INDIGNACIÓN Y JABUGO

 

Carlos Raúl Hernández

Quien va a la protesta sabe que en algún recodo hay una bala acuñada para él.

 

 

 

 

Carlos Raúl Hernández
carlosraul.carlosraul@gmail.com

Van más de veinte años de la era de la revolución y no nos damos cuenta. Entre 1989 y 1991 miles de jóvenes despeñaron el Muro de Berlín, acabaron con la Unión Soviética y orillaron el comunismo a su auténtica naturaleza, una vergüenza anacrónica e inhumana. Luego vinieron las revoluciones de colores: la caída de Milosevic en Yugoslavia, 2000; la “revolución de las Rosas” que derrocó a Shevardnadze en Georgia, 2003. La “revolución naranja” llevó al poder a Yushchenko en Ucrania, 2004. En 2005 la “revolución de los tulipanes” defenestró al tirano Akajev en Turkistán, y la “revolución del cedro” sacó de cuajo las tropas sirias del Líbano. Hoy sacude al planeta la Primavera Árabe de 2010-2011. Los seres de un día batallan por salir de los tiranos y vivir con dignidad. Pese a las conquistas logradas, nadie está seguro de no retroceder y tampoco estos experimentos en Libia, Egipto, Yemen, Siria, Túnez y Costa de Marfil, pero cada vez es más difícil para los autócratas sostenerse. La sociedad abierta descabezó al nacionalsocialismo, al comunismo y ahora avanza sobre las nuevas amenazas, que siempre son viejas.

Para un joven libio indignarse es jugarse la vida en el clima siniestro, degenerado, de una satrapía policial, tomarse la cápsula azul de Morfeo en Matrix e ir al espacio virtual que conoce por las redes y sabe muy cerca… al otro lado del Mediterráneo. Como cuando One pasaba de un mundo a otro por la línea de Internet, de pronto un movimiento civil y pacífico emergió en el estruendo de cohetes y fusiles en el mundo real (diez mil muertes) sin que nadie comprendiera bien la transubstanciación. Lástima que Huntington murió, y que en la decadencia de su otrora fundamental pensamiento no pudiera ver que, en vez de “clash de civilizaciones”, sencillamente la civilización, encarnada en los jóvenes, avasalla la barbarie. A diferencia de lo que diría el maestro de Harvard, no hay civilizaciones en plural sino una sola, la libertad, que pertenece a todo el género humano.

En Bahrein hay más de ochocientos presos del movimiento de protesta contra Al-Khalifa, sometidos a torturas bestiales. En este retienen sin garantías a personas cuyos nombres tal vez nunca más oigamos: Ibrahim Sharif, Abdel Hussein, Hassan Meshaima, Mohamed Muqdad, Abdel Singace y Abdulhadi al Khawaji, este último ex presidente del Centro de Bahrein por los Derechos Humanos, hoy con cinco fracturas en el rostro por torturas. Otro preso registra más de cuarenta quemaduras de cigarrillos en el hombro izquierdo. Un joven libio, tunecino, yemenita o egipcio, sabe que conquistar una sociedad para vivir decentemente requiere jugársela completo, encarar la hidra que ha devorado ya varias decenas de miles de vidas. Tomarse un vino, comer en un restaurante, ir al cine, escoger entre cientos de canales de televisión, leer un buen periódico, pensar en alta voz y poder caminar por las calles hasta la madrugada, -ser libre-, las cosas sencillas de un ciudadano occidental, cuestan derramar muchos sacrificios. Esa es la revolución de la Era. Contra ella pugnan los bochornos de Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Bolivia.

Siria debe tener ya mil asesinados en las manifestaciones desde finales del año pasado. Quien va a la protesta sabe que en algún recodo hay una bala acuñada para él. En esas calles siniestras, torvas, perfumadas a cuchillo, trescientos muchachos con las bocas secas, guapos en acepción latinoamericana, salieron el fin de semana en Damasco a pelear y sorprendieron a Trinidad Jiménez cerca de la Mezquita Omeya -tal vez crea que en Siria tampoco hay presos políticos. Trescientos espartanos solitarios, dispuestos a todo, “armados más de valor que de acero” diría Quevedo, desafían el régimen hereditario de Bashar al Asad.

Y a estos majos indignados (amamantados) del Estado español con los impuestos que pagan los trabajadores… ¿les dará vergüenza si alguien los compara con sus colegas más allá de Gibraltar? Devoradores de Pata Negra y Manchego, de buenos Valdepeñas y Ribera del Duero, agotan las existencias del Museo del Jamón, El Corte Inglés y Galerías Preciado a escasos ciento cincuenta metros. Mientras más hacen el amor, más quieren hacer la revolución. Con la misma retórica necia, desorientada y desenterada de la antipolítica, duermen abrazaditos en sus carpas, bien protegidos por la policía, en rebelión contra la prodigalidad de su propia suerte. No escatiman hacer el monigote. Ellos quieren cambiar el mundo, pero cuidado que parece que el mundo les va a cambiar bajo los pies.

 
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