La Palabra y el Poder

Fernando Mires

Fernando Mires

Quienes reprimen la libertad de palabra son los mensajeros que nos envía cada cierto tiempo la muerte… para que no la olvidemos.

 

Sin palabras somos sólo seres animados: animales. La condición humana es, por lo mismo, un derivado de las palabras. Incluso el Ser no es más que una palabra. Si radicalizamos esa afirmación podemos agregar: Dios no es más que una palabra. Y no estoy incurriendo en sacrilegio. Lo mismo ha sido dicho –en su más nítido sentido griego- en las primeras frases del Evangelio de San Juan.

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.”

¿Qué significa decir que Dios no es más que una palabra? La respuesta no puede ser otra: Sin la existencia de la palabra no habría ninguna posibilidad de nombrar a Dios pues lo innombrable, lo indecible, no es. Incluso si nombramos a Dios como El Innombrable le damos a EL un nombre.

 

El nombre hace a cada cosa que nombra. O como constató Martin Heidegger en uno de sus más hermosos libros (Unterwegs zur Sprache) el ser humano es un Versprecher del Sprache. Sprache es el lenguaje (p. 14). Versprechen, en cambio, tiene dos significados: prometer y hablar mal (o con la lengua trabada). Vesprecher es, por lo tanto, quien promete y quien titubea al hablar, lo que es obvio: el humano es imperfecto y nunca podrá decir todo bien. De este modo también podríamos agregar: el ser humano es una promesa fallida del lenguaje, frase que podemos entender así: el ser humano es una posibilidad del lenguaje (algo latente, algo que promete ser en y durante el lenguaje) Hablar es, siguiendo a Heidegger, el hacerse errático (titubeante) del ser desde y dentro del lenguaje.

 

Hablar es una promesa del ser, es decir –repito- el ser humano es una posibilidad del lenguaje. O diciéndolo de nuevo con Juan: primero la palabra; después el Ser. Luego, si el lenguaje es la promesa del ser, sin lenguaje no hay ser porque más allá de la palabra sólo existe la nada: la posibilidad del no-ser, la promesa de la muerte en su más infinita extensión. Así lo escribió Heidegger antes de que Lacan dijera lo mismo en un idioma diferente pero en el mismo lenguaje: “El habla, habla”. Para luego agregar esta sentencia: “Si nosotros nos dejamos caer en el abismo que menciona esa frase, no nos precipitamos hacia el vacío. Nosotros caemos en una altura cuya altitud abre una profundidad. Ambas (profundidad y altura) dimensionan una estancia en la cual quisiéramos ser acogidos a fin de encontrar la residencia de la esencia del ser humano” (p.13).

Ese caer hacia la altura de la que nos habla Heidegger es un nuevo encuentro del ser consigo mismo pero en otro lugar. Una nueva casa: la casa del lenguaje. El corolario heideggeriano es de sobra conocido: “el lenguaje es la casa del ser”. O expresado en otra fórmula: “Ninguna cosa existe donde falta la palabra” (p.164) La palabra entonces crea al ser de la cosa y es por eso que la cosa es llamada a través del habla.

 

La cosa vive oculta de su ser hasta que, a través de su nombre, es. Cada nombre es, como dice Heidegger, un llamado (Ruf). Al nombrar (llamar) a una cosa, la cosa sale (se eleva) desde las tinieblas de su no-ser y emerge hacia la luz de la existencia plena. ¿No existe nada entonces antes de la palabra? Lo que existe, lo único que existe, es la posibilidad (promesa) de la palabra: su potencia de ser. La palabra, afirmo – acercándome esta vez más a Lacan que a Heidegger-  viene de su deseo de ser y del deseo del Ser, a la vez. Y la deducción de lo dicho ya no será filosófica; será política.

 

Quiero decir: si negamos la posibilidad de la palabra, esto es, la libertad de ex presión del ser, negamos la posibilidad misma del ser. ¿Se entiende entonces por qué la libertad de palabra es tan importante? Esa libertad es la garantía, la única que tenemos para ser lo que somos.

 

Pensamos con palabras del mismo modo como imaginamos con imágenes. Pero cada palabra es distinta a la otra. La diferencia de una palabra con la otra se encuentra en el origen de todo pensamiento. Pensar es diferenciar. Y hechas las diferencias, emergen las semejanzas y luego, las relaciones de diferencia y de semejanza. Así, poco a poco, será construida una oración, sea esta oración gramática, religiosa o poética. O dicho pensando en Heidegger: con esas piedras que son las palabras de cada uno construimos nuestra casa, la casa del ser.

¡La casa! Nuestra casa. ¿Hay mejor palabra para nombrar la palabra? Las palabras nos protegen del mundo, nos resguardan del silencio mortal. Si nos quitan la palabra, o no la dejan hablar, somos seres sin casa; almas vagabundas. Desesperación pura. Sombras sin esperanzas de ser. Sin palabras nuestra voz sólo puede ser un grito de horror. “El Grito” de Munch.

El deseo de ser de la palabra lucha contra la posibilidad de su no-ser, posibilidad que comporta todo lo que es. El ser de la palabra es, en esa lucha, reprimido por su no ser: el del silencio. Lo vivimos a cada instante de nuestra vida: el deseo de ser lucha contra la presión que ejerce su no-ser. Luego, si el ser no llega a ser es porque ha sido re-primido, ya sea por su no-ser interior (la muerte que siempre nos acompaña con su mirada de novia triste) o por su no-ser exterior (el poder que no es el nuestro). Pero también podemos decirlo de un modo inverso: en tanto hablamos el habla, derrotamos la presión del no-ser y por lo mismo nos ex-presamos. Cada  ex- presión es el poder de la palabra en contra de su re-presión. Luego, si el ser no se ex-presa, es porque ha sido víctima de la re-presión, la que si triunfa definitivamente nos llevará a la de-presión: hacia ese mundo oscuro de la nada casi total: La muerte del -y en el-alma.
¿Qué estoy tratando de decir? Algo muy simple: quienes reprimen la libertad de palabra –y la palabra no es otra “cosa” sino la libertad de su propio ser- son los mensajeros que nos envía cada cierto tiempo la muerte. Para que no la olvidemos.

 

Referencia: Martin Heidegger: “Unterwegs zur Sprache”, Neske, Tübingen 1959

 
Top