KATE Y WILLIAM

Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

El linaje real también tiene patrocinantes y cortes a comerciales.

William y Kate son también parte de una ficción, una mercancía más cercana a la fábrica de juguetes.

Para cuando usted lea estas líneas, yo espero que ya realmente Kate y William se hayan casado. Dentro de mí, todavía existe el temor de que, aun a costa de la mítica puntualidad inglesa, a última hora decidan aplazar el matrimonio para seguir sometiendo al planeta a la tortura de su interminable preventa nupcial.

 

Hace unas semanas, llegué a pensar que en verdad nunca se casarían, que les estaba yendo tan bien en esta despedida de solteros que, como en algunas telenovelas de éxito, terminarían estirando y estirando la historia, una noche más, otro capítulo más, hasta lograr que todo el mundo se mudara a vivir a la boda real.

 

Si alguien tenía alguna duda, ahí está el caso de la mexicana Estibalis Chávez. Su melodrama parece sacado del hastío de un guionista. Su madre, fan de Lady Di, murió al darla a luz; ella entonces intenta ahora cumplir con un viejo juramento y, siendo ya fan de Kate, se propone hacer cualquier cosa con tal de asistir a la boda real.

 

Cualquier cosa es cualquier cosa. Su historia lo demuestra.

 

En su expediente hay, incluso, una huelga de hambre. La industria de Buckingham es un éxito. Muy pocos son los invitados a la fiesta pero todos estamos siempre invitados a la fantasía del amor.

 

Padezco de un racionalismo a prueba de hospitales. La idea de que hay hombres, familias, genéticas distintas, superiores, por causas tan inexplicables como los dioses o el humo blanco, me resultan tan atrasadas como las primeras lobotomías de la historia. No se puede creer en Twitter y en que la Tierra es plana al mismo tiempo. Pero la lógica del dinero y del poder es muy contundente: puede incluso vivir de la frivolidad ajena.

 

El espectáculo de la realeza es una de las formas de medir la estupidez de la civilización humana. Nada es y nada ha hecho William aparte de soportarse y de tratar de lidiar con la propia gratuidad de su fama. No tiene ninguna proeza ni ningún crimen extraordinario en su expediente. Lo único que puede mostrar es su naturaleza, tan absurda e increíble como la sangre azul.

No hay ni siquiera una gran historia de amor, un relato de riesgo y de vértigo digno de narrar aunque sea en dos o tres líneas. En el siglo XXI ya nada queda en pie. La reina aparece en un comercial.

 

El Real Channel anuncia una programación especial. En las calles de Londres venden preservativos con la imagen de los novios. Se acabó. Ya los reyes se pasaron completamente al show business.

 

El metabolismo mediático es insaciable, no se detiene jamás. Arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Necesita siempre más. No conoce el retroceso. Al paso que vamos, tal vez, más pronto de lo que creemos, a un avezado productor de televisión se le ocurrirá un reality show que junte a diversas figuras de las realezas del mundo en un lugar inhóspito. No se asombre si de pronto ve una pandilla de príncipes y duques, ex reyes o condesas, marqueses, vizcondes, archiduqes, abandonados en una costa de Haití o en una favela de Sao Paulo, tratando de competir por un nuevo reinado: el favor de la audiencia, la bendición del dios rating.

 

La era de las divinidades parece estar mutando. La historia ya no cree en la eternidad. Prefiere la eficacia fugaz de los cajeros electrónicos.

 

También la mano invisible del mercado se ha colado en el cielo de la aristocracia.

 

Incluso los reinados paganos, como el de los hermanos Castro o el de Gadafi, se ven condenados a aceptar y a afrontar sus crisis. Se desdicen, se traicionan, se aferran de cualquier modo a lo único que realmente les importa: mantener sus privilegios.

 

No perder la corona es ya su única utopía.

 

Con toda razón, cierta ironía inglesa se refiere al evento como la boda del Ken y la Barbie. La expresión retrata muy bien a una clase dispuesta a transformar su identidad, aunque sea momentáneamente, con tal de seguir en el negocio. El linaje real también tiene patrocinantes y cortes a comerciales. William y Kate son también parte de una ficción, una mercancía más cercana a la fábrica de juguetes que a las novelas de caballerías. Cobran los mejores derechos de autor del mundo. Su boda es un sacramento del mercado.

 

En estos mismos días, la BBC transmite un programa que ha generado cierto escándalo. Se trata de una serie donde se puede ver la agonía de un hombre de 84 años, que padece cáncer y que muere ante las cámaras. En la televisión, como en el inconsciente, no existe el azar.

 

Cuando William y Kate se estén casando, tal vez puedas cambiar de canal y disfrutar un rato de la muerte de Gerald. Todo cabe en el control remoto de la TV.

 

 

 

@ELNACIONAL

 
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