Me gusta la derecha, ¿Y qué?

Karl Krispin

Karl Krispin
kkrispin@hotmail.com

 

Las encuestas demuestran que nadie se quiere declarar ni de derecha ni capitalista.

No que se sea capitalista, sino que se crea en las bondades del capitalismo. Los más arrojados apuestan por el centro. Ahora se mercadea la gelatina inodora de la democracia social que se escurre de las manos. Se insiste en el tema de la responsabilidad social pero no se mencionan las libertades económicas pisoteadas por un Estado cada vez más invasivo. No hay espacio para la sobada responsabilidad social si previamente no se garantiza un capitalismo generador de riqueza. ¿Cómo se va a repartir lo que no existe?

En las apariciones de los candidatos, pocos le arriman el mingo a la empresa privada porque entonces se suena vendido al capital, otro megafraude con que los carentes de criterio de la izquierda nos han estafado. ¿Quién se atreve a hablar de la reprivatización de las empresas públicas que hoy en día tan sólo son estructuras clientelares arruinadas, cascarones vacíos y máquinas derrochadoras de recursos? Nadie, porque eso sería ponerle el cascabel al gato.

En las pasadas elecciones presidenciales el candidato Rosales inventó un dispositivo demagógico aberrante: la tarjeta Mi Negra, con la cual los venezolanos tendríamos nuestro débito populista de la torta petrolera. Quería decir aquel adefesio que se nos reconocía nuestro derecho a la piñata por el solo hecho de portar una cédula de identidad. Con soluciones ilusorias no se llega a ningún lado, y para superar el desahuciado estado de la actualidad hay que actuar con la convicción de una ideología que restablezca el Estado de Derecho, la seguridad jurídica y haga florecer la empresa privada. Sin empresa privada no hay país posible.

No sé cuál es el temor a la derecha. Los dictadores Augusto Pinochet, Jorge Videla, Alberto Fujimori o Francisco Franco nunca fueron representantes de liberalismo alguno. Me gusta la derecha liberal por su inequívoco respeto a la libertad, por su régimen tributario que genera beneficios, porque fomenta el crecimiento económico de los pueblos.

El socialismo lo que ha realizado en la historia es repartir pobreza. ¿Qué es Cuba, sino una isla de muertos de hambre? El socialismo escandinavo está quebrado y hasta el vodka Absolute y Saab los han tenido que salir a vender. Creo en el emprendimiento individual y sus posibilidades de realización.

En ningún sistema del planeta los Estados dejan de intervenir, porque no hay sistemas puros, y Adam Smith es tan utópico como su némesis ineficiente, Karl Marx, que ni siquiera articuló una solución económica alterna al capitalismo.

Nuestro Estado actual es abuelista, porque ya ni paternalista es, pues, cada vez dispone de menos y para que suelte hay que hacer como esos nietos que aprovechan la siesta del abuelo para sacarle una mesada. En la transición del futuro tendremos que seguir manteniendo el asistencialismo para desmontarlo poco a poco, una vez que los ciudadanos hayan dejado de tenerle miedo a la libertad y hayan desaparecido los excluidos, inherentes del populismo.

El candidato de la oposición y próximo presidente debe tener la clarividencia para entender que el paso a una Venezuela próspera sólo será posible con una Venezuela capitalista. Lo demás son grageas neurolingüísticas de teoría inútil, recetas de boticario vencidas y literatura rimbombante para el Foro de Porto Alegre. Dejen la fulana Mi Negra para el archivo de desaciertos que aquí tiene más tomos que la Enciclopedia Británica. Ojalá saquemos la lección de estos doce años de oprobio y no tengamos una recaída.

 

 

 
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