¿20 años sin Apartheid?

Javier Brandolí, Ciudad del Cabo

La presión internacional y -en concreto- la asfixia económica, lograron que se produjera el milagro el 17 de junio de 1991. Ese día las tres cámaras del Parlamento sudafricano (blanca, mestiza e hindú) derogaban la última de las leyes sobre las que se sustentaba el Apartheid: «Los recién nacidos no serán clasificados por razas». Se terminaba así con toda una cadena de normas que comenzó en 1913 con el Black Land Act, por el que la población negra podía ser desposeída de sus tierras. Fueron casi 80 años en los que se prohibió la mezcla de razas y se dividió el país entre blancos, mestizos, hindúes y negros. Los primeros acaparaban el poder político y económico. Los demás eran las mulas de carga del Apartheid. ¿Cómo era la Sudáfrica de 1991 y cómo es la Sudáfrica de hoy?

 

Nelson Mandela visita a Valencia en 1991 y tras ser condecorado privadamente, comparte un grato momento con el Gobernador, Henrique Salas Römer, mientras caminan hacia el Salón Bolívar del Capitolio regional.

Hace 20 años la economía sudafricana estaba en quiebra por un goteo de sanciones internacionales que les había arrinconado. La Guerra Fría tocaba fin, y EEUU y Gran Bretaña, que vieron antaño en Sudáfrica el país desde el que podían detener el avance del marxismo que envolvía los procesos independentistas, condenaban ahora desde la ONU el sistema racista sudafricano.

Por entonces también, Nelson Mandela, terrorista para algunos, mito para muchos y, tras 27 años en prisión, casi desconocido, comenzaba a tomar las riendas del Congreso Nacional Africano (era vicepresidente del CNA, tras un año de libertad, y encabezaba negociaciones secretas con el Gobierno). Eran tiempos muy difíciles.

Inkatha, un movimiento zulú creó una guerra interna de negros contra negros. Los zulúes masacraban ferozmente los feudos dominados por el CNA *, con la aquiescencia de la policía. « Los agentes confiscaban armas a los nuestros y al día siguiente la gente de Inkatha atacaba a los nuestros con esas mismas armas», recuerda Mandela en su ‘Largo camino a la libertad’. «Luego se supo que la policía del Apartheid había fundado Inkatha». La jugada era perfecta, afirma el ex presidente. A los ojos de la opinión pública el Gobierno hacía las reformas exigidas y eran los propios negros los que se mataban entre sí.

No fue la única jugada que salió de la cabeza de los líderes del Partido Nacional. Antes del 17 de junio de 1991, el Apartheid se había suavizado para mestizos e hindúes, a los que se les creó una ‘cámara parlamentaria de palo’ como la que tuvieron en tiempos de la colonia británica. La pérdida de esa representación, así como la de casi todos sus derechos, había empujado a hindúes y mestizos a unirse al CNA (no sin muchas discusiones. Los recelos eran mutuos). Por entonces, la propaganda del partido oficial consistía en un cómic que se entregaba a la población de Ciudad del Cabo que decía: «CNA: asesino de mestizos y de granjeros».

 

Mandela con su esposa Winnie, en 1994.

Fue en ese contexto social y político que se derogó la última norma del Apartheid legal, pero ¿acaso terminaba el Apartheid social? Tras dos décadas, cuatro elecciones y tres presidentes, el CNA domina políticamente Sudáfrica con una superioridad que sólo tiene contendiente en Ciudad del Cabo, donde gobierna la Democrática Alianza, partido multirracial, liderado por una mujer blanca. La mayoría del voto mestizo y blanco apuesta a la única oposición del ahora poderoso partido gubernamental. «A los mestizos no nos gusta el CNA», dicen ellos. En la práctica aquel maquiavélico cómic del Apartheid expresaba una realidad social: los granjeros blancos se sienten amenazados y muchos han decidido marcharse y vender sus tierras por la violencia, y los mestizos viven separados de los negros, con los que mantienen una tensa relación. De hecho, en las propias ‘townships’ sigue habiendo una separación de razas.

El dinero, por su parte, sigue en manos de los blancos y de una muy minoritaria parte de la población negra (en muchos casos conectada al poder político y salpicada de corrupción). Una de las grandes sorpresas de los políticos del CNA fue comprobar cuando tomaron el poder que la caja estaba vacía. «Pensaban que el Apartheid les dejaría un país rico y lo encontraron en la bancarrota», explica Alec Rusell en su libro ‘Después de Mandela’. El CNA aprobó entonces una ley, la BEE, por la que las empresas tienen la obligación de contratar empleados en proporción al número de habitantes de cada raza. Para muchos, se trata de un Apartheid a la inversa porque discrimina contra los blancos y otras minorías; para otros, es justicia social tras años de brutal represión.

Lo que se ha conseguido es reinventar clases sociales. Hay una incipiente clase media negra/mestiza y una incipiente clase blanca pobre. Muchos blancos están emigrando a otros países por la falta de oportunidades. El proceso de cambio es muy lento, lo que se puede apreciar a simple vista, paseando en coche por muchas localidades. La perfecta ciudad de casas victorianas de los blancos sigue aún rodeada de miles de casas miserables donde viven los negros y mestizos hacinados. Hay mejoras, pero queda mucho por hacer.

La unión social parece lejana. Hay siempre una tensa calma. Las distintas razas viven juntas pero sin mezclarse, aunque algún avance se observa en las generaciones más jóvenes. Entre tanto, el último residuo del racismo está afectando a los negros inmigrantes. Por venir de otros países, son rechazados violentamente por quienes ven en ellos una amenaza a sus puestos de trabajo. «Éste es un país racista de todos contra todos», denuncian al llegar quienes hasta hace poco eran ‘hermanos africanos’.

En Kwla Zulu Natal sigue habiendo heridas abiertas entre las huestes del viejo líder de Inkatha, Buthelezi, y el CNA. «Quieren venir a amenazarnos a nuestra tierra», declaraba Buthelezi antes de las elecciones locales de mayo de 2011. Se refería a las juventudes del CNA, que pretendían manifestar ante la misma casa del viejo líder. La respuesta fue volver a ver a zulúes armados y amenazantes. Las imágenes recordaban las pesadillas del pasado. No pasó nada.

Veinte años después de caer la última ley del Apartheid, en Sudafrica hay razones tanto para ser optimista como para no serlo. Quizá el país del arco iris que bautizó el obispo Desmond Tutu sea un imposible. Quizá éste sea, por el contrario, el nuevo Zimbabwe, liderado por las revolucionarias juventudes del CNA que declaran abiertamente su intención de nacionalizar minas y granjas. Pero quizá tampoco. Quizá el mandato de Mandela de vivir en paz sea inamovible (lo será al menos mientras él viva). Quizá la invariable mejora de su macroeconomía haga que germine el proyecto en el que negros, mestizos y blancos vivan juntos. Ya lo advirtió Mandela entonces: «Pasarán muchos años para superar los efectos de estas leyes racistas».

Fuente: El Mundo, España

 


* la mayoría de etnia Khosa

 
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