Ojalá la final de la Champions nos devuelva la fe en el fútbol

– “Cualquiera que sienta pasión por el fútbol debe amar el juego del Barça”.

Denis Law, exjugador del Manchester United.

John Carlin

Ante el partido más importante desde la final del Mundial, el gran interrogante es si el Manchester United jugará contra el Barcelona en la final de la Champions como Holanda contra España el año pasado o será fiel a su tradición de fútbol exuberante y señorial.

Antes, un sondeo. Levanten la mano los aficionados del Madrid que aplaudieron la táctica y la actitud de los holandeses en Johanesburgo. Y levanten la mano los que celebraron el juego de su equipo contra el Barça en la ida de la semifinal europea. Se supone que habrá una sana convergencia de criterio, que veremos las mismas manos alzadas en ambos casos, ¿no? ¿O será (horror) que la afiliación tribal nubla la racionalidad de los futboleros? No, no puede ser. No seamos malpensados.

Como tampoco pensemos que Ferguson, el técnico del Manchester, se achicará. Porque, si se puede extraer una lección de aquella derrota del Madrid, sería que, jugando con la confianza de un equipo grande, dando libertad a los jugadores, el resultado podría haber sido diferente. La alternativa del United, la opción cobarde, sería apostar por un fútbol destructivo y confiar en pillar al Barça al contraataque o en los penaltis.

Eso sí, Ferguson no tiene tantas armas a su disposición como el Madrid. Entre una plantilla y la otra no hay color ni en cantidad ni en calidad. Así que tendrá que armarse de valor para jugar de tú a tú a un Barça que le dio un repaso la última vez que lo intentó, en la final de la Champions de 2009. Esperemos que se la juegue, que no sature el centro del campo con jugadores defensivos y que confíe en que Rooney demuestre su brillantez, en que el extremo Valencia despliegue su enorme potencial, en que el astuto y veloz Chicharito sea capaz de mantener en vilo a la defensa.

El fútbol se merece una final digna y festiva. Demasiado veneno ha corrido últimamente por las venas de un deporte que entusiasma a más seres humanos que la cristiandad y el islam o incluso que el Iphone. El mundo se encuentra dividido por el nacionalismo, el odio religioso y el racismo, entre otros síntomas del retraso de la especie. La pasión por el fútbol demuestra, más que cualquier otro fenómeno, nuestra humanidad compartida. Nos ayuda a entender, si queremos verlo, que existen más factores de unión que de fractura. Sí, existen individuos mezquinos que utilizan el fútbol para fomentar el antagonismo y la rabia, pero existe una verdad mayor. Y es que el fútbol bien jugado o estrellas como Messi y Cristiano generan igual admiración entre los creyentes y los ateos, los negros y los blancos, los ricos y los pobres, los islamistas y los adeptos al Opus Dei.

Ojala que salgamos todos de la final de la Champions con nuestra fe en el fútbol reforzada, que gane el mejor y que el perdedor acepte el resultado con clase y elegancia y no se repita el caso de Holanda en el Mundial, cuando, después de ensuciar el partido, ensució el deporte atribuyendo su derrota al árbitro. Sus lloriqueos tuvieron eco entre algunos holandeses. El resto del mundo vio la victoria de España como una victoria del fútbol. Gane quien gane, que así sea el sábado en Wembley.

 
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