Obama, Osama, Uribe y Bush

Heinz Sonntag

Heinz R. Sonntag
heinzsonntag@cantv.net

 

La muerte de Osama bin Laden ha sido un golpe devastador para la organización terrorista Al Qaeda. No es una casualidad, después de diez años de cacería, que el Gobierno norteamericano haya logrado eliminarlo sólo meses después del inicio de la “Primavera Árabe”.

Es obvio que la valiente rebelión árabe contra sus dictadores ha cambiado paradigmas sobre esa región: fuera y dentro de ella. En el Occidente ha surgido un respeto y una solidaridad por ese pueblo que eran impensables pocos meses atrás y, para la avasallante mayoría de los admiradores de los héroes y mártires de la libertad en esa parte del mundo, ha quedado claro que el camino no es el terrorismo contra civiles inocentes, sino la rebelión contra gobiernos totalitarios. Para muestra de lo que acabo de decir, recientemente, luego de Egipto, los gobiernos totalitarios de Siria y Libia han perdido toda legitimidad al masacrar abiertamente a su propia gente.

Pero Obama capturó a Osama no sólo por la Primavera Árabe, sino porque perseveró en la llamada doctrina Bush: la guerra contra el terror no tiene fronteras y los enemigos no tienen uniforme ni país. Como el terrorismo se esconde en los intersticios del resentimiento en todas partes, pues, los encontraremos donde estén y los aniquilaremos. Por eso, la muerte de Bin Laden es la confirmación emblemática de esta doctrina y de que no existe escondite en el globo terráqueo para aquel que decida, como única arma de lucha, asesinar civiles inocentes. Claro que mueren civiles como resultado de una confrontación de guerra, pero lo que define la aberración del terrorismo es que son sólo los civiles su blanco principal.

Para quienes no recuerdan el cambio que significó el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001, donde murieron más de 3.000 personas inocentes de múltiples nacionalidades, cuyo único crimen fue llegar a tiempo a su trabajo, el presidente Bush declaró la guerra al terror “donde quiera que los terroristas se encuentren”. En otras palabras, en el concepto de esta doctrina, como el enemigo ­en este caso Al Qaeda­ no tenía ni tiene nacionalidad, las soberanías no se respetan. Esto ha sido criticado por muchos defensores del principio de la soberanía, pero hoy ellos mismos celebran la muerte de Bin Laden en territorio paquistaní, ejecutada por un comando de asalto militar, a pesar de que el Gobierno de ese país ni se enterara.

Por cierto, ¿en qué se diferencia este ataque de la operación que condujo el ex presidente Uribe en territorio ecuatoriano para matar al jefe de la organización terrorista FARC, Raúl Reyes? En nada. De hecho, hasta se parecen en que hoy ambos gobiernos poseen computadoras con información clave para acabar con otros terroristas. La administración Obama ha dicho que las va a usar, así que prepárense; la de Juan Manuel Santos, para diferenciarse de Uribe, no lo ha hecho, me pregunto si ahora lo hará.

La muerte de Bin Laden ordenada por Obama es un claro mensaje para quienes pensaban que después de Bush podían coquetear con guerrilleros o terroristas impunemente.

A todas estas, nuestro Presidente en Venezuela, que cabalgó sobre la ola de la impopularidad de Bush, Al Qaeda y el radicalismo islámico, está hoy ante todos estos hechos como pajarito en rama: viendo para todos lados pero sin decir ni pío. No le queda otra…

 

 

 
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