La revolución de los buenos

Carolina Gómez-Ávila

 

 

 

 

Carolina Gómez-Ávila
@cgomezavila

 

¿Quién mató al Comendador?

Fuenteovejuna, Señor

¿Quién es Fuenteovejuna?

Todo el pueblo, Señor.

Lope de Vega

 

Hasta ahora, ante una crisis donde todo amenaza con explotar -y nunca explota- sentí horror, me escondí en mi estrecha cueva y busqué un salvador pero tropecé con demasiados incompetentes, corruptos y cínicos que nos estafan la solidaridad y la esperanza.

Hasta ahora callé de espanto ante la manipulación de muchos periodistas y medios donde hay bobos y viles que hacen dinero con nuestro miedo.

Pero ahora invoco el valor de Fuenteovejuna y propongo este manifiesto como acuerdo tácito y código de conducta que nos llene de moral firmeza:

“¡Bienvenidos los buenos! ¡Es hora de nuestra revolución!

Los mercenarios de la política cantaron esta tonada antes; ahora lo hace la urgencia de retomar los espacios de participación que ocupan los oportunistas (no se lavan cerebros, sólo votos con nuestro dinero). Al recuperar las posiciones que nos corresponden debemos explicarles que sus honorarios fraudulentos nos dejaron sin luz, sin agua, sin metro, sin recolección de basura, sin seguridad personal y hasta -según los pesimistas- sin futuro.

Es con usted y es conmigo: Intentemos recuperar lo que -en el colmo de la perversión- quieren que creamos que es un lujo de gente opulenta: calidad de vida.

Hagámoslo en nuestras juntas de condominio, gremios, asociaciones de vecinos, comunidades de padres y representantes, consejos comunales, sindicatos y en nuestras instancias municipales, regionales y estatales.

¡Pero debemos ser muchos para estremecer la médula del poder público! Ser todos los que no queremos enriquecernos ilícitamente ni embriagarnos de poder: muchedumbres que no marcharemos de ninguna esquina a ninguna otra porque sabemos que nuestro paso es más sonoro en las instancias de la cosa pública, cumpliendo nuestros deberes y exigiendo nuestros derechos.

No temamos a la burocracia que es la trampa que nos ponen a diario los que tienen poder, para que no estemos donde nos corresponde sea por confusión, cansancio o miedo. Si nos toca aprender, ¡ya es hora! Hagamos trabajar a los organismos públicos: que nos expliquen cada uno de nuestros deberes y derechos, y ante la náusea redoblemos esfuerzos porque esto no lo cambiarán los políticos profesionales, sino nosotros, nosotros solos -o mejor dicho: nosotros juntos- amparados en la fuerza irresistible de nuestra conducta ejemplar.

Paremos con un golpe seco al que cree en eso: en golpes. Definámonos profundamente democráticos y dignos. Respetemos al contrario, eduquemos al ignorante sin soberbia ni petulancia: a estas alturas bastará con mostrarles las consecuencias de haber apoyado el actual estado de las cosas.

Si el asunto es emocional, brindemos respeto a sus iconos pero desnudemos cada acto cometido para degradarnos como país y restarnos oportunidades.

Apelemos al anhelo de nuestro corazón patrio: paz en convivencia donde todos seamos valorados por nuestros aportes a la vida nacional.

Como dije hace años ante las cámaras: la única revolución en la que creo es en la revolución interior. ¡La revolución de los buenos!”.

 
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