EL SANTÓN TALIBÁN

Manuel Felipe Sierra

FÁBULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA
manuelfsierra@yahoo.com

 

“Si yo fuera el Mohamed Omar, estaría verdaderamente preocupado”, declaró tras la muerte de Bin Laden el general Richard Mills, ex jefe de las tropas de Estados Unidos en Afganistán. Hace una semana, Lutfulá Mashal, portavoz de seguridad afgano anunció “que Mohamed Omar ha desaparecido del lugar de Pakistán en el que ha estado viviendo los últimos once años”. Voceros cercanos aclararon que “el mulá Omar sigue vivo y se encuentra en Afganistán”. La vida del jefe talibán como la del líder de Al Qaeda aún permanecen envueltas en el misterio.

Mohamed Omar

Para muchos, las circunstancias que rodearon la muerte de Osama Bin Laden el primero de mayo a 80 kilómetros de Islamabad, todavía están en duda, pese a la confirmación oficial del gobierno norteamericano. En el caso del mulá Omar persisten mayores incógnitas, porque hasta su propio nacimiento carece de fecha precisa. Según algunas fuentes habría nacido en Kandahar en 1959 y para otras, vino al mundo en Oruzgán en 1962. Lo que está plenamente claro es que a principios de 1994 condujo a 30 hombres armados con 16 rifles para liberar a dos mujeres que habían sido secuestradas y violadas por los comandantes de su localidad. Su movimiento reclutó rápidamente a decenas de estudiantes de las escuelas islámicas y a finales del año el grupo talibán (estudiantes, en el lenguaje pashto) []capturaba la provincia de Kandahar. En abril del 96 se le confiere el título de Emir, después que lograra apoderarse del manto del profeta Mahoma. Allí habría de confirmase su leyenda. El mulá “tuerto” Omar no era rey todavía y para hacerlo requería del manto profético porque sólo con éste “podría unificar al país, detener las guerras e implantar el orden y las leyes divinas”, como lo había hecho en su momento el gran Ahmad Sha.

 

Se cuenta que frente a sus discípulos, después de conquistar Kandahar, desplegó sus regimientos a las puertas de la capital Kabul. Mientras sus ejércitos se preparaban para una batalla crucial, ordenó en plena noche sacar del sarcófago el manto del profeta. Al amanecer, subió al tejado del templo y mostró a sus fieles la reliquia sagrada, se la echó sobre los hombros, se arropó y se proclamó Emir. Uno de sus seguidores con una cámara de aficionado logró una breve filmación del momento estelar y las imágenes causaron sensación en todo el mundo. Luego, el Emir se negó a las visitas de extranjeros y se cerró a cal y canto al mundo externo, salvo para sus seguidores fanatizados. Sólo dos periodistas pudieron conversar con él, y las narraciones y testimonios de entonces, conforman los elementos de su precaria biografía.

 

Comenzaban a tejerse las más disímiles y disparatadas versiones. Se dijo que detrás del mulá Omar se ocultaba el soberano Hafizullah Amin, asesinado por comandos de asalto la noche antes de la invasión soviética de Afganistán en 1979. El rey habría sobrevivido al atentado pero había quedado horriblemente desfigurado y ahora adoptaría el nombre de Omar para emprender la venganza. Otros señalaban que se trataba de uno de los hijos de Muhammad Zahir Sha, un viejo rey derrocado en 1973 y desterrado a Italia. Lo cierto es que en el mundo entero ya se hablaba del personaje, pero éste permanecía invisible y sin rostro, lo cual hacía cada vez más siniestras sus historias y aventuras. La verdadera cara de la nueva revolución afgana, no era la tradicional imagen de líderes rebeldes, hombres de Estado o tiranos enloquecidos, si no la de multitudes de seres hambrientos, con barbas enmarañadas y turbantes sudorosos.

 

El destacamento del mulá Omar operaba en las inmediaciones de Singesar al oeste de Kadanhar. Sami ul-Haq, político, sabio pakistaní y su confidente, relata que Omar se hizo célebre por su puntería con el bazuco y que cuando trepaba un árbol junto al camino y escondido entre las hojas, disparaba con precisión proyectiles contra los tanques y los vehículos acorazados del enemigo. Justamente en Singesar al final de la ocupación soviética, uno de los proyectiles estalló en el patio de la mezquita en que rezaba el Emir. La descarga le alcanzó en la sien y le arrancó el ojo derecho. Los discípulos vieron como el maestro extrajo con sus manos el trozo de metralla ignorando el dolor, sin perder el conocimiento y manteniendo el control sobre sí mismo. Para sus alumnos se trató de un milagro, aunque un posterior examen médico registró en Omar síntomas de locura después del incidente. Lo cierto es que cayó en una depresión, rechazaba todo tipo de alimentos y se negaba a conversar incluso con las personas más cercanas. Según el periodista polaco Wojciech Jagielski, “a veces tenía extrañas visiones, y en ocasiones se comportaba como un niño pequeño, capaz de sentarse al volante de un automóvil y fingir que conducía mientras imitaba el sonido del motor. Omar se guareció en su pueblo de Sigesar mientras sanaba de sus heridas. Guardó en un arcón el fusil y se entregó a la oración y a la lectura del Corán, además de dar clases en la madraza, la escuela religiosa que fundara años antes junto a la mezquita”.

 

La muerte de Osama Bin Laden cuya presencia en Afganistán fue facilitada y compartida estrechamente con Muhamed Omar y la explosión de las “revoluciones árabes”, han puesto de nuevo de relieve los dramáticos ángulos de un laberíntico conflicto. En él se juntan la destreza guerrera de los combatientes, el fermento religioso, el enorme negocio del narcotráfico y el estimulo a las más diversas formas de violencia política. La muerte de Osama y la sospechosa ausencia de Omar son hechos importantes, pero de ninguna manera significan la liquidación de las tensiones bélicas en la zona, si no más bien todo lo contrario. Analistas vaticinan que el desenlace de los movimientos que sacuden al Medio Oriente podrían tener un episodio definitivo en la crítica frontera entre Pakistán y Afganistán. Un territorio que como escribe Jagielski: “es de guerras interminables, siempre contra alguien, nunca por algo, y que llevan a cabo una increíble obra de destrucción, inusual en la historia”.

 
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