Pasado de revoluciones

Miguel Ángel Santos

Miguel Ángel Santos

A España le va a costar asimilar que no puede seguir viviendo más allá de sus propias posibilidades

 

He pensado un momento antes de quitar la “s” y dejar el título de arriba en singular. Siempre es mejor hablar a título personal y no acoger ninguna pretensión representativa. Ahí están las carpas del movimiento 15M. Tienen ocupadas las principales plazas de cada ciudad importante de España. Según el lugar, el número va de cientos en algunas ciudades de Galicia, a las decenas de miles en Barcelona y Madrid. Es relativamente simple atravesar las carpas, sorteando los hilos de nylon que las sujetan a árboles y faroles, las colchonetas y las sillas de plástico. Los símbolos de la transitoriedad por todas partes.

Luego están las pancartas. “Indígnate”. “Sin casa, sin curro (trabajo), sin pensión y sin miedo”. “Políticos y banqueros: Los mismos carroñeros”. “¡Democracia real ya!”. Tengo sentimientos encontrados. Por un lado, la protesta juvenil difícilmente podría tener mayor justificación. España sigue siendo, de los países que aún no han caído en Europa, al que más le ha costado recuperarse de la crisis. El desempleo se encuentra en 21%, con los más jóvenes por encima de 40%. El mercado laboral está regulado de una forma rígida que promueve los ajustes lentos vía cantidades (número de empleos) y no vía precios (salarios). El sistema político español hace difícil la conformación de alternativas, y consagra de forma práctica la hegemonía bipartidista nacional que convive con las fuerzas políticas regionales no-nacionales.

Y hasta ahí. Por lo demás, este grupo con el que he tenido la oportunidad de compartir esta mañana se me asemeja mucho a esos matrimonios venidos a menos que no encuentran manera de expresar su descontento de fondo, y se pasan los días en querellas más o menos anodinas extendidas a todos los ámbitos de la convivencia. Están en contra de todo. Transmiten una enorme insatisfacción, que uno sospecha en el fondo tiene que ver con una realidad mucho más simple: A este país (y aquí sí puedo usar la tercera persona) le va a costar mucho asimilar que ya no puede seguir viviendo más allá de sus propias posibilidades de trabajo, de su capacidad de producción.

Alguien me invita a un café. Me cuentan que “estamos podridos de raíz… el sistema ha creado un aparato educativo que nos prepara para funcionar de la forma que más les conviene a los dueños del capital… a quienes les servimos sin darnos cuenta… “. Ya a estas alturas uno está un poco pasado de revoluciones. No tengo demasiada fe en que una iniciativa tan frontal pueda superar la prueba ácida de toda acción entusiasmada: Si en definitiva será capaz de producir una mejora tangible en las condiciones de vida del prójimo. Me acuerdo de mis profesores del colegio, recordándome que en la vida nada era blanco o negro y enfatizando las bondades y los matices del gris. Me doy cuenta de que el tiempo ha pasado, pero esta vez ha sido para bien. El próximo de los nuestros que no inaugure una nueva era, ni encienda una revolución. Baste con que nos ayude a resolver nuestros problemas de coordinación social para alcanzar una mejor forma de vivir. Esto estaba bien, y se mantiene; esto existía, pero se puede mejorar; esto si no lo vamos a hacer más, y en su lugar vamos a hacer esto otro. Algo así.

 

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