LOS IMPERIOS

Alberto Barrera Tyszka


 

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

 

 

El Departamento de Estado de pronto obsequia al chavismo una nueva oportunidad para victimizarse.  Nos recuerda, de repente, al Bush que Chávez de seguro tanto extraña.

 

El escritor mexicano Luis Humberto Crosthwaite, quien ha convertido a Tijuana en una ciudad literaria y ha creado una nueva gramática de la frontera, ofrece en las pocas líneas de un diálogo un retrato de las dificultades que tiene la mentalidad oficial gringa en sus relaciones con Latinoamérica: “¿Qué trae de México?”, pregunta un guardia en la alcabala terrestre que separa los dos países. “Nada”, contesta el viajero local. “¿Qué trae de México?”, insiste impertérrito el oficial. “Nada”, reitera con franqueza el transeúnte. “Tiene que contestar sí o no”, acota el uniformado, antes de repetir la pregunta: “¿Qué trae de México?”. “No”, contesta entonces el visitante. “Está bien. Puede pasar”.

A esta mentalidad, además, hay que sumarle la prepotencia y el extravío con que, en la mayoría de los casos, Estados Unidos ha llevado su relación con los países de América Latina. Cualquier revisión de la historia puede llenar un museo de errores y de abusos, de distintas formas de violencia y de intervención. En ese contexto, probablemente la relación con Venezuela sea de las más peculiares, tenga el mismo rango de complejidad que la que tienen los países limítrofes. Nuestra vecindad posee la condición íntima de la mutua dependencia económica. Nuestra frontera es el petróleo: una línea más contundente e inflamable que el río Grande.

 

Que las relaciones entre el Gobierno de Venezuela y el Gobierno de Irán sean preocupantes, que levanten más de una suspicacia o una alarma, no justifica que de manera unilateral el Gobierno de Estados Unidos decrete una sanción en contra de Pdvsa. La pretensión norteamericana, que supone que ellos son la conciencia y la autoridad del planeta, todavía no entiende que el futuro del mundo no puede dirimirse en el Pentágono. Obviamente, se trata de un movimiento político. Y entonces, nuevamente, aparece la torpeza del guardia que sólo puede esperar y aceptar del extranjero dos respuestas: sí o no. Como si aparte de esos monosílabos no existiera nada. Como si los otros sólo fueran un dato previsible.

 

Al leer la noticia, pensé de inmediato en Eva Golinger. No hay duda: el Gobierno norteamericano está financiando al PSUV. Eso pensé. Esa sanción, “simbólica” como advierten algunos analistas, es, sin embargo, un regalo maravilloso para Chávez y para el partido de gobierno. Les ofrece, al menos, la posibilidad de reeditar otra vez la pasión nacionalista.

 

Frente a una gestión en crisis, asfixiada en sus propias promesas, el Departamento de Estado de pronto obsequia al chavismo una nueva oportunidad para victimizarse. Nos recuerda, de repente, al Bush que Chávez de seguro tanto extraña y necesita.

 

Las reacciones no se hicieron esperar: nada como ver a Fernando Soto Rojas agitando la furia y ofreciendo la multiplicación del ñame y las sardinas. De manera instantánea, todos los medios públicos, todos los funcionarios, todos los voceros, asumieron las consignas, los himnos, los gritos de guerra. El Gobierno necesita una nueva euforia. Aunque suene retro. Aunque ya todos sepamos que esto es una guerra de mentira, otro blablabá bolivariano entre dos socios que no pueden separarse.

 

Escribo estas líneas un miércoles, al final de la jornada. Hasta el momento, el Presidente no ha hablado. Como si la inflamación de la rodilla produjera una secreta y particular afonía, su heroísmo sólo cabe en el Twitter. Es una guerra de 140 caracteres. Por ahora. No dudo que, tal vez, para este mismo domingo, ya hayamos tenido una nueva versión del espectáculo de la soberanía. El calentamiento ya lo ofreció el ministro Ramírez en un acto público: “Imperialistas, váyanse al carajo, aquí no nos importan sus sanciones. A nosotros nadie nos va a imponer la manera de actuar. Nosotros somos hijos del Libertador Simón Bolívar. Nuestro país es heredero de las glorias de los libertadores de América. Se volvieron a equivocar, señores del imperialismo, se volvió a equivocar el Gobierno de Estados Unidos con nuestro Gobierno”.

 

Hacer memoria es hoy en día un acto revolucionario: en el año 2003, el presidente Chávez exigió al Gobierno de República Dominicana que expulsara al ex presidente Carlos Andrés Pérez de su territorio. Ante la negativa, Venezuela suspendió el suministro de petróleo a la isla. Durante tres meses, los hermanos dominicanos estuvieron sin petróleo. ¿Dónde estaba entonces Soto Rojas, sus sardinas y sus ñames? ¿Dónde estaba Ramírez y su herencia gloriosa y libertaria? ¿Dónde estaba la soberanía de los pueblos de la América Latina? No importan el nombre ni las ideologías. Sus obras los definen. Autoritarios e invasivos. Que se vayan al carajo todos.

 
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