Las barbas del vecino

Lluís Bassets


 


La erosión que están sufriendo los grandes partidos europeos a favor de los populismos parece afectar menos a las formaciones conservadoras, que lucen mejor preparadas para encajar el golpe de esta crisis económica y social… Pero harán muy mal los conservadores si consideran que el vendaval que está cambiando ideas y valores no va con ellos…

Lluís Bassets

Marine Le Pen

Siempre hay consuelo para quien lo necesita. En Italia, Berlusconi está encontrando al fin el castigo electoral a sus andanzas. En la pujante Alemania, donde regresa el crecimiento, también los partidos gobernantes tienen que purgar por sus pecados. En uno y otro país los ciudadanos castigan a los responsables de las impericias y torpezas gubernamentales, sea el caso generalizado de la poda cruel que se ha abatido sobre el bienestar europeo o sea el caso mucho más grave y específico de la corrupción y el delito berlusconianos. Y la única forma de castigar que tienen a mano es el voto, que no se utiliza a favor de la opción preferida sino en contra de la más detestada. No debiera consolar a nadie ni menos servir de paliativo para la depuración de responsabilidades que deben hacer los derrotados, pero sí debe servir como lección preventiva para vencedores imprudentes o excesivamente eufóricos.

 

Difícil es pronosticar una recuperación de la maltrecha izquierda italiana, desunida y desorientada, a partir únicamente de los éxitos en las elecciones municipales, todavía por confirmar en segunda vuelta. Difícil es también creer en una recuperación de la socialdemocracia alemana a partir de los resultados de las elecciones regionales hasta ahora celebradas, las últimas en Bremen, una vez más adscrita al SPD. Pero lo que es seguro es que también la derecha está sufriendo en ambos países el castigo de los electores y que con muchas probabilidades alcanzará también a quienes están gobernando en otros países, Francia por ejemplo.

No se trata tan solo del desgaste de quienes gobiernan en crisis. El nuevo ciclo señala además una erosión de los grandes partidos, los Volkspartei o partidos de masas en terminología alemana, a favor de la fragmentación del espacio político y de formaciones nuevas como los Verdes o los partidos populistas construidos alrededor de la protección de la identidad propia, sea contra el inmigrante o sea contra el Islam. Hungría, Finlandia, Dinamarca, Holanda y Bélgica dan buena prueba de ello, hasta el punto de que el entero continente europeo se está convirtiendo en tierra de los populismos más variopintos y radicales.

Donde la sintonía con esta atmósfera europea ha sido más intensa en nuestras latitudes ha sido, precisamente, en Cataluña. Los resultados electorales señalan el afloramiento de una gran sensibilidad electoral ante el tema inmigratorio, con el correspondiente ascenso de una fuerza xenófoba como es Plataforma por Cataluña; la victoria de un candidato del PP que ha hecho bandera de la exclusión de los inmigrantes en Badalona, tercera ciudad catalana por número de habitantes; y una muy expresiva mayoría absoluta en Lleida para Angel Ros, el socialista catalán que mejor resultado ha conseguido con un mensaje de rigor y exigencia ante los musulmanes (primera ciudad que prohibió el burka y que cerró una mezquita).

La erosión que están sufriendo los grandes partidos europeos a favor de los populismos parece afectar algo menos a las formaciones conservadoras, que lucen mejor preparadas para encajar el golpe de esta crisis económica y social. Están más adaptados a la filosofía liberal inherente a los recortes del gasto social, tienen unos anclajes ideológicos menos fijos que les permite una aproximación más pragmática a la política; y, finalmente, suelen estar mejor dispuestos a absorber y metabolizar las pulsiones del electorado más sensible a los mensajes de extrema derecha.

Pero harán muy mal los conservadores, incluidos los españoles, si consideran que el vendaval que está cambiando ideas y valores no va con ellos, porque dentro de muy poco tiempo se pueden ver afectados por idénticos movimientos pero en detrimento propio. El colmo y culminación de la amenaza sobre la derecha convencional se alcanzaría en 2012 si Marine Le Pen, la actual presidenta del Frente Nacional, consiguiera la presidencia de la República frente a Nicolás Sarkozy, inquietante proeza que ahora adquiere mayores visos de verosimilitud tras el descenso y desaparición en el averno del hasta hace apenas diez días carismático candidato in pectore de la izquierda Dominique Strauss-Kahn.

 
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