Esa derecha extrema que nos asusta

Lluís Bassets

Lluís Bassets

Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Por más que se quiera buscar semejanzas con otros tiempos, esa derecha extrema que avanza en toda Europa y que en algunos casos incluso consigue entrar en los Gobiernos poco tiene que ver con las extremas derechas que protagonizaron la década de los años treinta, aquella época en la que se apagaron las luces de Europa, en los años de preparación de la mayor matanza de la historia del mundo.

No es el viejo fascismo de Mussolini, ni el nazismo de Hitler. Ni siquiera se trata de las versiones redivivas y nostálgicas con las que un puñado de sus herederos pretendieron mantener la llama autoritaria durante la época de expansión de la democracia en los años sesenta y setenta. No es mucho consuelo que este nuevo extremismo hostil con los inmigrantes, con frecuencia islamófobo, antieuropeo casi siempre y sistemáticamente enemigo de los impuestos, nada tenga que ver, al menos en las formas, con las escuadras de porristas y pistoleros que perseguían a sindicalistas, judíos y comunistas en los años treinta. Y no lo es por sus efectos políticos, puesto que su aparición está cambiando, y no precisamente para bien, los mapas parlamentarios y condicionando los debates políticos y las agendas de los Gobiernos.

Marine Le Pen y su padre Jean-Marie Le Pen.

Su magnetismo sobre los electorados tradicionales, a derecha e izquierda, es proporcional al crecimiento de las pulsiones antipolíticas y a la crisis de las correspondientes ideologías y partidos que han conformado el espacio público europeo en el último siglo. Pero una de las diferencias más visibles con los partidos fascistas de hace 80 años, actores de la época de los extremos según la expresión del historiador británico Eric Hobsbawn, es precisamente su monopolio del extremismo; entonces había otro extremo, que era el comunismo; ahora están ellos solos en la cancha. Aunque construyen sus propuestas como si se enfrentaran a una peligrosa ideología izquierdista, lo cierto es que crecen precisamente sobre el vacío y la ausencia de la izquierda. De ahí el uso reiterado de una fraseología antiprogresista y antiizquierdista, centrada sobre todo en la denuncia de lo políticamente correcto, que les sirve para animar ese muñeco inexistente que tanto les excita.

De todas las formaciones políticas que avanzan sus peones con las banderas desplegadas del miedo al extranjero, la fobia a la unidad europea y la reducción drástica de los impuestos y de la solidaridad, solo una está directamente emparentada con el tronco retorcido y añejo del fascismo. Es el Frente Nacional francés, amalgama fundada en 1972 donde se juntó lo mejor de todas las familias del extremismo derechista: el populismo pujadista de los años cincuenta, el petainismo colaboracionista, el neonazismo pagano, los militantes derrotados del imperio colonial, los católicos ultras e incluso los nostálgicos de la monarquía, encuadrados bajo la labia y la virulencia de un líder con madera de jefe fascista como Jean-Marie Le Pen, capaz de alcanzar casi el 18% del electorado en unas elecciones presidenciales.

La extrema derecha francesa ha sabido hacer un relevo generacional con dos peculiaridades: su carácter dinástico, puesto que es Marine Le Pen quien ha sucedido a su padre, Jean-Marie, y su capacidad para renovar su lenguaje y sus formas, enlazando con las nuevas derechas extremas del resto de Europa y apuntando a resultados electorales incluso mejores que los del fundador y progenitor de la actual líder.

Esas nuevas derechas extremas tienen todas ellas un curioso punto en común: son muy nacionales y nacionalistas, y eso mismo es lo que las hace tan europeas a pesar de su fobia a la idea de la unión política de los europeos. Paradójicamente, también es lo que las asemeja al Tea Party estadounidense, movimiento que busca sus raíces en la rebelión contra los impuestos británicos en la época colonial, al igual que el Fidesz húngaro reivindica la corona de San Esteban, el Frente Nacional un republicanismo laico en el que jamás creyó en su anterior avatar histórico, y todos ellos una autenticidad que sirva para enarbolar el supremacismo de la propia identidad y excluir las ajenas.

No nos bañamos en el mismo río, pero siempre nos persigue el fantasma de una historia que amaga con la repetición de similares tragedias.

 
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