¿Una metáfora infeliz?

Tulio Hernández

 

 

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

 

 

Nada relaja tanto como un lugar común efectivo.

Nos libera de la incertidumbre…

Como aquel de: “Todo pueblo tiene el gobierno que se merece”. Nadie sabe si es una frase sabia o una banal redundancia inventada por un derrotado.

Por estos días se ha puesto en boga otro efectivo y exitoso. El del dilema entre el cáncer y el sida, celebrado y repetido hasta el cansancio para diagnosticar las elecciones presidenciales de Perú.

A muchos, sin embargo, nos parece advertir en su enunciado una cierta dosis de indolencia y una convocatoria a la evasión.

De indolencia porque, como lo han señalado twiteros locales, recurrir a enfermedades penosas, es decir, al sufrimiento de los pacientes y sus familiares para estigmatizar posiciones políticas indeseadas es, por lo menos, injusto.

Tanto como llamar autista a los gobernantes que no dialogan con sus electores, pues se convierte así en descalificativo moral lo que no es otra cosa que una dolencia enigmática no elegida por la víctima.

Y de evasión, porque tras su apariencia de diagnóstico neutro, el juego de palabras estigmatiza la situación pero oculta el trasfondo del asunto. Esto es, no ayuda a entender las razones profundas que explican por qué los electores peruanos, en vez de optar por los candidatos “presentables” ­Toledo, Kuczynski y Castañeda­ decidieron hacerlo por los “impresentables”: “la China” y “el Cholo”. El sida y el cáncer, según el lugar común.

La pregunta queda en pie.

¿Por qué un país que ha ido encontrando el camino del crecimiento económico sostenido y la institucionalización paulatina de su sistema democrático opta no por el centro, que en apariencia garantiza la continuidad de ese proceso, sino por los extremos, que lo ponen en riesgo? Hasta el momento de escribir esta nota han circulado muchas explicaciones. La ambición de los tres precandidatos de centro que no fueron unidos a la elección. El argumento patricio de la imbecilidad de las masas pobres, indígenas y mestizas siempre presa fácil de los discursos populistas. Incluso, el recurso de “chivos expiatorios nuevos” expresado en el odio con el que ­como bien lo ha narrado Alonso Cueto (El País, 07/07/11, p. 33)­ grupos de jóvenes “pitucos” (acomodados), los mismos que salieron a celebrar su Nobel, se han expresado estos días frente a la casa de la familia de Mario Vargas Llosa amenazando a su hija Morgana y gritando los más sucios improperios que se puedan imaginar.

 

Si nos contentamos con estas explicaciones, los suramericanos demócratas seguiremos confundiendo los síntomas con la enfermedad. Y la enfermedad profunda de países como Perú y sus iguales hay que buscarla en otros lugares: en las profundas desigualdades sociales aún existentes; las fallas de un modelo que ha generado crecimiento económico pero no necesariamente equidad, lo que ha permitido la persistencia de la pobreza extrema en las zonas rurales; las grandes brechas culturales que se amplían con el desprecio clasista y racista exhibido por ciertas clases medias y altas hacia las mayorías “cholas” e “indígenas”; en su contraparte, la profunda desconfianza que sienten los colectivos populares ante las instituciones y los políticos tradicionales de Lima, y, algo decisivo, la inexistencia de una mínima cartografía ideológica clara y un sistema inteligible de partidos confiables que actúe como bisagra de unión entre mayorías populares no “ilustradas” y élites políticas con visiones contemporáneas de la economía y la democracia.

En un contexto semejante, el elector mayoritario se encuentra condenado al extravío. La única brújula que le queda, el único referente confiable posible, son los sistemas personales de identificación emocional que en esta oportunidad han girado en torno a dos figuras ­una étnica, el cholo, y otra dinástico-popular, la china­ mucho más cercanas a sus habitus de clase, para decirlo en términos del sociólogo francés Pierre Bourdieu, que la de los tres scholars limeños de corbata.

No basta con la foto fija del final. Es importante evaluar la carrera completa para no equivocarse de enfermedad. El populismo de ultra, derecha o izquierda, sólo prende en tierra abonada. Y cuando prende, es muy difícil frenarlo. Por eso, es mejor prevenirlo. Los venezolanos lo sabemos bien.

 
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