Países Paralelos

Tulio Hernández

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

 

No hay nada más parecido, hablando en términos políticos, que Venezuela y Perú. Son los dos únicos países de América Latina en donde los partidos que construyeron sus democracias se suicidaron. Tanto que, a pesar del triunfo de Alan García en las pasadas elecciones presidenciales, el APRA ni siquiera intentó presentar candidato propio en las que ahora se desarrollan.

Y en Venezuela, Acción Democrática, el partido que alguna vez encarnó las más nobles esperanzas de los pobres, los campesinos y la recién nacida clase media de los años 1945-1980, perdió el protagonismo político luego de que Carlos Andrés Pérez se extraviara por los caminos de la tecnocracia fondomonetarista y los jefes del partido lo sacrificaran, y quedó así en un limbo ideológico y de pérdida de credibilidad de la que todavía no logran deshacerse.

 

No es casual que el Perú del presente se debata entre un líder populista y nacionalista que trae consigo la amenaza del militarismo chavista y una joven mujer que arrastra el fantasma criminal fujimorista. Sin obviar las distancias, es más o menos el mismo escenario que vivía Venezuela en 1997, cuando todas las encuestas mostraban un país enamorado de la antipolítica, cuyos ciudadanos oscilaban entre una ex reina de belleza que recién había incursionado en la vida política de la mano de un banquero poderoso, y un militar ex golpista aparecido en la escena pública luego de largos años conspirando en los cuarteles.

 

Perú antecedió a Venezuela en la creación del “totalitarismo del siglo XXI”, el modelo político que intenta ejercer el poder absoluto a la manera de las dictaduras pero sin necesidad de dar un golpe militar.

 

Fujimori, un hombre sin raíces políticas en Perú, apoyado en un perverso militar de apellido Montesinos, demostró que aun en un marco democrático se podía ejercer el poder absoluto, controlar los medios de comunicación, someter a las Fuerzas Armadas, cargarse la Asamblea Nacional y diezmar a la oposición hasta tener el país secuestrado en sus solas manos. Hugo Chávez aprendió la lección e hizo lo mismo en Venezuela pero con un contenido político diferente. Mientras Fujimori alentaba la recuperación económica del país dentro de la ortodoxia capitalista, Chávez destruye la economía de mercado desde las, también, más clásicas lógicas de la ortodoxia estatista de los comunismos del siglo que se fue.

Ollanta Humala

Cuando nadie se lo esperaba y la oposición era todavía una entelequia, no un sólido movimiento popular, un escándalo político, asociado a la extorsión y la corrupción con los militares como protagonistas, hizo que el poder fujimorista implosionara. Los opositores llegaron al poder; el Perú del presente es más democrático y económicamente saludable, pero la cartografía política profunda, esa que se mueve desde el territorio de las identidades, los afectos y la esperanza, no terminó de recomponerse, lo que hace del elector peruano un sujeto frágil presa de la emocionalidad.

 

Más o menos lo mismo que ocurre en Venezuela. En ausencia de una cartografía ideológica mínima, de derechas, izquierdas y centros, como las que hay en Chile, Brasil, Costa Rica o Colombia, porque aún no se ha inventado otra, la única identidad política sólida posible en el presente es la distancia o la cercanía que se tenga con el jefe único del proyecto bolivariano.

 

La posibilidad de salir de Chávez y frenar el modelo estatista, militarista y autoritario está a mano. Electoralmente.

Hugo Chávez

Pero para que no ocurra lo de Perú ­el eterno retorno del populismo militarista­ se hace indispensable la construcción de un proyecto político civil, una idea contagiosa de país nuevo que retome el hilo perdido de la parte buena de la frágil democracia del bipartidismo, supere sus miserias y las del fracasado experimento chavista, y recupere el entusiasmo y la ilusión por una sociedad democrática, productiva, generosa, de convivencia, policlasista, justa, con reglas de juego claras y, sobre todo, dispuesta a superar las taras de la pobreza, el egoísmo de las clases medias y altas presas del narcisismo displicente y del atraso ciudadano que nos arrastra miserablemente hacia el abismo. Es la más alta tarea del futuro para los venezolanos demócratas, porque se puede salir de Chávez y continuar atrapados en el infortunio.

 

 

@ELNACIONAL

 

 

 
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