Con su gobierno y sus propias leyes
El país de los pranes

Roberto Guisti

Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com

 

Nada desmiente más el supuesto pase al socialismo que el terror imperante en las cárceles

 

Alguien se habrá preguntado, seguramente, porqué un pequeño ejército con poder de fuego suficiente como para abrirse paso a plomo limpio hacia la libertad, prefiere vivir y morir cautivo en un infierno donde reinan el hacinamiento, la promiscuidad y el crimen. La respuesta no parece sencilla, pero lo es: porque en ninguna parte, más allá de los muros de la prisión, podrá alimentar el sistema que ha hecho de las cárceles venezolanas auténticos microcosmos, países en miniatura gobernados por organizaciones que hacen las veces del Estado, imponen sus propias leyes y crean un modelo donde desde el lugar que ocupas, hasta el baño que utilizas y no se diga la sobrevivencia, tienen un precio estipulado.

Cuando alguien penetra en un penal venezolano con toda seguridad va a pagar, con creces, el delito que pudo haber cometido y sin necesidad de ir a tribunales es posible que sea condenado a muerte, a un presidio indefinido o a las peores humillaciones y privaciones, ante la ausencia de un Estado que, puertas adentro, deja de existir para darle paso al poder omnímodo de las mafias.

Paradojas aparte, nada desmiente más el supuesto pase a una sociedad socialista (¿acaso el régimen cubano se baja los calzones como lo hace el de aquí ante una organización criminal que domina los presidios y actúa allí como le viene en gana?) que la existencia de estos mini países caracterizados por el más salvaje capitalismo y una existencia de terror que supera la peor de las pesadillas totalitarias.

Ni socialismo democrático, ni socialismo fascistoide, lo que hay en el país es una guachafita sangrienta y descontrolada, una de cuyas manifestaciones más escandalosas y vergonzantes la constituye el régimen de terror en las distintas penitenciarías donde mueren, o se pudren en vida, venezolanos olvidados y marginales cuyo rescate, dignidad y bienestar suelen ser, según el discurso oficial, la causa y razón de ser de esta caricatura de revolución invadida por la corrupción y la ruina moral.

Un gobierno que no sólo armó a los individuos más violentos de la sociedad y les dio toda la libertad (oh paradoja), de la puerta hacia adentro, para que llegaran a la cima de un poder al cual él mismo renunció, ha llegado a un nivel de descomposición ya irreversible.

Atrapado en sus propias contradicciones, se enfrenta con un adversario que prefiere morir en su ley porque no hay nada que negociar (¿acaso les van a garantizar a los pranes la continuidad de su dominio?) y eso está dejando pocas salidas a una solución pacífica que ponga fin al horror de El Rodeo.

 

rgiusti@eluniversal.com

 
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