DOCE AÑOS DESPUÉS

Tulio Hernández

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

 

Aunque es casi imposible hacerlo en un país polarizado, algunas veces vale la pena intentar mirar en frío el proceder de las tendencias que hoy fracturan a Venezuela. La de quienes adversan a Chávez aboga por un modelo de convivencia democrático y constituye ese mosaico de ideologías que el bloque rojo llama “oposicionismo”. La de quienes le siguen ilusionados comparte los principios de una “revolución” militarista e integra lo que la oposición denomina el “oficialismo”. Y la de quienes tampoco le apoyan pero no encuentran en la política opositora una opción confiable. Los Ni-Ni.

Lo primero que aparece cuando se intenta esa mirada, al menos eso es lo que percibe el autor de estas líneas, es que estamos ante un país absolutamente adolorido. Atrapado por la queja y la insatisfacción.

 

Nadie, ni el líder único, ofrece una visión confiable, transparente y claramente entusiasta del futuro. Estamos en medio del modelo perder-perder.

 

Tres bombas emotivas ­la impotencia, el resentimiento y el desencanto­ tensan la psique nacional.

 

La impotencia y cierto agotamiento abruman a una oposición que acusa el cerco implacable del oficialismo que le impide hacer política con la libertad y la igualdad de condiciones que las democracias exigen.

 

El resentimiento social y el odio ideológico corroen al Gobierno, que cada vez más reconoce públicamente sus errores y fracasos, pero los explica transfiriendo la culpa a terceros. Y convoca a odiarlos. Al imperialismo. A la oligarquía. A los partidos opositores. Que sabotean, confunden y engañan con sus medios privados y organizan campañas internacionales para desprestigiar la “revolución”.

 

El desencanto y una buena dosis de evasión cobijan a los no alineados en el conflicto central. A los que creen que todo está mal. No sólo el chavismo. Todo. Incluidas la dirigencia opositora, las clases medias y altas, las instituciones universitarias, los medios y la Iglesia.

 

Es el país el que no tiene remedio. Su mejor expresión la encontramos en cierta diáspora profesional que desde Bogotá, Miami o Barcelona anuncia con serena convicción que no regresa. “Ni siquiera si Chávez cae”.

 

Doce años después nos hemos acostumbrado a ser dos países. No es que la crispación se haya atenuado como piensan algunos. Es que la polarización se convirtió en modo de vida. Sólido como una roca. Como una casa de vecindad donde los vecinos no se dirigen la palabra y usan ciertos horarios de entrada y salida para evitar el desagrado de encontrarse unos con otros.

 

Tarde o temprano tendremos que volver a ser un solo país.

 

Con diferentes opciones políticas que sepan convivir en paz y respeto. Y es eso, ¡exactamente eso!, lo que nos jugamos en las elecciones presidenciales de 2012. O destrancar el juego para comenzar a construir un proyecto democrático que supere las ruinas precoces del bipartidismo y la debacle institucional y económica del chavismo, o padecer amargamente el avance del proyecto rojo: militaristas, estatista, colectivista y concentrador del poder.

 

Si gana Hugo Chávez será el final abrupto ­no sabemos por cuánto tiempo­ de lo que por estos doce años ha ido menguando poco a poco. El fin de la civilidad, las autonomías, los pocos espacios descentralizados que aún quedan, los gobiernos locales elegidos, la propiedad, el respeto a la disidencia. Es guerra avisada.

 

Y, sin embargo, algunas veces no parece suficientemente claro que los demócratas hayamos introyectado a plenitud la gravedad del dilema. Pareciera que racionalmente lo entendemos pero en nuestro fuero interno nos negamos a creerlo y seguimos viviendo y actuando como si nada pasara. Es como si no termináramos de procesar con el dramatismo necesario ­y, por tanto, con el sacrificio, la valentía y la astucia necesaria­ el desafío histórico, la trascendencia civilizatoria, el costo personal y familiar de lo que puede terminar de venírsenos encima.

 

Al chavismo, efectivamente en descenso ­pero aún no en caída libre­ le queda el populismo. El reparto de dólares y de ilusiones. A la oposición, en ascenso lento, la construcción urgente de una narrativa apasionante que nos conmueva y libere, a los convencidos, de la impotencia, y a los que no, del desencanto.

 
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