EL ESTADO DEL (MAL)ESTAR Y LAS REVOLUCIONES 2.0

 

KARINA SAINZ BORGO

Hace una semana, los indignados de la Puerta del Sol decidieron levantar el campamento y volcarse en asambleas callejeras, su nuevo frente. Sin embargo, aún saltan las preguntas. Para algunos, el 15-M es una reacción ciudadana ante “el fin de la fiesta” económica, para otros se trata de una respuesta global y la aparición de otra cultura.

La movilización en sí misma parecía la mejor noticia. Que la sociedad civil fuera capaz de organizarse supuso ­y supone­ para muchos una esperanza. Un estornudo de revoluciones 2.0 así parece demostrarlo. Primero Islandia, en 2008. Luego las revueltas de los países árabes y, finalmente, la madrileña Puerta del Sol, que irrumpió con el estallido de una ciudadanía que perdió la paciencia. Pero ni las buenas intenciones ni las pancartas son suficientes. Lo que se conoció como el Movimiento 15 de Mayo, el quince-eme o la Spanish revolution, se instaló en la vida política española para hacer un potente llamado de atención que hoy se esparce por toda Europa. Y aunque el campamento fue finalmente levantado el pasado, quedan de por medio algunas preguntas.

 

La alter politica

 

Los medios fueron los primeros en crear parentescos entre las protestas de la plaza Tahir, en El Cairo, y sus réplicas europeas. Sin embargo, ni son lo mismo ni podrían serlo. Al respecto, el brasileño Cristovam Buarque, político del Partido de los Trabajadores, propulsor del movimiento asambleario que dio origen al Foro Social Mundial a finales de los años ochenta, señaló en un artículo publicado en el diario El País de España que si los movimientos árabes suponen el comienzo de una nueva era democrática, los europeos, en cambio, apuntan al fin de una época: “La primavera árabe tiene como causa la falta de legitimidad de regímenes que no permiten la alternancia en el poder (…) El otoño europeo se produce porque, a pesar de disponer de todo lo que los árabes están descubriendo ahora, el sistema ofrece signos de agotamiento”.

 

Al ser consultado sobre el cómo y el porqué del 15-M, Fabio Gándara, la cara más visible de la plataforma Democracia Real Ya, DRY, principal motor de la acampada en Puerta del Sol, indica la influencia de países como Islandia. Allí, en plena eclosión de la crisis financiera que produjo la quiebra del mayor banco del país, el Kaupthing, un joven, Hördur Torfason, se acercó al Parlamento islandés, sacó la guitarra, cogió un micrófono y lo cedió para todos aquellos que quisieran expresar su malestar. El gesto devino en Los Sábados de Otoño, un movimiento de presión que precipitó la disolución del Legislativo y la convocatoria electoral el 23 de enero de 2009.

Para diciembre de 2010, e inspirados en Torfason, Gándara y otros jóvenes se habían organizado, a través de Facebook, en una iniciativa a la que se sumaron organizaciones sociales, espontáneos, blogueros y gente del movimiento ciudadano. Desde ahí se convocaron las primeras asambleas locales.

 

“Comprobamos que éramos gente muy distinta, pero que estábamos de acuerdo en lo básico”. ¿Qué es lo básico? Gándara y otros jóvenes como Felipe Fuentes, educador popular y militante de la asamblea de Carabanchel, piensan que se trata de un relevo: “Proponemos una alterpolítica, no una antipolítica. No pueden llamarnos antipolíticos porque no lo somos.

 

Usamos las asambleas

 

Usamos las asambleas, un recurso político como ninguno. Además, aquí confluye gente de muchos lugares, desde los que están vinculados a los grupos antiglobalización, luchas medioambientales, feministas y movimientos que vienen trabajando desde hace más de 20 años, hasta los abuelos que jamás habían hablado ante un micrófono”.

 

Apenas una semana después de comenzar la acampada, DRY había capturado la atención del mundo entero. La web tomalaplaza.net se convirtió en un hervidero y el Twitter su principal mecanismo aglutinador. Los trending topics y los hashtags se multiplicaron: los #nonosvamos, #yeswecamp, #democraciarealya, #notenemosmiedo, #tomalaplaza, #pijamabloc #acampadabcn, #acampadavalencia, a la vez que en 166 ciudades de todo el mundo ­Londres, Nueva York, Roma, Berlín, Turquía, entre otras­ se convocaban protestas del mismo formato. De acuerdo con una encuesta publicada por Demoscopia, 80%, 2 de cada 3 españoles, simpatiza y se siente representado en sus reivindicaciones.

Pero, ¿inventaron el agua tibia los indignados? Aunque para el analista Ángel Calle ésta es una puerta hacia el futuro, otros como Josep María Reniu, director de Estudios de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Barcelona, piensan que los problemas siguen siendo los mismos: “No creo que sea un fenómeno tan novedoso, puesto que hace años ya tuvimos acampadas en demanda del 0,7% del PIB para el desarrollo, etc… En este caso la diferencia es la interconexión entre los diversos colectivos. En el fondo aparece el substrato habitual de crítica a la democracia representativa y al papel de las élites políticas, pero la misma naturaleza asamblearia y horizontal del movimiento, como siempre, le niega capacidad de interlocución y de articulación de alternativas más allá de la expresión del malestar y descontento”.

 

Residuos de indignación

 

Hace una semana, el movimiento decidió levantar el campamento en la plaza para volcarse en las asambleas ciudadanas que se realizan en todos los barrios de Madrid y el resto de España. Mientras algunos militantes como Sonia, periodista y encargada de la comisión de comunicación de la Asamblea de Aluche, asumen que se trata de “transformación y profundización de las protestas”, otros como Miguel y Ana, de 21 y 19 años de edad, respectivamente, no lo ven tan claro.

 

Instalados aún en las quince carpas que siguen en pie en Puerta del Sol, ambos jóvenes discrepan de la decisión consensuada, justamente por no considerarla tal.

 

“El movimiento no está lo suficientemente fuerte en los barrios, por eso nos quedamos aquí, para seguir haciendo ruido”, dice Ana, secundada por Miguel: “¿Esto es una democracia, no? Pues yo decido seguir”. Ante la pregunta sobre si se sienten frustrados después de estar 28 días en un Sol que hoy se apaga, Miguel responde, sin pensarlo: “Yo no estoy frustrado, yo sigo indignado”.

Como ellos también piensan otros 70 indignados catalanes, quienes han decidido mudar la acampada al Parque de la Ciutadella de Barcelona. El movimiento realizará hoy una manifestación contra el Pacto del Euro, un paquete de medidas acordadas por los diecisiete países para combatir la crisis y la deuda. Para los indignados, esto supone más recortes en los derechos sociales y, por tanto, otro motivo de protesta.

 

Bancarrota histórica

 

Ángel Calle Collado, politólogo y columnista del diario Público, no ve en esto un fenómeno continental sino global. “En todos los lugares del mundo el tema es el cuestionamiento del poder. La gente quiere democratizar las organizaciones, las instituciones”, afirma sin perder de vista la bancarrota ideológica de esta crisis. “La clase política cree que los efectos de la debacle financiera se pueden parar haciendo recortes en el Estado del Bienestar, que se ha convertido no en una cifra sino en una crispación cotidiana. Es un reclamo muy profundo ante una socialdemocracia que ha perdido su razón de ser”.

 

Una interrogante queda en el aire. Si la sintomatología de una crisis era evidente y las socialdemocracias ya habían dado muestras de su poca imaginación y conexión con sus reivindicaciones originales, por qué brotan ahora los indignados cuando antes todos parecían resignados. Reniu encuentra algunos matices. Él considera que no existen explicaciones totales para un fenómeno de múltiples causas. “Sí, en el fondo late la preocupación por las medidas de ajuste económico implementadas como respuesta tardía y `sugerida’ por la Unión Europea a la grave crisis. Y que, en el caso español, proviene de la incapacidad sistémica de generar economía y tejido productivo. Los últimos 15 años, siendo receptores netos de fondos de cohesión de la Unión Europea, ha sido un período en el que la economía (bajo administraciones socialdemócratas y conservadoras) se ha dirigido casi exclusivamente a la promoción inmobiliaria”.

 

Esa “cultura del ladrillo”, a juicio de Reniu, no sólo caló entre las autoridades sino también en los mismos ciudadanos que, “sin reflexión crítica alguna”, se lanzaron a especular con la adquisición de viviendas. “Con el estallido de la crisis se ha hecho patente que hemos sido colectivamente incapaces de generar estructuras productivas. Ahí aparece el problema, cuando la ciudadanía percibe que `se ha terminado la fiesta’.

 

Además, la socialdemocracia ha perdido la batalla ideológica, puesto que no ha sido capaz de acomodarse al nuevo siglo, al igual que las organizaciones sindicales, deudoras de un discurso decimonónico que en nada ayuda a la superación del escenario actual”.

 

En el terreno de juego queda, sin embargo, un espeso aroma a gobierno conservador y medidas económicas aún más agresivas. Tras la defenestración de un posible líder de la izquierda francesa, Dominique Strauss Kahn, ex director del Fondo Monetario Internacional, en un lío de denuncias por acoso sexual, así como el naufragio electoral de otras izquierdas europeas, todo apunta a la cada vez más dramática situación de una sociedad que se topa de bruces con el fracaso del Estado del Bienestar, una creación keynesiana de la Segunda Guerra Mundial que, se suponía, debía sostener las bases de una Europa a la que hoy se le ven hilos, e indignados, por todas partes.

 

Tomado de www.prodavinci.com

 
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