GANGA: ¡SE ALQUILAN PAÍSES!

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi @el-nacional.com

 

La República Popular China no perdió un solo minuto y decidió ponerle su sello al “siglo amarillo”. Ya en la primera década se hizo presente en todos los continentes con una ambición, un impulso y una estrategia no conocidos antes por ninguno de los imperios que dominaron a la humanidad en 20 siglos.

 

La muerte de Mao Zedong, en 1976, le abrió las puertas del poder a un hombre que cuestionó y desarmó los dogmas marxistas. Bajo la conducción de un líder de muy pequeña estatura pero de visión excepcional, Deng Xiaoping, China echó las bases que le permitieron proyectarse como la gran potencia del siglo XXI.

 

Pocos supusieron que un país de las dimensiones geográficas de China pudiera ser una nación expansionista.

No obstante, la realidad mostró muy pronto que su necesidad de espacios para la producción de alimentos llevaría a los chinos a buscar fórmulas imaginativas. China tiene más de 9 millones de kilómetros cuadrados y una población que supera los 1.300 millones de habitantes. Nada que se asemeje a los métodos expansionistas de los viejos imperios, ni ocupaciones ni conquistas militares. No, algo mucho más contemporáneo y sutil, algo que podría comprenderse, incluso, como cooperación para el desarrollo “entre países del Tercer Mundo”, como la adquisición de tierras o de poderosas empresas en diversas naciones (de manera preferencial en América Latina) que, paralelamente, fueran propietarias de grandes extensiones de tierras. O las prácticas de alquiler de regiones propicias para el desarrollo agrícola, por largos periodos.

 

De este modo, los chinos (más diablos por viejos que por diablos) matan dos pájaros con la misma piedra. Garantizan la producción de alimentos para satisfacer una demanda nacional cada vez mayor de productos naturales, y, por otra parte, envían sus ciudadanos a trabajar en todos los continentes. A la vuelta del tiempo, China estaría (o estará, porque el proyecto avanza) repartida por el mundo. Nos abstendremos de usar la antipática palabra “colonia” para definir lo que se creará en los países donde la República Popular China logre establecerse.

 

Primero fue África. Después vino América Latina. Argentina, Brasil y Venezuela figuran como prioritarios en la agenda china. El avance en Argentina fue de tal naturaleza que el Gobierno apeló a la idea de legislar a fin de que extranjeros, países, particulares o empresas con participaciones estatales puedan adquirir tierras.

 

En Brasil, la cuestión ha adquirido tonos más agudos.

 

China suplantó a Estados Unidos como primer socio comercial; los negocios bilaterales son de dimensiones compatibles entre economías que se proyectan en la escena del siglo. Cualquier ventaja indebida comprometería el crédito político de Brasil.

 

Entre los variados papeles de consulta necesaria sobre la expansión china y sus prácticas, no puede eludirse una entrevista concedida al diario O Estado de S. Paulo por el ex ministro de Economía Antonio Delfim Netto.

 

El economista advierte que es preciso diferenciar entre las inversiones extranjeras y la adquisición de tierras. Aquellas son necesarias, y contribuyen de manera conveniente al desarrollo, al bienestar, al crecimiento y, también, a la transferencia tecnológica.

 

Sobre la compra de tierras ­directamente o a través de empresas propietarias­ o el alquiler por periodos prolongados, Antonio Delfim Netto tocó campanas de alarma. Le pidió precaución al gobierno de Dilma Rousseff. Las inversiones, insistió, cambian de sentido y de propósitos cuando sirven o se subordinan a razones estratégicas de un Estado extranjero.

 

Sin hacerle concesiones a la xenofobia, don Antonio pronunció una frase que al propio diario de Sao Paulo le pareció un poco temeraria. Dijo: “Los chinos compraron África y ahora intentan comprar Brasil”. La frase no pasó inadvertida, no tanto por lo de África, sino por lo segundo: que en el mundo existiese alguien capaz de comprar Brasil. Aunque no se trate exactamente de esto, lo cierto es que China tiene ­en muy poco tiempo­ recorrido un largo camino, y su presencia en Brasil causa zozobra.

 

Si el ex ministro fue radical en la advertencia, el director general de la FAO, la Agencia de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, Jacques Diouf, de Senegal, dejó a un lado el protocolo y “alertó a los gobiernos africanos acerca del riesgo de un neocolonialismo, esta vez basado en el control de las tierras fértiles“.

 

¡Qué pensaría Mao! The New York Times abordó también el asunto de las relaciones China-Brasil, y cita a algunos expertos para quienes “la asociación ha degenerado en una relación clásica neocolonial en la que China lleva las de ganar. Casi 84% de las exportaciones brasileñas a China en 2010 fueron materias primas…”. Según el embajador Rubens Ricupero, “ha habido una clara falta de estrategia por parte de Brasil”.

 

En las reiteradas informaciones sobre China y la adquisición de tierras en América Latina, Venezuela figura junto con Brasil y Argentina. En estas naciones, el asunto se cuestiona. En Venezuela, país de tratos nocturnos, nada le interesa a nadie. ¡Bienvenidos los chinos!

 

 


* El ante-titulo es nuestro

 
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