Bogart, ese inextinguible planeta

Humphrey Bogart

Humphrey Bogart

CARLOS BOYERO

 

Sabiendo de mi amor incondicional a un actor, personaje, símbolo, aroma, estilo o lo que fuera aquella personalidad irrepetible que respondía al nombre de Humphrey Bogart, me regalan la última biografía que ha aparecido sobre ese justificado mito. La firma Stefan Kanter y la consumo de un tirón entre un viaje de ida y vuelta en el tren, en ese ambiente tan ancestralmente adecuado para el placer de leer, rodeado de gente que teclea incansablemente en sus ordenadores, que al parecer compagina con desarmante naturalidad los viajes con el trabajo, sin tiempo ni ganas para algo tan superfluo como observar el paisaje o las musarañas. Pero la narrativa que utiliza Stefan Kanter no está ni de lejos a la altura estética del biografiado. Posee un tono tan correcto como académico. Tampoco desvela cosas nuevas sobre ese príncipe del existencialismo. Describe con estilo monótono y tibio las luces y sombras de un individuo demasiado complejo. Tira de archivo, recurre a la socorrida hemeroteca al haber desaparecido casi toda la gente que trató a Bogart, todo suena a ya visto, leído y oído para cualquier iniciado en la fascinación hacia aquella personalidad singular, hacia un hombre que se despide de este mundo a los 57 años, una edad milagrosa para alguien umbilical y vocacionalmente unido desde la adolescencia a una copa en la mano y un cigarrillo en la boca. Y por supuesto, también fumaba y bebía con infinita clase, haciendo un arte de gestos tan repetidos y aparentemente triviales.

El esplendor del chulo con causa más hipnótico, duro, inquietante y conmovedor de la historia del cine (y no me olvido de los sublimes Cagney y Robinson, que aún eran más pequeñitos y feos que Bogart) ocurre en la década de los cuarenta, pero será renovable en cualquier época, algo que jamás perderá el encanto para el paladar cinéfilo de generaciones que no habían nacido cuando este hombre la palmó. Tuvo la fortuna de que escribieran para él diálogos prodigiosos, de que el mejor blanco y negro se enamorara perdurablemente de su machacado y expresivo rostro, de que algunos de los mejores directores que ha dado el cine le consideraran el transmisor ideal de su universo, de que los personajes más atractivos, arrogantes, dignos, turbios, mordaces, amargos, bordes, individualistas, torturados, complejos y sombríos se sintieran felices de que Bogart se metiera en su piel y en sus emociones sin renunciar a ser él mismo, otorgándoles profundidad, ritmo, matices y verdad. Pero incluso cuando interpreta a caricaturas, cuando le obligan a repetir y habitar frases y lugares comunes, los guiones son tópicos o enfáticos, desvaída la intriga y todo huele a decorado, siempre existe un momento en el que este tipo te ofrece algo auténtico y que merece la pena. Verle y escucharle siempre justifica el precio de la entrada. Es más que un actor, es un género, una forma de ser y de estar, de andar por la vida, de resistencia, de permanente mosqueo ante la autoridad.

Cuentan que en la vida real podía ser tan querido como insoportable, que más de una vez le partieron la cara con razón, que empezó tirándose el rollo contra los cazadores de brujas pero que reculó a toda prisa declarando que los subversivos solo habían querido manipularle y utilizarle cuando vio las orejas del lobo, que los grandes estudios podían enviarle al destierro. Cuentan que era muy lúcida la paradójica descripción que hizo de su reverso tenebroso y de su alcoholismo el hostelero Dave Chasen: “Bogie es un tipo encantador hasta las once y media de la noche. A partir de ahí no le aguanta ni Dios. Se cree que es Humphrey Bogart”. Cuentan que Billy Wilder le espetó durante el problemático rodaje de Sabrina: “Examino tu fea cara, Bogie. Miro los valles, las grietas y los hoyos de tu fea cara, y sé que en alguna parte bajo esa asquerosa cara de mierda… Hay mierda”. Cuentan que dividía al género humano entre “profesionales” y “vagos”, y que respetaba tanto a los primeros como despreciaba a los segundos. Cuentan que despertaba tantos amores como odios. Cuentan que después de una existencia abrupta, de una relación complicada con la vida, fue razonablemente feliz con Lauren Bacall, sus amigos y su barco.

A mí, Bogart me parece una de las cosas más hermosas que le han ocurrido al cine. Mi ya difunto amigo Manolo Marinero escribió un penetrante, lírico, maravilloso libro sobre Bogart. También hablaba con lenguaje y sentimiento imperecederos de las personas y las cosas, la esencia del cine, la gente fronteriza, aquellos cuyo camino jamás fue protegido por una estrella, de sí mismo. Me urge releerlo. Y volver a ver en programa doble Casablanca y En un lugar solitario.

 
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