ACLAMACIONES

Américo Martin

Desde la cima  del Avila

Américo Martín
amermart@yahoo.com

@AmericoMartin

“Cuando mozo le dijeron que no sabía sentir sino representar los sentimientos” Tomás Eloy Martínez.

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¿Es puro teatro la enfermedad del presidente? La pregunta me llega por twitter. Da pie a un par de conjeturas: primera, no hay tal enfermedad, todo es un ardid con fines aclamacionistas; y segunda, el diagnóstico es de pronóstico reservado, la enfermedad es grave o terminal y los aspavientos sobre su regreso triunfal son apenas un esguince para ganar tiempo. La sustitución es muy difícil porque así lo quiso un movimiento creado alrededor de un personaje de la naturaleza de los dioses; y por lo tanto como no hay ni puede haber sucesión inmediata, lo procedente sería distraer al país mientras se decide qué hacer.

Como puede apreciarse son los dos extremos de una respuesta. Dividido profundamente como está el país, las corrientes polarizadas tienden a pegarse a la pared del fondo, sin dejar espacio para interpretaciones, no sé si ciertas, pero cuando menos más fríamente elaboradas.

Buda descubrió la verdad en el medio del río. No lo acepto como postulado general, pero en relación con el mal que aqueja al presidente me parece acertado. Es muy difícil inventar una enfermedad grave o menos grave y sostenerla por semanas de cara al mundo. Es una noticia que ha interesado a los medios. Periodistas muy listos y políticos y profesionales de muchos países buscan penetrar el hermetismo de los gobiernos de Cuba y Venezuela. Dos países que convierten en secreto de estado la enfermedad de sus jefes y, al igual que el Juan Primito de Doña Bárbara, espantan los “rebullones” que los acosan, como una plaga de avispas, invisible a los demás.

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La enfermedad de Chávez es muy verosímil aunque las causas y el diagnóstico médico permanezcan ocultos. Pero como las políticas son versátiles, se presenta la oportunidad de convertir la que aqueja al presidente en un pomposo retorno plagado de lágrimas y de dinero, que el personaje aprovechará para tratar de unir los restos fragmentados de su partido y hacer algo con sus enloquecidas políticas, a ver si es posible desinflar la bomba social. Aproximándose las elecciones y sin nada que ofrecer, el presidente trataría de intensificar las emociones colectivas con una Aclamación.

¿Se saldrá con la suya? No lo descarto pero el problema es que faltan muchos meses para la prueba electoral y los aspavientos aclamacionistas suelen pasar tan rápidamente como llegaron. Sobre todo con las nada pasajeras protestas que sacuden a Venezuela de un extremo a otro. Además, mientras más gente descubra el espectáculo circense que estaría por organizarse, menos impacto tendrá. Aprovecho pues mi columna en ABC para hacer evidente la farsa en ciernes.

El diputado Saúl Ortega demuestra estar en el ajo. Anuncia que el recibimiento del amado líder “será apoteósico”, pero su gestualidad descubre los temores que lo asaltan. No promete viviendas, obras de infraestructura, impulso a la educación y la salud, solución a la tragedia de los damnificados y a la espantosa crisis penitenciaria, empleo y mano dura contra la desbordada delincuencia. No, no propone nada de eso. Se limita a decirnos que el Mesías está por llegar y debemos recibirlo devotamente. Cristo viene, anuncian grupos evangélicos. Chávez retorna a la Jerusalén vernácula; recibámoslo arrebolados y no lo atormentemos con quejas menores.

En las Aclamaciones latinoamericanas el héroe es un endiosado líder que detenta la totalidad del poder y gobierna bajo una caricatura de democracia. Autocrático, personalista, en lugar de programas bien fundados se vuelca sobre una multitud acrítica a la que le larga discursos interminables y desoladoramente vacíos. Para que no decaiga la perorata, en cierto momento aparece el amenazante enemigo externo, culpable de la crisis y del fracaso de los ministros. El enemigo externo es el desgastado acicate  para conjurar la deserción y pérdida de fe de la alicaída militancia.

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La aclamación del general José Tadeo Monagas se produce tras el nada honorable asalto al Congreso el 24 de enero de 1848. Los áulicos, sin nada que celebrar, convirtieron este despojo en alta expresión revolucionaria y procedieron a entronizar al nuevo autócrata.

Tuvimos la mala suerte de que un visionario, progresista, fuera un ególatra dado a apropiarse de los recursos públicos. Su entorno le hizo creer que era el legatario del Libertador. Un hijo de Bolívar no estaba para gobiernos breves, pero como en el fondo despreciaba a una Venezuela que consideraba poca cosa para su genio, se desasió del poder. Es curioso este caso. En 1886 Guzmán había sido electo presidente constitucional por tercera vez, después de la Aclamación que le organizó el más recio de sus seguidores, el taita Joaquín Crespo. Pero un año después se fue para siempre a su amada Europa. Había perdido el gusto al mando pero no al besamanos de los áulicos.

En 1906 le tocó su Aclamación a Cipriano Castro. Fue la más grotesca y teatral. Dirigida por él mismo, aquello fue un espectáculo florido que lo llevó en triunfo a la sede del gobierno. Dos años después estaba tumbado.

Los movimientos de esta índole habían perdido prestigio en nuestro país. El de 1906 resultó tan irritante que pareció cerrar para siempre ese capítulo. ¿”El regreso apoteósico de Chávez” de que nos habla el diputado Saúl Ortega pretende devolvernos a ese vergonzoso pasado?  Sinceramente espero que no, pero pronto lo sabremos.

¿Tendrán algún significado los derretidos elogios que de un tiempo a acá le viene prodigando el comandante al general?

 
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