones similares podrían ser aprobadas con facilidad en consultas populares en muchos otros países. Esta Constitución sin consenso es un pésimo ejemplo del listón democrático que se marca desde Europa, sobre todo de cara a los países que pugnan por liberarse de dictaduras: como si la mera bendición de las urnas fuera la condición suficiente del Estado democrático.

En el momento en que el mundo árabe intenta avanzar en una transición hacia la democracia, el mundo europeo pugna por una transición hacia el pasado, hacia aquella época de Europa en que se apagaron las luces.

 

Fuente: El Blog de Lluís Bassets, Del Alfiler al Elefante

 
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