¡Oh, qué será, qué será!

Carlos Raúl Hernández

Carlos Raúl Hernández

 

Cada vez que alguien dice que las fuerzas democráticas carecen de algo llamado proyecto de país, crece el hueco de la capa de ozono. Son los mismos que hablan de “los problemas de género y olvidan que el género es una propiedad del lenguaje, mientras los seres humanos tienen sexo (y se divierten mucho). Lo mismo que construir ciudadanía o empoderarse, horripilancias sintácticas y teóricas que hacen que uno pueda correr a agarrarse la mano izquierda.

Si hay algo además de voluntad de lucha, es el mentado proyecto de país, no porque alguien lo haya craneado, sino porque es producto de doce años de debates y luchas intensas por defender la vida civilizada que por tanto tiempo se subestimó ante otros proyectos.

Para esta generación -antes no- está claro que cualquier promesa de una democracia verdadera, no representativa, es una trampa que encubre propósitos torcidos. También que expropiaciones y nacionalizaciones, en vez de avances, son despeñaderos. La gente normal, no así muchos políticos, afirman claramente que Venezuela tuvo cuarenta excelentes años de democracia, durante los que fue un modelo para América Latina y el mundo. También casi todos concebimos -los que no, son casos perdidos- que cuando se destruye el sistema de partidos, como hicimos aquí para complacer a la canalla ilustrada y la izquierda anacrónica, lo que sigue es Frankenstein.

Aprendimos también que el comunismo es una maldición, sea con un gorro de astracán, como me dijo alguien hace siglos que estaba dispuesto a ponerse para que llegaran los soviets a Venezuela, o en el malecón de La Habana, o con Daniel Ortega.

Está claro que queremos un Estado competente, una empresa privada poderosa, una producción petrolera con abundancia de capital y tecnología, un buen sistema de salud -el que teníamos lo añoramos-, una democracia confiable, libertad y Estado de Derecho. Una educación para la sociedad global y para el salto tecno-científico. Descentralización y desmilitarización. ¿Por qué dicen entonces que no hay proyecto de país?

Lo que no está claro es cómo quieren que lo vean nuestros precandidatos opositores. Betancourt fue protagonista de cincuenta años de política gracias a una idea fuerza. Si su epitafio dijera yo encarné la democracia, no mentiría. Era un hombre programa. Carlos Andrés Pérez en sus dos gobiernos fue la modernización. En 1973 la estatizante de acuerdo con los dictámenes de la Internacional Socialista de Palme y Mitterrand y en 1989 con la modernización aperturista de Felipe González y Deng Xiao Ping. Votar por Caldera en 1968 era hacerlo por la alternabilidad y en 1993 por la contrarreforma, la reacción conservadora frente al cambio, el regreso al pasado. El hoy presidente abrazó el proyecto de país que habían elaborado los notables, Caldera y el chiripero, la antipolítica, pero para hacerlo bien frente al fracaso del primer intento.

¿Cómo veremos a Capriles y Ledezma? ¿Qué ideas matrices los representarán? Los nombro solo a ellos porque el otro jugador real, Pablo Pérez, parece en naufragio por un torpedo en la línea de flotación. Hasta ahora ambos proponen más redistribución, aunque es inútil competir en la materia con el papá del populismo contante y sonante.

 

@ELUNIVERSAL

 
Top