Fin de ciclo

Simón Garcia

Simón García
simongar48@hotmail.com

Una odisea que exige tres requisitos iniciales: un líder, sentido de corresponsabilidad del mundo productivo y una activa participación de las fuerzas

 

La intención de perpetuación en el poder ha sido un norte permanente del actual gobierno. Un componente tan central que su misión, empeñada en generar una “sensación” revolucionaria, se ha concentrado en imponer un sistema de control de todas las instituciones y de dominación política de largo plazo.

Pero la realidad está fulminando un modo de ejercer el poder que sólo rinde beneficios, ideológicos y materiales, a quienes lo detentan. El gobierno está cogiendo goteras en un techo que ya no resiste la multiplicación y el peso de los problemas.

Su justificación en la aversión a la llamada IV República ya no opera porque la V es el verdadero pasado del país. También su oferta de futuro está perdiendo credibilidad por el abuso de las promesas, las evidencias de incapacidad y el desbordamiento de las crisis.

En esas circunstancias, la escogencia de la persona que va a encabezar la alternativa del 2012 pasa a ser una clave del éxito del país. Por eso la calle está debatiendo el asunto, masticando a su manera los requisitos de eficacia electoral y los atributos que desea en un candidato obligado a participar para ganar.

Los partidos deberían prestarle atención a ese proceso silvestre porque puede ser otro medio para recuperar legitimidad y fortalecer un mejor sistema de expresión y representatividad.

El interés en las primarias será mayor si candidatos y organizaciones apoyantes incluyen en sus objetivos inmediatos la comprensión y la relación con la nueva conciencia ciudadana que está emergiendo y la ruptura práctica con las formas vacías de hacer política.

En particular no parece conveniente suponer que si todos los competidores son buenos basta con que la votación decida el mejor. Primero, por el abandono de una función cultural que deben readquirir los partidos.

Segundo porque hay que desplazar la “política de salón” reducida al imperio de la imagen, a las figuras del impacto y la repetición de un discurso sin pensamiento sólido sobre el cambio que se ofrece y los valores a los que se asocia.

No se trata de engolar la voz para solicitar un estadista sino de acertar en un líder, unas propuestas y una estrategia que convierta al descontento social en votos, que sea capaz de atraer a los aburridos con la rutina política, a los desencantados con las falsas promesas y motivar a quienes no están seguros de cambiar un baño de playa por una cola para votar.

 

Una odisea que exige tres requisitos iniciales: un líder que, al margen de la edad, proyecte las aspiraciones comunes; sentido de corresponsabilidad del mundo productivo y una activa participación de las fuerzas impulsoras de cambio como el movimiento estudiantil, profesional, vecinal, de los nuevos derechos o los sin techo.

 
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