CULTOS Y APLAUSOS

Américo Martin

Desde la cima del Avila
Américo Martín
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@AmericoMartin

“Redoblad la guardia, Triplicadla ante su tumba, Para que Stalin permanezca siempre dentro Y con él, lo que debe pertenecer al pasado”
Yevstuschenko, Pravda 1962

 

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La enfermedad del presidente –ligera o no- ha proporcionado una radiografía del poder. En Paraguay, para no ir muy lejos, el presidente Lugo anunció que padecía de cáncer; el tratamiento fue seguido como un hecho natural sin consecuencias imprevisibles. El vicepresidente Franco, un opositor, ocupó la ausencia temporal mientras tirios y troyanos le deseaban al enfermo pronta recuperación. Kennedy fue asesinado y Johnson lo sustituyó. Nixon renunció y Ford lo sucedió. Es el mecanismo normal en las sociedades democráticas. No hay traumas, funciona una Constitución válida para todos.

¿Por qué en nuestro maltratado país resulta explosiva la enfermedad del presidente?  Obviamente, porque la cumbre de poder no tiene idea de lo que sea la democracia, y por eso ausencias si a ver vamos explicables dan lugar a una desquiciada  mitología que habla de conspiraciones al acecho. La ironía quiere que sea “el secretismo” el causante de los rumores.

La revolución no es sino el disfraz de una estrategia destinada a aniquilar la disidencia, así destruya de paso la esperanza del desarrollo productivo y de una sociedad libre, donde convivan todas las corrientes del pensamiento.  El totalitarismo no surge de un tirón. Resulta de un proceso de destrucción de espacios de libertad y de construcción de un poder centralizado, empuñado por una sola persona. Ese proceso puede completarse o revertirse, conforme al grado de resistencia civil. Por comprenderlo, la  alternativa democrática no abandona espacios, trátese de las elecciones, defensa de la educación libre, contratos colectivos laborales o derechos humanos y libertades fundamentales. Abstenerse es regalárselos al otro.

Miles de protestas  han frenado el avance autocrático, pero no su conformación vertical para rendirle culto a una infalible divinidad. “Regresará cuando le dé la gana” es la patética declaración de un alto dirigente del PSUV, agobiado por carecer de respuestas.

 

2

 

En el XX Congreso de los comunistas soviéticos (1956) comenzó la demolición del endiosado Stalin. Un dirigente del partido escribió:

“la glorificación de una persona, su elevación al rango de superhombre con cualidades sobrenaturales comparables a las de un dios es contraria a los principios del marxismo-leninismo”

La historia demostraría que más bien estaba en la esencia del marxismo-leninismo. En sus últimos artículos en Pravda, poco antes de morir, un desconsolado Lenin pareció vislumbrarlo: hemos reproducido lo peor del zarismo, escribió. El Estado mandado por un zar despótico. Por eso abolir el culto a la personalidad fue la misión del llamado “deshielo soviético”. El sistema colapsó, pero antes de caer dejó una lección a los comunistas del mundo: no más caudillos infalibles, no más dioses revolucionarios. La lección fue tan fuerte que Stalin no volvió a su mausoleo cuando, destituido Jruschov, apareció una contracorriente restauradora. El deplorable pasado volvió, sí, pero sin émulos del sanguinario fallecido.

Esa lección no tiene lectores en la sedicente revolución bolivariana. El culto a la personalidad, la deificación del caudillo están aquí otra vez, cómicamente revestidas de socialismo siglo XXI.

Picón Salas aseguró en 1958 que derrocado Pérez Jiménez desaparecían los últimos residuos de mesianismo militar.  Relata el historiador Rafael Simón Jiménez que en 1936 el Ministro de Guerra y Marina Isaías Medina Angarita, quien pronto alcanzaría la Presidencia, dijo en charla a los cadetes de la Escuela Militar “que los hombres son detalles pasajeros  y Venezuela no debía estar más nunca pendiente de que se le acelerara o tranquilizara el pulso a un hombre”

Esos dos ilustres venezolanos, con un hinterland de 22 años, fueron voceros de la arraigada cultura democrática y de las valerosas luchas por la libertad. Olvidaron que la autocracia y el culto a la personalidad también tenían raíces y por eso en el nuevo milenio, Venezuela ha sido forzada otra vez a “estar pendiente de que se le acelere o tranquilice el pulso” al último de sus mandamases.

 

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Se dice que el presidente estará en Venezuela para los fastos del 5 de julio y la cumbre del Celac. Y aunque sigamos en las tinieblas en cuanto a sus padecimientos, debemos aceptar que seguirá en la política, al menos hasta diciembre de 2012. Los actos del presidente están rociados con polvo de divinidad. Su afección y retorno son corrientes, pero sus leales le darán un recibimiento “apoteósico”. ¿Acaso entrará a Caracas como Bolívar, para sellar una Campaña Admirable? O irrumpirá en triunfo, como Fidel a La Habana, luego de derrocar la dictadura de Batista? Castro se transformaría en un dictador totalitario. Sin sospecharlo, los cubanos salieron enfervorizados a recibir al mítico caudillo.

La Historia ocurre dos veces, dijo Hegel. Citándolo, Marx agregó: le faltó decir que una vez como tragedia y la otra como comedia. Y efectivamente, la tragedia de Fidel es la comedia de Chávez. No regresa éste a la patria a culminar una epopeya, sino después de curarse en el extranjero como cualquier cristiano con plata.

Los dos presidentes aclamados en nuestra accidentada historia fueron Antonio Guzmán Blanco y Cipriano Castro. El primero abandonó un año más tarde, y el segundo, dos. Pero fueron comandantes vencedores; en cambio el de ahora además de carecer de causa, militarmente no es guerrero lanza en ristre. Su aclamación será flor de un día, pero la tormenta social permanecerá mucho tiempo.

¿Cómo hacerle entender que su fallida gestión no está para celebraciones?

 
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