Eustoquio quiso coger agua clara

Luis Cisneros Cróquer

Tiempo  Confidencial.

Era guapo, nada le asustaba, pero tuvo la mala suerte…


Luis Cisneros Cróquer
nirguayork48@hotmail.com

 

Y se fue temprano, saliendo de Barquisimeto antes de tomar café. Lo haría en Nirgua subiendo la cumbre de Batatal, pero tenía mucha prisa. No aceptaba que “El Ronquito” Eleazar le ganara la partida y se quedara al mando del coroto a la muerte de su primo Juan Vicente. En esas horas de angustia nacional el susurro se metía por las montañas y se desplazaba por las costas y los llanos, ya no era posible que el hijo de La Mulera resistiera la inflamación de su próstata, y sus riñones estaban demasiado cansados, la uretra había sufrido lo indecible y el ajetreo sexual del enfermo desfallecía.

En Valencia, el Coronel Celestino Hernández, Comandante del Cuartel Anzoátegui, estaba a la espera de las órdenes de Maracay o de Caracas. El Capitán Medina Angarita en la Comandancia de la Policía de Maracay tenía preparado a sus hombres para actuar en resguardo de la familia Gómez.

Cuando al fin deliberó la noticia y el parte médico fue solemnemente dado a conocer, ya el General Eleazar López Contreras, el paisano a quien Gómez confió la defensa de Caracas, del Cuartel San Carlos y el Palacio de Miraflores, había impartido sus instrucciones a las fuerzas militares, no había ningún otro segundo al mando, y el dócil Congreso no existía para asumir mando alguno.

Pero Eustaquio seguía su viaje. No se detuvo en Maracay; aquel auto Ford, de los que vendían en Barquisimeto seguía rosnando enfilado hacia Antímano. Había borrasca en todas las grandes ciudades, en especial Caracas, Valencia, Maracaibo. Tenaz, Eustaquio sostenía la tesis de que era a un Gómez a quien le correspondía el poder y que no iba a permitir que los patiquines de Caracas y el traidor de Eleazar se confabularan para negarle ese derecho de familia.

Sabía adonde dirigirse y lo hizo, una vez en el Valle ordenó al chofer que condujera rápido hacia San Francisco, sabía que en la Gobernación de Caracas estaban los complotados contra la familia. Era guapo, aunque también un torturador implacable, nada le asustaba y tuvo la muy mala suerte que de su hombría nada sabía un humilde soldado, de guardia a las puertas de la casa de gobierno de la capital, y que cuando lo vio con el revolver al cinto, no tuvo oportunidad de pensar y disparó.

Ahí terminó la guapura del tachirense que reinó en San Cristóbal y colgó a sus prisioneros en ganchos de colgar la carne, para que dijeran cosas que no sabían pero que a él le interesaba oír.

La historia posterior es bien conocida, López alcanzó la Presidencia con la bendición de un Congreso acostumbrado a obedecer, redujo el período de gobierno y no aceptó reelección; estableció la consigna de “Calma y Cordura” y publicó su célebre Programa de Febrero, cuyos puntos esenciales no varían en mucho de lo que ahora se está pidiendo.

El Capitán Medina por cierto llegó a Presidente con los votos mayoritarios del mismo Congreso. Pero el pueblo quería votar a los 18 años y que se contaran los votos de las mujeres; quería también salir del atraso y que los testaferros del gomecismo -que todavía andan por ahí disfrazados de revolucionarios y asesores presidenciales-entregaran a los campesinos las haciendas que se habían robado.

 
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