Alerta temprana

Argelia Rios

 

Argelia Ríos

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@argeliarios

Al reconocer que los números de septiembre legitimarían una denuncia contra los resultados presidenciales, el oficialismo se esfuerza en ganar la batalla de la opinión pública, para que sea allí, y no en las urnas, donde se produzca la victoria del comandante

 

Aunque las circunstancias lo explicaban, el silencio nunca fue oportuno. Durante sucesivas mediciones comiciales -y ante el temor de que las denuncias desencadenaran olas de abstención inconvenientes para la llamada “estrategia incrementalista”-, los adversarios de Chávez prefirieron guardarse sus reservas en torno al ventajismo y al implacable sistema electoral impuesto por la revolución bolivariana. Habiendo pagado un alto costo por la decisión de no presentarse a las parlamentarias de 2005, a su dirigencia le había resultado cuesta arriba comprometer al país opositor con el objetivo largoplacista de acumular fuerza para plantarle cara al Presidente en la justa de 2012. Adicionalmente, la explotación del tema tampoco lucía prometedor en el plano internacional, donde el Presidente era percibido como un líder invencible, víctima de unos oponentes poco responsables y con lánguidos respaldos populares.

Por esos tiempos, y hasta el pasado 26S, cualquier acusación contra el sistema electoral venezolano estaba destinada al fracaso: en aquel contexto, Chávez seguía sacando provecho de los eventos del 11-A, que en el transcurso de un largo período le dieron licencia externa para esterilizar las críticas acerca de la falta de transparencia de las elecciones y, en general, de las graves deficiencias democráticas del país. No mucha gente recuerda las secuelas que aquel hecho tuvo sobre el campo opositor venezolano, cuyo elenco fue exigido internacionalmente de enseriarse y de trabajar, sin más melindres, para tratar de convertirse en mayoría tangible… Cinco años después de iniciada la “estrategia incrementalista”, y con las presidenciales a la vuelta de la esquina, la coyuntura es favorable a la oposición, que ahora tiene el plácet para formalizar una recia condena al ventajismo y a las reglas electorales, diseñadas con el propósito de destruir la alternabilidad democrática.

Al reconocer que los números de septiembre legitimarían una denuncia contra los resultados presidenciales, el oficialismo se esfuerza en ganar la batalla de la opinión pública, para que sea allí, y no en las urnas, donde se produzca la victoria del comandante. Si consiguen su objetivo, habrán resuelto dos riesgos: el de una derrota anticipada -la que la oposición estaba obligada a construir este año- y, si fuera necesario, el de un desconocimiento de los resultados -ahora con potencial respaldo internacional-, que únicamente pudiera ser creíble, si la alternativa democrática formula reciamente las alertas tempranas sobre las barbaridades que se cometen en el CNE. Comenzar por lo primero, no viene mal. Es inadmisible que aún no sepamos la fecha de las elecciones y que éstas puedan convocarse -como ocurrió con el Revocatorio- únicamente para el momento en que a Chávez le convenga.

 

 
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