LA NORMALIZACIÓN DEL CAOS

Colette Capriles

Colette Capriles
colettecapriles@hotmail.com

 

“.. el esfuerzo de la unidad democrática debería concentrarse … en delinear los contrastes entre este modelo de resignación a lo que venga y la oferta de una vida decente y autónoma.”

 

En términos muy generales, el tablero de la política venezolana está hoy delimitado por dos fuerzas contradictorias: por una parte, el esfuerzo que el régimen exhibe para promover la inamovilidad ­o, en términos más politológicos, su estabilidad­; por otra, el trabajo que las fuerzas democráticas, los clientes decepcionados, las víctimas de la arbitrariedad y la injusticia tienen que llevar a cabo para contrarrestar la inercia que permea hacia la sociedad.

Nótese bien que en ese mapa, el régimen no se propone avanzar en su presunto proyecto revolucionario sino consolidar, aplacar, y sobre todo promover esa resignación, a veces cínica, otras sufrida, que le permitiría sobrevivir en medio de la espantosa gestión pública que ofrece.

 

Cambio táctico

 

De modo que el enemigo principal, para usar el léxico leninista, del espíritu democrático es hoy no tanto el ímpetu radical que se ofrecía desde Miraflores hasta hace algunos meses, sino precisamente su quietismo, y esto es un cambio táctico notable que hay que considerar a la luz de la larga marcha hacia 2012. Repárese en las recientes ejecutorias: las maniobras conservadoras para protegerse de la acusación de complicidad con la narcoguerrilla, que al involucrar a la pieza europea de las FARC crea un malestar tremendo en los sectores ultra que no saben cómo justificarlo; la política de la trivialización de la protesta (en contraste con la previa criminalización); la disminución del nivel de arrogancia en la comprometida política exterior; la campaña del mundo feliz que dictamina la sumisión y el conformismo como principales virtudes ciudadanas, y un “vivir viviendo”, un gerundio deprimente que nace de la incertidumbre y de la improvisación. Como para formalizarlo todo, Dieterich se queja (y cansa ya este lamento) del definitivo abandono del proyecto del socialismo del siglo XXI a manos de la derecha endógena, con razón, claro, sobre todo considerando las resoluciones del último congreso del Partido Comunista cubano, definitivamente orientadas a la creación (o legalización, debe decirse) del mercado.

 

El mismo Chávez se ocupa de formular el oráculo que lo guía: habiendo comenzado una cadena nacional al grito de “…el socialismo no se va…”, desliza una de sus curiosas observaciones, diciendo que mientras “más años pasen, habrá mejor calidad de vida en el país”. La promesa no es épica como solía serlo; ya no nos esperan océanos de felicidad ni destinos heroicos. La retórica deriva ahora hacia lo mínimo, lo enano, lo “pior es ná”, lo “esto es lo que hay”, y la invitación es conservadora; a votar por el continuismo de la mediocridad y la institucionalización del caos.

 

El arte de diferenciarse y la geología de la revolución

 

De la apelación al resentimiento al elogio del conformismo, así vamos. Un lead de campaña que va dirigido a elevar el costo del cambio y capitalizar la indiferencia, borrando de la imaginación política el escenario de un gobierno distinto. Y por eso mismo, en mi opinión, el esfuerzo de la unidad democrática debería concentrarse en la diferenciación, en delinear los contrastes entre este modelo de resignación a lo que venga y la oferta de una vida decente y autónoma.

 

Isaiah Berlin escribió un texto memorable titulado La dialéctica artificial. El generalísimo Stalin y el arte de gobierno, en el que examina el cruel dilema de los súbditos soviéticos, en particular de los apparatchiks, ante la impredecible trayectoria de la línea del partido. Berlin parte del principio de que hay un elemento racional en ésta y la encuentra en la llamada teoría de los “valles” y “montañas”, en un ciclo interminable de situaciones revolucionarias con intermitencias “quiescentes”. Y he aquí su fórmula: “En situaciones revolucionarias, liquida a los aliados que te sean inservibles y avanza y lucha; en situaciones no revolucionarias, acumula fuerza mediante alianzas ad hoc, construye frentes populares, adopta disfraces liberales y humanitarios, y cita textos antiguos que impliquen la posibilidad, e incluso el deseo, de una coexistencia pacífica de tolerancia mutua”.

 

 

 

@ELNACIONAL

 
Top