Tierra de sangre

 

 

 

 


Ramón Hernández
@ramonhernandezg

 

Cambiar los nombres es una de las tretas que más utilizan los leninistas y sus discípulos

 

Todavía se desconoce cuántas víctimas hubo.

Los cálculos son obscenos, por las cantidades en juego. Los más ingenuos hablan de varios centenares de miles y tratan de no levantar la polvareda, los más angustiados muestran las cifras y les tiemblan las manos. Casi 20 millones. Los soviéticos, que manejaron con singular maestría el cinismo, eliminaron los términos “grupos sociales” y “grupos políticos” de la definición de genocidio que la Organización de Naciones Unidas discutía para proteger no sólo a los grupos étnicos del exterminio. “Social” y “político” fueron presentados como términos nebulosos, imposibles de delimitar, con lo que Stalin, el Koba, quedaba con las manos libres para perseguir a los “contrarrevolucionarios”, a sus adversarios, y exterminarlos sin que se le pudiera calificar de genocida. Simple juego de palabras.

En los campos de concentración y en los gulags murieron más rusos que en el campo de batalla. Con el agravante de que muchos soldados que volvían sanos y salvos del frente eran conducidos a centros de reclusión en los que morían de hambre, extenuación y palizas de los carceleros. El socialismo soviético no trataba como humanos a quienes les colgaba el sambenito de opositor o de enemigo. La consigna cuando el padrecito Stalin la emprendió contra los kulaks de ucrania, que era como denominaban a los propietarios de cualquier parcelita de tierra, era que harían jabón con ellos, una meta poco santa para quienes prometían la imposición del socialismo, el mañana radiante.

Cambiar los nombres es una de las tretas que más utilizan los leninistas y sus discípulos. Y fue el aspecto en que más insistió George Orwell en sus intentos de desenmascarar los totalitarismos, el “new speak” o el nuevo lenguaje, que es tanto como denominar ministerio de la verdad al despacho encargado de construir mentiras, y no me refiero a la Misión Vivienda. Cuidado, sin ofensas.

En otros regímenes se utilizaban eufemismos para eludir la realidad o hacerla menos agresiva. Por ejemplo, a los ranchos que construía el gobierno por algún prurito no se les llamaban casas sino “soluciones habitacionales”, que es la denominación que ha quedado plantada en el ADN de algunos reporteros; a los presos y reclusos se les denominaba “internos”, mucho menos ofensivo que condenado o presidiario. Lo que me extraña es que la revolución bonita, que alardea tanto de ser respetuosa del debido proceso y que volvió la lengua un guiñapo al incorporarle términos tan absurdos como fiscala y concejala, llame a los presos “privados de libertad”, que a todas luces es un implante cubano. Los sucesos registrados en las prisiones venezolanas en los últimos doce años demuestran que no sólo están privados de libertad, sino de todos los derechos y las mínimas condiciones que requieren los seres humanos. Regalo colección de palabras gastadas.

 
Ramón HernándezRamón Hernández
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