VOLVER AL PASADO

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín

 

1

 

El debate político venezolano está salpicado por un curioso miedo al pasado. La hemorragia retórica del presente quiere justificarse con el sofisma de la refundación de la patria. Es el viejo deslinde imaginado por Orwell en su agobiante novela titulada 1984. El totalitarismo necesitaba (y necesita) borrar todo vestigio del pasado o más bien revestirlo con túnicas siniestras a fin de desnaturalizarlo o hacerlo recordar con odio. A ese propósito sirve la abominable arma de la mentira institucionalizada que nos bombardea siempre, estemos despiertos o dormidos, activos o en reposo. La historia –repiten maníacamente- comenzó ahora; antes sólo había una borrosa y bárbara anomia.

Un chavista de los embelesados me aseguró que el Metro lo había construido su vilipendiado líder y que todo lo que salta a nuestra vista ha sido la obra de dos militares: Pérez Jiménez y Hugo Chávez: universidades, autopistas, museos, el Teatro Teresa Carreño, las empresas del aluminio, el Guri, Ciudad Guayana, todo habría nacido  de las manos salvadoras de esos dos emprendedores. Y cuando no fueron ellos, el mérito recae en grandes civiles de la oposición contra los gobiernos puntofijistas. Así, mi amigo de la infancia Alfredo Maneiro y no Betancourt y Sucre Figarella,  sería el fundador de Sidor y por eso la gran acería del Orinoco lleva su nombre. Alfredo, a quien conocí tanto, no se tragaba a los autócratas, menos si eran militaristas, desde que rompió con el partido comunista y el socialismo soviético. Puedo jurar que, de estar entre nosotros, se encontraría en la acera democrática combatiendo este esperpento gubernamental con la gracia de sus acertados sarcasmos.

2

 

Durante un par de lustros el gran titiritero oscureció de tal manera la historia reciente que ni los gobernantes que la condujeron se atreven a defenderla, tanto menos quienes estuvimos en la oposición. Temen que se les acuse de “volver al pasado” e incluso aceptan la torcida y risible periodización que nos habla de una IV República, supuestamente derrotada por la que vivimos hoy, la V, época del renacimiento nacional. La Patria Grande había sido fundada por el Libertador en el Congreso de Cúcuta de 1821. Luego de nacer –acota la falacia- vivió una sombría noche de 170 años, hasta que en 2000 llegó el comandante y con los arreos del Padre de la Patria se dio el lujo de refundarla en muchísimo menos de los 100 años que, según Neruda, se tomaba Bolívar para despertar.

La disidencia democrática ha crecido mucho y pese a que el bloque político dominante no vive su mejor momento, varios opositores insisten, sin que nadie se los solicite, en reiterar que ellos no volverán al pasado, mientras con suprema astucia afirman que tampoco prorrogarán el presente. Ni la IV, ni la V, pues lo de ellos es la VI. Dos tonterías por una.

Estuve en la oposición durante los denostados 40 años, incluso usando en cierto momento unos medios extremos que lo que pudiéramos llamar nuestra generación criticó más tarde con severidad y mucho rigor argumental. Decenas de libros y documentos dan cuenta de eso.

No tengo, pues, por qué defender un pasado que me tuvo en la acera opuesta. Pero me resulta imposible  no reconocer notables aportes hechos por los gobiernos constitucionales de esa época, como tampoco pueden desconocerse las obras construidas por el dictador Pérez Jiménez.

 

3

 

Es la diferencia entre la disidencia democrática que posiblemente será gobierno en 2013, y quienes dominan hoy el poder. Estos reescriben la historia acomodándola a sus mezquinos intereses, y aquella la defiende.  La democracia es memoria; la dictadura, olvido. Si se olvida la historia, la barbarie será aceptada como una molestia  natural. Pero “pueblo que no conoce su historia –dice Montesquieu- está condenado a irrevocable muerte”

Más espeluznante es la frase del campo de exterminio nazi en Auschwitz: “Los pueblos que olvidan su historia están obligados a repetirla”  Por eso la amenaza de nuevos campos de exterminio se alimenta de la desmemoria.

Para rechazar el totalitarismo hay que recordar sus viejas prácticas. Si el poder nos hace olvidar lo que hicieron los generales Gómez y Pérez Jiménez, podrá justificar lo que se propone hacer. De allí que no haya una generalizada conciencia de que los errores del pasado democrático son tenues al lado de los actuales.

Además el tema es ocioso. Ni los que añoren el pasado podrían volver a él. El pasado es irreproducible. Cuando se producen cambios históricos, surgen movimientos  nuevos, así algunos conserven viejos nombres.  Después de la tiranía de Gómez, surgieron partidos, sindicatos y gremios. Todavía vivían ilustres jefes del partido liberal amarillo, pero a nadie se le ocurrió reorganizar con ellos el gran partido de los Guzmán, Falcón, Zamora y el taita Crespo. Con la modernidad, nacieron AD, Copei, el PCV, URD.

En España, es verdad, los cuarenta años de Franco no impidieron el renacimiento del PSOE, pero su liderazgo, ideología y visión cambiaron radicalmente. Es infinita la distancia entre el PSOE de Felipe y el fundado por Pablo Iglesias en 1870, o el dirigido por Largo Caballero, Prieto y Besteiro durante la guerra civil española. Un mismo nombre para realidades diametralmente distintas.

 

¿Volver al pasado? ¿Back to the future? Unicamente Steven Spielberg

 
Top