Tu cerebro bilingüe

Eli Bravo

Eli Bravo

El bilingüismo es un regalo valiosísimo que mejora las funciones cerebrales

 

“Entiendo, mi amor. Ahora dímelo en español”. Como era de esperarse, la frase es ya parte de la conversación con mis hijas. Nacidas en Miami, y tras sus primeros años inmersas en el español de casa, últimamente las escucho hablando inglés en todo momento. Además, es evidente que piensan en inglés, a fin de cuentas, es el idioma de la escuela y de sus amigos. Ellas son niñas bilingües, como el 20% de la población de EEUU.

El bilingüismo es un regalo valiosísimo, no solo por la herencia cultural y las posibilidades que brinda hablar más de un idioma, sino también porque mejora las funciones cerebrales. La neurocientífica cognitiva Ellen Bialystok ha comprobado que los niños bilingües tienen una mayor capacidad de concentración y de procesamiento de la información. La razón está en que el sistema de control ejecutivo del cerebro, decide cuáles estímulos son más relevantes que otros, está más desarrollado por manejar constantemente dos sistemas de lenguaje.

Hasta hace unos años se creía que un bebé expuesto a dos idiomas podía confundirse, e incluso, retrasarse en sus habilidades de comunicación. Ya se ha comprobado que se desarrollan igual que los monolingües, con la ventaja de que al llegar a la edad adulta sus cerebros contienen mayor densidad de materia gris en el hemisferio izquierdo. Los estudios nos dicen que esta alteración positiva de la estructura cerebral es más evidente si el niño aprendió el segundo idioma antes de los cinco años y lo habla correctamente.

En edades avanzadas las personas bilingües enfrentan de mejor manera el Alzheimer. En promedio estos individuos tardan hasta seis años más en presentar los síntomas, quizás porque los bilingües tienen mejor memoria, o porque sus cerebros están mejor ejercitados al haberse movido por años entre distintas gramáticas.

De cierta forma el bilingüismo es una gimnasia mental. Y con ese ejercicio viene toda la riqueza de tradiciones, raíces y poesía que encierra un idioma.

Así como los padres inmigrantes de mis amigos de infancia que se esforzaban porque sus hijos hablaran italiano o portugués además del español, ahora me encuentro en la misma tarea con mis pequeñas. Y lo hago no solo porque hay un vínculo de amor en cada palabra. Ahora sé que en sus cerebros está ocurriendo una suerte de magia. Por eso, mi amor, “dímelo en español”.

 

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