¿NO FUE EN NOMBRE DE LOS POBRES?

Tulio Hernández

TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net

 

El calvario de los barrios es una asignatura que todos los gobiernos venezolanos de la segunda mitad del siglo XX en adelante han aplazado.

 

La aplazó Pérez Jiménez a pesar de que bajo el lema “La batalla contra los ranchos” desarrolló un ambicioso plan de construcción de superbloques. No fue suficiente. Para 1958, cuando huyó, dejaba tras de sí una ciudad aún poblada de ranchos mientras millares de familias aguardaban para venirse a construir otros más.

Tampoco la democracia la aprobó. A pesar de los organismos y leyes que creó y de muchos programas exitosos, en los casi cuarenta años de gobiernos bipartidistas los barrios se multiplicaron hasta representar casi la mitad de la capacidad habitacional de las ciudades pero al precio de convertirse en espacio de carencias donde se condensaron las penurias de la escasez de servicios, la deserción escolar, el hacinamiento y la violencia, como síntomas de una inaceptable exclusión social.

 

Sin posibilidad de acceder a una vivienda, ni subsidiada por el Estado ni ofrecida por el privado, la gente aprendió a invadir terrenos y a construir con sus propias manos e ingeniosas técnicas la casa propia. Así, la ciudad creció silvestremente, y el caos y la carencia se hicieron modo de vida urbano “natural”.

 

Hasta que llegó Hugo Chávez al poder y el nombramiento de un equipo de reconocidos especialistas, capitaneados por la arquitecta Josefina Baldó, al frente del Consejo Nacional de la Vivienda, hizo creer a muchos que ahora sí, ¡por fin!, se atacaría el problema.

 

Para ese momento las dos ideas convencionales ­la de aquellos que creían que la solución de los barrios era hacerlos desaparecer y construirlos de nuevo, y la de quienes militaristamente creían en el criterio de la reubicación forzosa­ habían sido superadas por los especialistas de punta. La nueva convicción, y Baldó junto con Federico Villanueva eran sus promotores, es que los barrios también son ciudad y, en consecuencia, lo mejor que se puede hacer con ellos es incorporarlos a la sociedad a través de obras de planificación que les permita superar sus carencias de servicios con mejores niveles de urbanización. Era lo que se conocía como “programas de rehabilitación física de los barrios”. La solución integral.

 

Pero el Gobierno bolivariano tampoco se lo tomó en serio. Sustituyó a los que saben.

 

Colocó en los cargos a sus rojos incondicionales y optó por los caminos del clientelismo efectista, el programa que deja ganancias vía soborno, o el ensayo y error. Y ahora, doce años después, al verificar los resultados, ha terminado confesando su fracaso al proponer a última hora, y como estrategia evidentemente electoral, la Misión Vivienda. Esto es, la promesa irrealizable de que todo aquel que no la tenga recibirá una casa propia cuyas llaves le serán entregadas por Hugo Chávez en persona frente a las cámaras de Aló, Presidente. Pero para que eso ocurra, ¡tiene usted que entenderlo querido aspirante!, es indispensable que el comandante en jefe gane otra vez las elecciones presidenciales.

 

El asunto es vergonzoso. Estamos frente a una operación doblemente inescrupulosa. De una parte, porque, como bien lo han advertido el Colegio de Arquitectos, la Facultad de Arquitectura de la UCV y algunos bolivarianos ­los venerables autores de la página de opinión en Últimas Noticias titulada Aceras y Brocales­, se trata de un plan técnicamente improvisado que de llegar a aplicarse tendría un efecto casi que irreversible en el ya desastroso paisaje urbano del país.

 

Y, de la otra, lo perverso, porque juega con las necesidades de la población excluida y convierte en señuelo electoral algo que es un derecho humano contemplado en la Constitución. ¿No fue en nombre de los pobres que estos militares dieron el golpe de Estado en 1992? Si es por la asignatura “Barrio”, todo indica que la razón era otra. Aplazados también.

 

 

 
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