La muerte de líder de Al Qaeda puede ser el golpe definitivo para la organización


John Lee Anderson

Jon Lee Anderson

En el verano de 1989 pasé varios meses yendo y viniendo del campo de batalla afgano, donde una amplia gama de las fuerzas afganas mujahideen, junto a cientos de voluntarios árabes jihadi, peleaban entusiastas para expulsar al régimen soviético instalado en Kabul. En algún momento tuve que ser contrabandeado fuera de la zona de guerra por una escolta armada de soldados afganos. Un grupo de árabes había dicho que querían matar al infiel que sabían que los camaradas afganos tenían con ellos. No lo advertí en el momento, pero esos hombres formaban parte del núcleo inicial de Al Qaeda. Su líder había llegado recientemente, un rico saudí pretencioso, Osama Bin Laden. Una vez a salvo, en el pueblo fronterizo de Peshawar, en Pakistán, conté lo que había visto, lo que me sucedió con Abdul Haq, a un alto comandante mujahideen afgano. El hombre me dijo, con una suerte de clarividencia asombrosa, que era urgente observar más allá de la batalla inmediata en Afganistán y de los desafíos de la guerra fría. Una nueva amenaza se estaba levantando. «El peligro al que nos enfrentamos viene de estos jihadis árabes», me dijo. «Esta es la mayor amenaza para todos nosotros».

Ahora el panorama está cambiando de nuevo. Hay una deliciosa ironía en relación al momento de la muerte de Osama Bin Laden, anunciada el domingo en la noche. La noticia llega en medio de la extensa revolución árabe en el mundo. El movimiento terrorista –Al Qaeda— no previó la revuelta en el mundo árabe. Hasta ahora, han lucido incapaces de aprovecharla y mucho menos de liderarla. El hombre que se había convencido de ser el último árbitro del cambio violento, debió estar emocionado con las revueltas, pero, en el fondo, frustrado. En Libia, en lugar de una galería de villanos que escupen con odio y decapitan rehenes (Abu Musab Al-Zarqawi y Khalid Sheikh Mohammed vienen a la mente), hay una amplia gama de la sociedad que incluye jihadis libios, tenderos, hombres de negocios pro-occidente y estudiantes –una suerte de alianza cívica–. La revuelta en Libia no forma parte de una guerra santa global. Se trata de la gente tumbando a su propio dictador, un déspota muy particular que ha gobernado su destino colectivo por cuarenta y dos años. El levantamiento en Siria parece tener los mismos componentes. En otras palabras, ambos casos parecen ser parte de un fenómeno social que ya ha barrido a dictadores en Túnez y Egipto, dejando atrás tensiones y trayendo nuevas libertades –una atmósfera que posiblemente no es apta para el llamado letal de Al Qaeda.

Cualquier otra cosa que suceda, y cual sea el siniestro reto que sea planteado por Ayman al-Zawahiri, su asistente egipcio, presunto sucesor de bin Laden, Al Qaeda ha sido debilitada y quizás acabada. Con la muerte de su líder, la voluntad de muchos bin Laden “wannabees”, que están en Pakistán, Yemen, Nottingham y donde sea, será disminuida, porque uno de los valores que los alimentaba, en primer lugar, era su invencibilidad nacional. Tal vertical y cuasi religioso culto a la muerte siempre se sostiene en el líder, porque la supervivencia del líder es la clave para perpetuar la creencia de que la utopía es posible. En Perú, después de que el líder del la organización maoísta Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, fuese capturado, el movimiento que estuvo cerca de tomar la ciudad, efectivamente murió. Lo mismo sucedió cuando Abdullah Öcalan, quien por mucho tiempo fue jefe del P.K.K, movimiento separatista kurdo-turco, fue capturado hace unos años. Todos sabrán desde ahora que Al Qaeda está probablemente condenada. Puede que siga causando problemas, y aún una gran parte de ella –las fuerzas de la Yihad— no han sido terminadas en Pakistán, Afganistán y en lugares como Yemen.  Pero con la muerte de Bin Laden, podría ser más fácil ver el camino que hay por delante. El final está, si no a la vista, en algún lugar del camino.

 
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