El Arte de lo Posible

Manuel Felipe Sierra

FÁBULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA
manuelfsierra@yahoo.com

 

 

Mario Vargas Llosa encendió la polémica. El novelista, luego de analizar el escenario electoral peruano para la segunda vuelta del 5 de junio, se inclinó a favor de Ollanta Humala frente a Keiko Fujimori. Para muchos se trató de un balde de agua fría. Días antes, había advertido que sus compatriotas estaban emplazados a escoger entre “el cáncer y el sida”. Es decir, que deberían inclinar su voto por candidaturas cuyas victorias supondrían riesgos para la democracia.

 

Vargas Llosa, sin embargo no podía lavarse las manos ante un dilema crucial. Si sus juicios han sido claros y firmes ante otras situaciones políticas, como la venezolana por ejemplo, no se explicaría que renunciara a opinar  ante el electorado peruano  que hace 21 años votó mayoritariamente por él en una primera ronda presidencial. El año pasado cuando le fue otorgado el Premio Nobel, en la decisión del jurado se valoraron sus méritos literarios, pero la distinción le fue conferida “en reconocimiento a sus luchas por la libertad”.

Mario Vargas Llosa

Curiosamente, en Venezuela la escogencia peruana asume tanto interés de opinión como si se tratara de un asunto nacional. Ya es común que frente a los eventos electorales de los países vecinos se extrapolen a ellos los factores que polarizan la vida venezolana. De esta manera, se suele simplificar cada proceso electoral con el dilema entre democracia y totalitarismo o libertad de mercado y estatismo exacerbado. De acuerdo a esta lógica, en Perú se enfrentaría una alternativa democrática simbolizada en la Fujimori y una copia del socialismo del siglo XXI representada por Humala.

 

El análisis  de  Vargas Llosa es más complejo y no facilita la simplificación. Los diez años de gobierno de Fujimori marcaron el comienzo del “neoautoritarismo” latinoamericano, del cual Chávez adoptó su modelo político en una primera fase. Sustentado en el voto popular y con el apoyo de un sector militarista, Fujimori dio un golpe de estado, disolvió el Congreso y pulverizó los poderes públicos para luego mediante una Constituyente, relegitimar su mandato. Inició la destrucción de las instituciones democráticas desde las propias entrañas del Estado; construyó una legalidad ajustada a sus planes de perpetuación en el mando; generó mecanismos para asfixiar y liquidar la libertad de expresión; construyó una estructura fraudulenta que pervirtió el sufragio y elevó como gran oficiante del poder a Vladimiro Montesinos, uno de los más aventajados alumnos de la delincuencia política del continente.

 

Cuando los gobiernos democráticos comenzaban a desligarse de la experiencia fujimorista el 2000, Chávez que iniciaba su mandato, se aproximó a él y definió una alianza de facto entre ambos regimenes. Fue quizás el único de los presidentes que avaló la trampa para desconocer la voluntad popular con la victoria de Alejandro Toledo. No fue casual tampoco que Montesinos, ya perseguido por la justicia encontrara protección en el alto gobierno de Caracas, hasta que su presencia se hizo intolerable para la comunidad internacional. Abandonado en una calle caraqueña, fue detenido y remitido a los tribunales de Lima. Las condenas que pesan sobre Fujimori y Montesinos no obedecen solamente a la típica “revancha política latinoamericana” si no que ambos enfrentan cargos consistentes. Fujimori es enjuiciado por delitos de corrupción y violación de los derechos humanos, y en el caso de Montesinos son públicas sus vinculaciones con el narcotráfico y otras formas delictivas.

Alan Garcia

Humala se alzó en Locumba en 2000 contra Fujimori y luego de ocupar varios cargos diplomáticos se postuló como candidato presidencial hace 5 años de la mano de Hugo Chávez, ofreciendo  la mercancía política bolivariana. Pero no era una invención chavista, si no  que su candidatura cabalgaba en un viejo sentimiento de reivindicación indígena de la izquierda andina. Entre Alberto Fujimori y Ollanta Humala existe otra diferencia fundamental: el primero fue juzgado y condenado por delitos ampliamente comprobados; mientras que Humala representaría el riesgo de errores y políticas equivocadas que podrían conducir a Perú a la situación que vive Venezuela. Pero moral y políticamente se trata de dos casos distintos y que en consecuencia, no permiten una valoración similar.

 

Más aún, colocados en un plano estrictamente racional, no habría porque condenar a  Keiko Fujimori de antemano  por ser hija del prisionero y suponer  como hereditaria de las perversiones y defectos de éste; ni Ollanta por su sumisión  anterior al chavismo tendría que obedecer  siempre a los planes del gobernante venezolano. Keiko ha ofrecido perdón por los errores de su progenitor y ha dicho que no contempla un indulto automático para él de resultar electa; mientras que Humala presenta un programa distinto al recetario chavista. Por supuesto, muchos  pensarán que la Fujimori y Humala mienten por conveniencia para disolver sospechas en los votantes. Pero existe un hecho cierto: el gobierno de cualquiera de los dos estaría condicionado por realidades que impiden el regreso al pasado o la reproducción  en el futuro peruano del presente venezolano.

Alan García después de dos períodos presidenciales y ya anotado para el 2016 rechaza que su país se encuentre como afirmara Vargas Llosa ante dos enfermedades mortales. Según él, “el peso de la realidad es mayor que el apetito de las personas o que los sueños de las personas”. Vargas Llosa optimista afirma: “la democracia peruana está a salvo y continuará el progreso económico, acompañado de una política social inteligente que devolverá la confianza en el sistema a quienes, por sentirse marginados y frustrados de ese desarrollo que no los alcanzaba, optaron por los extremos”. Ya desde siempre se sabe que la política “es el arte de lo posible”.

 
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