El día que dispararon contra el Papa

Fabio Solano
solanofabio@hotmail.com

 

El hombre ya entrado en años estaba parado frente al adoquín, en el cual se advertía una inscripción. La plaza tenía actividad, pero no tanto como cuando el Papa aparecía en el balcón o decidía recorrerla en su automóvil. La gente pasaba en todas direcciones y el anciano, con una pequeña bolsa en la mano, una chaqueta ligera y una mirada perdida en sus recuerdos, parecía como suspendido en el tiempo. En verdad estaba ahí cuando se produjo el atentado. Vio cómo dispararon en tres ocasiones, a la monja que aferró la mano del asesino y cuando el hombre flaco, de ojos hundidos, traje gris y camisa blanca, lograba zafarse para correr en su dirección. No lo pensó dos veces: el sujeto, aún con la Browming en la mano, intentó huir y él se le abalanzó, dominándolo. La pistola cayó al suelo. Luego otros policías se llevaron al agresor. Él ni siquiera figuró, pues si bien era agente, estaba de civil. El Servicio Secreto Italiano se había hecho cargo del tipo: Era un turco y a primera vista creyeron que era un fanático loco, pero luego se descubrió que era un asesino profesional, entrenado por el terrorismo para matar.

Mehmet Ali Agca

Pierino buscó un banco para sentarse, sacando de la bolsa un panino y un capuchino de máquina. Era la merienda que siempre llevaba consigo cada vez que iba la Plaza de San Pietro, pues ahora viejo y jubilado sólo le quedaba eso, y a veces el cine. En su pequeño apartamento romano, donde vivía luego de enviudar, tenía el expediente. No era un documento oficial, pero sí incluía copias de las averiguaciones y diligencias. Lo había conseguido con los amigos y por eso tenía su propio dossier: “El 13 de mayo de 1981 el papa Juan Pablo II debía recibir a un dignatario extranjero, por lo cual la Guardia Suiza encargada de su seguridad, no sabía si iría a la plaza. Era miércoles, un lindo día primaveral, como para que el Santo Padre se montara en un Toyota blanco, acondicionado con una barra para que se sostuviera con las manos y de pie. Ese día tocaba el paseo de dos vueltas a la plaza, dando la bendición a los peregrinos, quienes por miles se agolpaban contra las barandas metálicas de seguridad. Cerca de las tres de la tarde se supo que Juan Pablo II asistiría a la plaza, y todo el aparataje de seguridad, tanto del Vaticano como del gobierno italiano, se puso en movimiento. También un sujeto alto y flaco, mal afeitado y vestido con un traje gris, fue avisado sobre el recorrido que haría el Papa”.

El informe de Pierino señalaba que “cerca de las cinco de la tarde el alto prelado, con sus ropas blancas impolutas y su carismática sonrisa, subió el papamóvil, como llamaban al vehículo. Comenzó su recorrido entre la muchedumbre y dio una primera vuelta lentamente, sin contratiempo. De vez en cuando el Toyota se detenía para que el Pontífice besara alguna niña ofrecida a sus brazos por una ferviente madre. Nadie detectó que a unos cinco metros estaba un sujeto de mirada fría y tranquila, quien al contrario de la muchedumbre se mantenía como un observador impasible. Fue en el segundo giro, cuando el Papa acababa de regresar otra niña a su familia, que se oyeron las detonaciones. El primer disparo dio en el abdomen de la víctima, ensangrentado de inmediato el blanco traje papal. El segundo disparo dio en la medalla de la Virgen de Fátima colgada en su pecho, por lo cual el proyectil se desvió, arrancando una falange de la mano derecha. El tercer disparo acertó en el antebrazo del mismo lado. El jefe de seguridad italiano, inspector Pisiani, había saltado al papamóvil cubriendo con su propio cuerpo al Santo Padre, previendo más disparos. El agresor, identificado luego como Ali Agca, fue apresado por un agente de civil, quien por casualidad estaba entre la gente más cercana”. Ese fue Pierino.

La víctima: un papa incómodo

Para mayo de 1981 el papa Juan Pablo II tenía tres años de haber sido elegido como máximo jefe de la Iglesia Católica, hecho acontecido el 16 de octubre de 1978. El Pontífice se había mostrado al mundo como un líder con fuerza que además no olvidaba sus orígenes. Karol Wojtyla era nativo de una región cercana a Cracovia, Polonia, donde nació el 18 de mayo de 1920. Hijo de un militar polaco, muerto en combate en 1941, y de una mujer católica, que le inculcó el sentimiento religioso. Al morir su madre el niño Karol tenía apenas nueve años de edad, recibiendo una educación adecuada hasta 1939, cuando, inscrito en la universidad, surgió la imprevista invasión alemana y esa casa de estudio fue cerrada. De ahí en adelante el joven sufrió una persecución tras otra, huyendo de la muerte segura por ser católico practicante: Primero trabajó en una cantera como obrero, luego en una fábrica química, pero el fichaje de la Gestapo lo obligó a pasar a la clandestinidad. Vivió escondido en buhardillas y túneles secretos, activando para ayudar a los perseguidos del nazismo, y estando en eso, en 1943 ingresó al seminario clandestino creado el arzobispo de Cracovia. En 1946, ya liberado su país y derrotado el enemigo germano, Karol Wojtyla sería ordenado sacerdote y enviado a Roma para especializarse en estudios de teología y filosofía.

En 1948 el ahora padre Karol estaba de regreso en su terruño. A lo largo de diez años se dedicó a su labor pastoral, además de enseñar en el seminario de Cracovia. En 1958 fue nombrado Obispo auxiliar de la capital, y en 1962, al morir el arzobispo Baziak, titular de la Arquidiócesis de Cracovia. En 1967 llegó a la más alta nominación en la jerarquía de la Iglesia Católica al ser designado Cardenal, el segundo más joven de la época con apenas 47 años de edad. El 28 de septiembre de 1978 el papa Juan Pablo I murió en extrañas circunstancias, dando pie a especulaciones de todo orden, con un supuesto y negado envenenamiento, al estilo de los que se aplicaban en el renacimiento. Un mes después el sínodo de cardenales eligió a Karol Wojtyla como el nuevo representante de Cristo en la tierra, quien adoptó el nombre de Juan Pablo II. Aquel jovencito que había iniciado sus estudios en un seminario escondido en medio de la guerra, ahora se había convertido en el Papa más joven del siglo XX y el primero no italiano en 400 años, pues el último Santo Padre “extranjero” había sido el holandés Adriano VI en 1522.

Juan Pablo II se habría de caracterizar como un Papa viajero. Entre los primeros países en recorrer estuvo Polonia, pues un año después de su proclamación hacía un peregrinaje por su tierra natal, donde fue aclamado por millones de coterráneos. En sus discursos pidió respeto por las tradiciones nacionales y religiosas, lo cual causó verdadero escozor en las autoridades polacas, quienes siendo adscritas al bloque socialista liderado por la Unión Soviética, no veían con buenos ojos a aquel líder católico. La verdad es que el nuevo Papa se convertiría en un líder del cambio, defensor de las libertades, y un hombre influyente en el futuro por venir. El año anterior se había producido en Polonia la primera gran huelga en un país de la órbita rusa, y se estaba creando el que sería luego famoso sindicato Solidaridad, liderado por el electricista Lech Walesa. Nadie lo sabía, pero en verdad desde esos días en Polonia se gestaba la caída de todo un sistema sociopolítico, el fundado por Vladimir Ulianov Lenin en 1917, el cual ya iba por los sesenta años bajo el nombre de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El victimario: un asesino profesional

El 15 de enero de 1981 el papa Juan Pablo II recibió oficialmente a una delegación del recién creado sindicato polaco Solidaridad, y ahí estaba Lech Walesa, quien se convertiría en amigo personal. Era un respaldo único a la primera organización sindical independiente que lograba establecerse legalmente en el bloque socialista. Para los soviéticos y los países de su órbita aquello era prácticamente una herejía política, la cual violentaba todas reglas del marxismo-leninismo. Ergo, el papa Juan Pablo II, polaco para más señas, apoyaba al enemigo que asomaba su cabeza contra la URSS.

En ese contexto, cuatro meses después, se produjo el intento de asesinato del alto prelado en la plaza de San Pedro. Era miércoles en la tarde, 13 de mayo de 1981, (día de la Virgen de Fátima), cuando un sujeto desgarbado, mal afeitado, logró ubicarse a unos tres metros de Su Santidad, quien estaba arriba del papamóvil. Hizo tres disparos, y el más peligroso, el cual acertó en el abdomen, en verdad tuvo al borde de la muerte al Santo Padre. Lo salvó la rapidez con que fue traslado a un centro médico, donde lo sometieron a una operación de cinco horas, realizándose una colostomía. Pero también lo salvó una medalla de la Virgen de Fátima que Juan Pablo II siempre llevaba sobre el pecho. El segundo disparo pegó ahí, y la bala se desvío.

El hombre que había esgrimido y disparado la pistola Browming de primera fue agarrado del brazo por una monja, y al intentar huir un agente italiano de paisano lo detuvo. El Servicio Secreto se hizo cargo y al, registrarlo consiguieron en el bolsillo una nota que decía “Yo, Agca, he matado al Papa para que el mundo pueda saber que hay miles de víctimas del imperialismo”. Luego se preguntaron: ¿Quién es este sujeto de nacionalidad turca, el primero en cometer atentado contra un Papa en la era moderna?

 

Se trataba de un sujeto llamado Mehmet Ali Agca, nacido el 9 de enero de 1958, en el barrio de Hekimhan, provincia de Malatya, un ladrón de poca monta. Luego derivó a traficante y después pasó a formar filas con un grupo de ultraderecha turco llamado “Los Lobos Grises”. Con esta organización obtuvo gran notoriedad en su país: El primero de febrero de 1979 asesinó a un periodista llamado Abdi Ipekci, editor de un diario izquierdista bien conocido “El Milliyet”. Delatado y encarcelado fue condenado a cadena perpetua, pero con ayuda de los “lobos” pudo huir hacia Bulgaria.

Luego cometería el desatino de disparar contra el Papa. En el año 2002 mediante la comisión “Mitrokhin” determinó que “los servicios secretos búlgaros y la KGB soviética estuvieron detrás del complot”. Según esta comisión del parlamento italiano, se trataba de un atentado por la amistad y el apoyo que Juan Pablo II estaba dando a Solidaridad y a su Walesa. Estaban las declaraciones de Agca asegurando haber recibido entrenamiento en armas por parte de Bulgaria, y entrenado en un campo de la Organización para la Liberación de Palestina. Sin embargo, Agca se contradijo varias veces en cuanto a todo lo que rodeaba el atentado, siendo considerado como poco confiable en cuanto a sus afirmaciones. Nadie le creyó cuando acusó al secretario del Vaticano, Agustín Casaroli, de organizar la conspiración. Después llego a señalar que él, Agca, era el “Nuevo Mesías”. Para completar la confusión, el último gobierno comunista de Bulgaria a cargo de Jaruzelski, no sólo desmintió a Agca, sino que acusó a grupos terroristas islámicos de ser los autores del atentado.

Agca fue condenado a cadena perpetua, en julio de 1981. Dos años después recibió la visita del Papa y luego de 18 minutos de conversación, Juan Pablo II ordenó que todo el archivo de investigación del Estado Vaticano fuera sellado y guardado, prohibiendo su divulgación. El mundo entero supo que el Papa había perdonado a su agresor. El autor de los disparos en la plaza de San Pedro no cumplió su condena pues el 13 de junio del año 2000 el presidente de Italia, Carlo Azeglio Ciampi, le otorgó un indulto y lo envió de vuelta a su país de origen, Turquía donde lo esperaba otra condena perpetua por la muerte del periodista. Encerrado de nuevo, en 2006 la Corte Suprema turca revocó la sentencia. Por otros delitos debía estar preso hasta 2017 en una prisión de alta seguridad cercana a Ankara, pero otro fallo judicial le otorgó la libertad plena en enero del año pasado.

 

Fuente: El Carabobeño

 
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