EL PEZ FUERA DEL PEROL

Carlos Raúl Hernández

Carlos Raúl Hernández
@carlosraulher
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En Perú ¿Son los finalistas producto del “modelo económico” o de la torpeza?

 

El prestigioso periodista Jaime de Althaus sufrió en Lima el asalto de los humalistas, posibles próximos “círculos bolivarianos” de Perú, “porque critica mucho al comandante”. Populistas y revolucionarios, siempre agazapados y a la ofensiva, saltan al cuello de las instituciones y retornan los derrelictos ideológicos: “es que se ha desatendido a los pobres”; y el triunfante “¿no que Perú estaba muy bien?”.

Jaime de Althaus agredido por los humalistas.

A diferencia de los demócratas que se atormentan fácilmente en complejos de culpa, los revolucionarios son torpedos que no miran atrás ni dan explicaciones. Su naturaleza es la amoralidad y la mentira hasta explotar el objetivo. Velasco Alvarado y el primer Alan García dejaron el país en escombros. El 70 por ciento de la población pasó a ser muy pobre y la clase media, una legión de fantasmas. Un profesional senior en Lima ganaba en los ‘80 lo mismo que la empleada puertorriqueña de una tienda en Brooklyn. Según libro del mencionado Althaus, desde los ‘90 el país mantiene un crecimiento económico constante que le permitió salir del infierno, la pobreza cayó a la mitad y la riqueza se distribuye a través de diversos mecanismos eficientes: elevada tasa de empleo, baja inflación, ascendente productividad y mejora cualitativa de los servicios. Esos factores y la contratación colectiva, recuperan de manera asombrosa el salario real, como en Chile, Uruguay, Brasil, Colombia, El Salvador, Panamá y otros.

 

Los revolucionarios saben eso pero no les importa. El etnocacerismo y sus agentes encubiertos quieren una revolución (sangrienta han escrito) y por eso riegan la idea de que la sociedad peruana es una suerte de infierno maquillado que ahora revienta. La pobreza, “los olvidados”, la corrupción, la injusticia social, la desigualdad y demás pajas mojadas vuelven a humear. En una desventurada declaración Toledo dice que el modelo económico no hace llegar los beneficios a los más pobres! ¿Explicará eso por qué un mes antes de la elección él andaba a la cabeza con treinta puntos y luego se desplomó? ¿Un mes atrás el “modelo económico” funcionaba mejor? ¿Cuánto tiene que ver que Toledo se dedicó a desbaratar los otros candidatos democráticos y no a quien debía? ¿No sería más bien producto de la ligereza demostrada por Toledo, Kuczynsky y Castañeda, que como niños de piñata no pudieron ponerse de acuerdo, como sí hizo la concertación chilena en la hora crítica? ¿Son los votos de los finalistas producto del “modelo económico” o de la torpeza política?

 

La pobreza, a diferencia de la opinión extendida, no genera rebeliones porque la gente ocupada en conseguir proteínas y no morir de hambre tiene poco tiempo para política. Trotsky cuenta cómo los tranquilos campesinos ucranianos perdían la vista por desnutrición en plena faena y el niño Liov Davidovich se asustaba de verlos caminando como zombies bajo el Sol con los brazos extendidos. Samuel Huntington explica por qué la modernización desestabiliza las sociedades. Cuando mejoran los standards de vida, surgen los grupos sociales modernos, empresariado, clases medias, proletariado y los movimientos críticos que hicieron revoluciones en Francia, Rusia, China, Cuba.

En los procesos de modernización, un trabajador no tiene claro que estar empleado es un gran beneficio y además estará insatisfecho con el salario. La sociedad ofrece veloces autos, mujeres bellas, whisky 18, una disociación con la realidad. Los grupos educados se favorecen más que los menos educados y aunque todos progresan, se dibujan diferencias sociales. Surge la ideología del castigo. Y donde la conducción política falla, la revolución aprovecha la crisis de crecimiento y la revierte para destruir todo, toma el poder sin soltarlo jamás, destruye la economía, la democracia y la sociedad. Todos son miserables e iguales rumbo al totalitarismo.

 

No podemos adivinar el futuro, pero sí el pasado. Keiko y Humala no son lo mismo. Ella no es culpable de ser hija de su padre, como tampoco Martín Torrijos de serlo de Omar Torrijos. Y Humala, aunque podría llegar a ser el Jefferson andino, tiene un prontuario de farsas y conspiraciones, delitos militares y violación de derechos humanos. Preocupa que don Mario Vargas Llosa tilde de fascistas a quienes disienten de su extraña opinión, precisamente cuando los humalistas amenazan físicamente a un comunicador emblema.

 

El pez en el agua, evidencia que el gran novelista carece de brújula política y hoy pasa sobre Perú para cobrar a la hija la derrota electoral que sufrió del padre.

 
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