LAS SANCIONES CONTRA PDVSA

Armando Durán

Armando Durán

 

Hace una semana, Washington anunció la aplicación de sanciones contra diversas empresas petroleras internacionales, entre ellas Pdvsa, por haber mantenido sus relaciones comerciales con Irán a pesar de las reiteradas advertencias formuladas por el Departamento de Estado desde el pasado mes de febrero.

Como es natural, la medida, que no afecta la colocación de petróleo venezolano en el mercado estadounidense, despertó la furia antiimperialista del régimen, cuya más exasperada expresión fue la de Aristóbulo Istúriz, una vez más encargado de fijar la posición del Gobierno: “Venezuela le vende petróleo a quien le da la gana”.

 

Si le quitamos a la afirmación de Istúriz su tono jactancioso, muchísimo más acorde con el de un malandro de barrio que con el de un maestro de escuela elevado por las circunstancias a las más altas cimas del poder político, lo que señala Istúriz es una perogrullada muy elemental. En teoría, la independencia de las naciones implica la libertad de comercio.

 

Y aclaro “en teoría”, porque en la realidad de los hechos concretos ninguna libertad es absoluta. Ni en el ámbito privado tenemos libertad para hacer lo que nos venga en gana, ni en el plano de la convivencia internacional podemos actuar según nuestro antojos, simpatías o antipatías. Las leyes, los acuerdos y las normas fijan a cada paso los límites de esa libertad y hacen posible una convivencia social civilizada. Así nos lo recordaba Marcuse en sus buenos tiempos. De no sancionarse la ruptura de esas normas se impondría el caos.

 

Pongamos dos ejemplos. Uno: todos tenemos la libertad de bañarnos y mantenernos limpios y hasta perfumados, o renunciar por completo al aseo personal.

 

En este último caso, el derecho individual de apestar como me da la gana acarrea inmediata y necesariamente la sanción moral y económica del aislamiento y el desdén. Un segundo ejemplo es el de Fidel Castro, cuando en uso de su libertad para hacerlo decidió alinear a Cuba con la Unión Soviética en 1960. Bahía de Cochinos, la posibilidad cierta de una tercera guerra mundial y el embargo comercial a Cuba durante este último medio siglo fueron la consecuencia de querer romper el equilibrio inestable acordado por Estados Unidos, la URSS, Gran Bretaña y Francia 15 años antes para preservar la paz mundial.

 

Las sanciones que Hillary Clinton anunció el martes 24 de mayo no alcanzan la dimensión de aquellas, pero son, sin duda, igualmente unilaterales, aunque se corresponden con las posiciones adoptadas por buena parte del planeta ante el actual concepto iraní de fundamentalismo religioso y agresividad política y militar. La reacción de Chávez, además de anacrónica, excéntrica y desmesurada, se ajusta a lo que él mismo ha dicho muchas veces. “Si no les gusta, caballeros, se lo meten por el bolsillo”. A eso se limita la grosera declaración de Istúriz. Sobre todo si tenemos en cuenta el derecho incuestionable de Venezuela de diversificar sus mercados. Lo que de ningún modo puede hacerse es pasar por alto impunemente el Acta de Sanciones contra Irán ni la llamada Ley Integral de Sanciones, Responsabilidad y Desinversión, aprobada por el Congreso de Estados Unidos, para limitar y perturbar el comercio y las relaciones internacionales de Irán.

 

Poco importa estar de acuerdo o no con la decisión estadounidense, pero no dudamos en señalar que la reacción venezolana nada tiene que ver con la legitimidad de las sanciones aplicadas a Pdvsa, sino con la necesidad chavista de resaltar su carácter de acto imperialista contra la revolución y contra Chávez.

 

Ahora bien, en esta hora menguada del proyecto “bolivariano”, es decir, del proyecto personal de Chávez de implantar en Venezuela un modelo de socialismo a la cubana rechazado por la mayoría de los electores en el referéndum del 2 de diciembre de 2007, también es preciso señalar que ningún regalo podía haber sido más bienvenido en las filas del chavismo que estas mínimas sanciones que, en verdad, interfieren bien poco con los intereses de Pdvsa.

 

El llamado a comer sardinas con ñame realizado por Fernando Soto Rojas, además de ilustrar su pésimo paladar, ¡qué horror!, sencillamente le sirve de adorno a Chávez para intentar de nuevo inflamar la llama ultranacionalista de sus seguidores. No para enfrentar a las tropas del imperio que nunca, absolutamente nunca, desembarcarán en las costas de Venezuela, sino para afrontar el desafío retórico de unas sanciones que sólo producen el efecto contraproducente de animar un poco el desangelado ánimo del ejército rojo rojito que todavía acompaña al comandante Presidente en estas horas finales de su quimera revolucionaria.

 
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