Después de Bin Laden

Richard Haass

Richard N. Haass*

 

La muerte de Osama bin Laden a manos de fuerzas especiales de Estados Unidos constituye una importante victoria contra el terrorismo mundial, pero es un hito, no un punto de inflexión, en la que sigue siendo una lucha permanente y sin un fin previsible.

La importancia de lo logrado se debe en parte al relieve simbólico de Bin Laden. Ha sido un icono, que representaba la capacidad de golpear con éxito a Estados Unidos y Occidente y que ahora ha quedado destruido.

 

Otra consecuencia positiva es el efecto de las operaciones contraterroristas llevadas a cabo por soldados estadounidenses. A consecuencia de ello, algunos terroristas ­es de esperar­ decidirán pasar a ser ex terroristas… y algunos jóvenes radicales podrían ahora pensárselo dos veces antes de decidir meterse a terroristas.

 

Pero toda celebración debe ir atemperada por ciertas realidades. Con todo lo satisfactoria que es la desaparición de Bin Laden, no se debe equiparar con el fin del terrorismo.

 

El terrorismo es un fenómeno descentralizado en su financiación, planificación y ejecución.

 

Acabando con el líder de Al Qaeda no se pone fin a la amenaza. Hay sucesores en esta organización, comenzando por Ayman Al Zawahiri, además de grupos autónomos que actúan en Yemen, Somalia y otros países. De modo que el terrorismo continuará y podría incluso volverse algo peor a corto plazo.

 

El mejor paralelismo que se me ocurre a la hora de entender el terrorismo y cómo tratarlo es el de la enfermedad: no es algo que se pueda eliminar, pero con frecuencia se puede dominar.

 

Hay paralelismos evidentes con el terrorismo. Como hemos visto recientemente, se puede atacar y detener a los terroristas antes de que hagan daño.

 

Pero a la hora de proteger vidas inocentes, no basta con que sea tolerable. Queremos hacer algo mejor. Se debe buscar la respuesta en el ámbito de la prevención y hacer más para interrumpir el reclutamiento de terroristas.

 

En la actualidad, la mayoría de ellos son varones jóvenes.

Ayman Al Zawahiri

Ayudaría enormemente que los dirigentes políticos árabes y musulmanes se pronunciaran en público contra el asesinato intencionado de hombres, mujeres y niños por cualquier persona o grupo con fines políticos. También corresponde un papel decisivo a los dirigentes religiosos, los educadores y los padres. Hay que despojar al terrorismo de cualquier aparente legitimidad.

 

Una novedad se debe a los cambios políticos que estamos viendo en muchas partes del Medio Oriente. Existe una posibilidad mayor de que los jóvenes lleguen a estar más integrados en sus sociedades (y a ser menos receptivos a la llamada del extremismo), si disponen de mayores oportunidades políticas y económicas.

 

Lo más probable es que Pakistán resulte decisivo para determinar la futura prevalencia del terrorismo. Al albergar a algunos de los hombres más peligrosos del mundo, está claro que dista de colaborar plenamente en la lucha contra este flagelo. Algunos sectores del Gobierno paquistaní simpatizan con el terrorismo y no están dispuestos a actuar contra él; otros simplemente carecen de la capacidad para actuar eficazmente.

 

Resulta mucho más fácil obtener la capacidad que la voluntad. El mundo puede y debe prestar asistencia para ayudar a Pakistán a adquirir la fuerza y las aptitudes necesarias a fin de afrontar a los terroristas.

 

Pero, por mucha que sea la asistencia exterior, no puede compensar una falta de motivación y compromiso. Los dirigentes paquistaníes deben actuar de una vez por todas. No basta con ser un socio limitado en la lucha contra el terror; Pakistán debe ser un colaborador pleno.

 

Habrá paquistaníes que protesten contra la reciente actuación militar americana, sosteniendo que ha violado su soberanía, pero la soberanía no es absoluta; entraña obligaciones, además de derechos. Los paquistaníes deben entender que, si no cumplen con su obligación de velar para que no se utilice su territorio como refugio de terroristas, sacrificarán algunos de esos derechos.

 

Si no cambia la situación, el tipo de operación militar independiente llevada a cabo por soldados de Estados Unidos pasará a ser menos la excepción que la regla.

 

Lo que está en juego no es sólo la asistencia, sino también el futuro de Pakistán, pues, a falta de un compromiso auténtico con el contraterrorismo, sólo es cuestión de tiempo para que el país caiga víctima de la infección que se niega a tratar.

 

*Ex director de Planificación de Políticas en el Departamento de Estado. Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores.

©Project Syndicate

 


[i] Título original quedó como antetítulo

 
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