Peruanos contra Humala

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Nunca segundas vueltas fueron buenas. Especialmente para el candidato que provoca más rechazo.

El ballotage no aclara lo que el elector desea, sino lo que no quiere.

En segunda vuelta se vota contra alguien. Los peruanos, por ejemplo, en primera vuelta le dieron a Ollanta Humala el 33% de los votos y a Keiko Fujimori el 22. Poco después, una encuesta reveló que la distancia entre ambos, cuando se enfrentaban solos, uno contra otro, se había reducido a ocho puntos. La última medición revela que ya sólo los separan cuatro puntos. La tendencia favorece a Keiko.

Es inevitable recordar las elecciones de 2006. En la primera vuelta de esos comicios, Ollanta Humala obtuvo el 30% de los votos y Alan García entró segundo con el 24. En segunda vuelta, pese a la terrible experiencia de su primer gobierno (1985-1990), caracterizado por la hiperinflación y los escándalos de corrupción, García triunfó con el 53% de los sufragios.

¿Por qué Alan ganó, sin que lo destruyera el mal recuerdo que había dejado su anterior presidencia? Ganó porque la mayoría de los peruanos veían en Humala a un tipo radical de corte chavista que podía arrastrar al país hacia el abismo del llamado “socialismo del siglo XXI”, una caótica manera de empobrecer a la sociedad, crispar las relaciones humanas y envenenar los vínculos internacionales.

En aquellas elecciones, Alan García, muy hábilmente, hizo campaña contra Hugo Chávez, más que contra Humala, su hombre en Lima, y alcanzó la victoria.

Humala aprendió la lección y en esta campaña se presenta como un discípulo de Lula más que de Chávez.

Ya, dice, no es un socialista carnívoro.

Afirma que se ha vuelto manso y vegetariano. Pero los peruanos, si juzgamos por la tendencia electoral, no lo creen. ¿Cuándo se produjo esa transformación en el corazón y la conciencia de Humala? ¿Dónde están las condenas expresas a las violaciones de las normas democráticas y a los derechos humanos ocurridas en Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, países que, por ahora, conforman el mapa del socialismo del siglo XXI? Los peruanos temen, no sin razones, que la moderación de Ollanta Humala sea un disfraz. Creen que es el mismo lobo radical y peligroso de siempre, ahora cubierto por una piel de oveja que le queda pequeña. Su discurso actual no es lo que realmente sostiene, sino lo que le sugieren los expertos electorales que lo aconsejan, quienes lo han puesto a entonar una especie de deshonesto karaoke ideológico.

Una vez instalado en el Palacio de Pizarro, suponen los peruanos más suspicaces, Humala comenzará el desmantelamiento del sistema democrático, el recorte de las libertades y la sustitución del modelo económico de mercado y propiedad privada, para asimilarse al guirigay chavista, que es lo que realmente lo seduce.

¿Cómo lo haría? El castrochavismo tiene un método para lograr sus propósitos. Lo primero será elevar el nivel de respaldo popular por encima del 70% de la población. Esto se logra en menos de dieciocho meses mediante la creación de una trama de subsidios y asistencialismo que destroza la economía, pero arranca grandes aplausos populares. El propósito es reclutar un ejército de estómagos agradecidos, para lo cual contaría con las grandes reservas económicas dejadas por la magnífica segunda presidencia de Alan García y la ayuda de los petrodólares chavistas, ahora que el barril de crudo excede los cien dólares.

A partir de ese punto, el guión señala la convocatoria a referendos para reformar o revocar la constitución, para rehacer el parlamento, para darle al presidente facultades especiales, hasta que, por medio del voto mayoritario, la “democracia liberal” de que disfrutan los peruanos, fundada en la división de poderes y la limitación de la autoridad a los gobernantes, sea sustituida por una “democracia dictatorial”, consentida y legitimada por los gobernados, engendro que tiene su precedente en el derecho romano, cuando los cónsules se ponían de acuerdo para entregarle toda la autoridad a un mandamás llamado “dictador”.

¿Logrará Humala esta vez vencer los temores de la mayoría de los peruanos? Va a depender de la decisión que tome ese alto porcentaje de electores que prefiere no votar o anular su voto en vez de optar por él o por Keiko. Pero en el 2006 ocurrió lo mismo: millones de peruanos que habían jurado no respaldar jamás al APRA, tapándose la nariz, acabaron votando por Alan, para evitar que Chávez impusiera su voluntad en Perú. Finalmente, fue una buena decisión y García gobernó acertadamente.

Es muy probable que en estos comicios vuelva a suceder lo mismo.

Listín Diario

 

 
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